-Nota publicada con la gentileza de Perfil-
El rating fue el barro con el que los periodistas ayudamos a crear un Golem que llegó a la Presidencia de la Nación.
El rating maneja la tele
Hay algo en la forma de hablar de Milei en donde tal vez resida el secreto de su éxito, y tiene que ver con algo que empezó hace mucho tiempo. Yo estaba en Intratables, como panelista, y él venía inicialmente como un invitado, pero después se fue haciendo muy asiduo. ¿Por qué? Porque cuando el tipo hablaba e insultaba, gritaba, más allá del contenido (a muy poca gente le importaba el contenido) lo que realmente funcionaba era el insulto, la exasperación, toda esa forma de hablar y de gritar y de manejarse en escena, con su aspecto, el pelo sucio, enmarañado. Su furia. Todo eso hacía de él un personaje televisivo muy atractivo.
Y cuando él estaba, en el momento en que hablaba, nosotros veíamos en la pantalla del rating, minuto a minuto, cómo los números subían uno o dos, hasta tres puntos cuando Milei estaba a los gritos. Y entonces, claro, podía estar Shakespeare esperando entrar como invitado, pero como el otro medía, se le pedía a Shakespeare que volviera la semana siguiente y lo despachaban en un taxi a su casa. El rating ya era el nuevo director de programación. La televisión, con ese minuto a minuto, cambia lo que tenía planeado en base a esas mediciones. O, a veces, si Cortázar baja la aguja, se lo saca del aire a los dos minutos.
El problema es que cuando la televisión se rindió al rating también empezó a resignar calidad, y cuando baja la calidad, baja la credibilidad. Lanata demostró que era posible, en el prime time de la radio, tener dos columnas semanales de literatura, dos de artes y una de cine sin que eso lo sacara del liderazgo radial. Tal vez ahí empezó parte de la caída: cuando el criterio rector pasó a ser el minuto a minuto. Si alguien gritaba, insultaba y subía dos o tres puntos, volvía la semana siguiente. Y mientras tanto, la televisión fue perdiendo audiencia. Ganamos el minuto a minuto y perdimos la credibilidad de la televisión.

Javier Milei en Intratables
Seguíamos manteniendo al personaje porque de ese modo le robábamos dos o tres puntos al canal de al lado. A partir de esas mediciones comenzó a ser invitado por todos los programas y, sin darnos cuenta, creamos un Golem. Lo que importaba no era el contenido de lo que estaba diciendo Milei sino que él tenía tres puntos más.
La televisión no inventó el malestar que después lo llevó a la política. Ese malestar ya estaba en la sociedad. Lo que hizo fue darle durante años visibilidad, familiaridad y legitimidad a un personaje que parecía encarnarlo.
Ahora tenemos que analizar por qué tenía tres puntos más. Cuando él se mete a hacer política, se presenta como una opción, y ese mismo público que lo miraba, al que le encantaba, también después vota.
¿Qué le pasaba al público? ¿Qué pasaba en Argentina cuando llega Milei? La gente estaba muy decepcionada con las instituciones, la política, la Justicia, las fuerzas de seguridad, el periodismo, con todos. El país estaba hecho un desastre. Y cuando Milei aparece como opción fuerte, después de la primera elección que lo lleva al balotaje para competir por la Presidencia, recuerdo haber escrito un artículo que decía que Milei no era la solución a la crisis, era la evidencia de la crisis.
Porque si ponías a Bullrich, a Massa, a Cristina, a Macri, al otro Macri o a Larreta como opciones, mucha gente, sobre todo la que no tiene demasiados elementos para determinar si lo que le están diciendo es factible o no, tiene que elegir de otra manera. Mucha gente no está metida en esas cosas. Tiene preocupaciones mucho más graves, porque una gran mayoría lo que quiere es saber si llega a fin de mes con comida sobre su mesa. Para ellos, leer el diario para saber si lo que están diciendo los políticos es posible o probable no es necesariamente una opción. Escuchar o ver noticias por televisión o radio hace tiempo que tampoco viene siendo una herramienta demasiado útil para saber si lo que dicen es real. No tienen elementos para chequearlo.
La intuición no siempre es una fija
Y acá surge un problema. No estoy hablando de una impresión mía sobre los jóvenes ni diciendo que sean más o menos inteligentes. Hablo del resultado concreto del sistema educativo. De cada cien chicos que empezaron primer grado en 2013, solamente diez llegaron al final de la secundaria en 2024 en el tiempo previsto y con conocimientos satisfactorios de Lengua y Matemática. No quiere decir que solamente diez terminen la secundaria. Digo que solo diez de cada cien hicieron todo el recorrido en tiempo y llegaron con los conocimientos esperados.
A eso se suma otro problema: el vocabulario. Un chico que termina hoy la secundaria maneja menos de un tercio de las palabras que manejábamos nosotros. Y las palabras no son solamente palabras, son conceptos. Cuantas menos herramientas tenés para nombrar, distinguir y relacionar cosas, más difícil se vuelve seguir un razonamiento complejo.
Es un porcentaje enorme de jóvenes que no saben construir una oración, entender un manual de instrucciones, hacer cuentas sencillas o escribir correctamente. Están desprovistos de herramientas para hacer análisis que vayan mucho más allá de me conviene o no me conviene, con este viví bien, con este estoy mal.

Pero esos chicos no quedan desprotegidos. Cuando faltan algunas herramientas, otras adquieren más peso. Entre ellas, la intuición. Esto de la intuición para mí es importante. Yo lo comprendí viviendo con los aborígenes. Un wichí puede tener un vocabulario muchísimo menor que el nuestro y no por eso es un boludo. Al contrario. Puede tener desarrolladas de una manera extraordinaria otras habilidades mentales. Puede percibir un peligro antes que nosotros, saber que alguien lo está engañando, advertir una intención que a nosotros se nos escapa. En el mundo en el que vive, esa intuición es una herramienta de una eficacia enorme y fundamental para su supervivencia.
El problema es otro. La intuición puede servir para percibir que alguien que tenés enfrente está diciendo lo que realmente siente. Puede servirte para pensar: este tipo no me está mintiendo. Pero no necesariamente sirve para resolver una cuestión compleja. No te permite saber, por ejemplo, si conviene Keynes o Hayek, si una política económica va a funcionar, si una cifra fiscal es verdadera.
Pero hay una diferencia fundamental: puedo percibir correctamente que alguien es sincero y, sin embargo, eso no me dice si es razonable o está diciendo la verdad.
Entonces, cuando se paran frente al televisor y ven a Bullrich o a algún otro de nuestra fauna política y los comparan con Milei, dicen: este tipo no me miente, los demás me mienten, este es sincero. Para bien o para mal, a algunos les gustan las palabrotas, a otros no, pero lo que perciben en esa efusividad es eso: este tipo no me miente. Y si no me miente, yo prefiero votarlo. Y más si me dice que va a hacer las cosas que quiero que pasen, que va a despejar la política y el Estado de basura. Lo que quiero escuchar.
Ser sincero no garantiza tener razón
Ahí tenemos el primer interrogante. Suponiendo que cuando él grita, habla y putea está expresando lo que siente, que es lo más probable, él cree decir la verdad. Lo cual no significa que diga la verdad. Hay una gran diferencia entre ser sincero y decir la verdad, porque la verdad es una cosa bastante más compleja que una simple aseveración a los gritos.
Y la realidad es que cuando uno se pone a mirar en los hechos algunas “verdades” de Milei, aparecen cosas. Desde el hotel Libertador dijo que iba a cerrar el Banco Central, dolarizar, bajar impuestos. Los impuestos bajaron, pero ni cerca en la proporción anunciada. Abrió las fronteras para que entrara mercadería de China más barata. La misma China comunista con la que jamás iba a hacer negocios y que ahora es un gran socio comercial. Pero nadie recuerda eso.
Lo que no hizo antes de abrir la competencia con la importación es igualar la cancha. Es como subir al ring a Cassius Clay a pelear con un peso pluma. Tenés que emparejar las condiciones antes de abrir el mercado, porque si no asesinás la industria, el comercio, la economía, sobre todo la economía que importa a la gente. Porque por más que compenses con la minería o el campo, esa plata no le va a la gente, o le va a un grupo mucho más chico.
Dato mata galán
Pero sin ir a la economía, que no es ni mi fuerte ni mi interés, Milei dijo que entre el año pasado y este habían impedido que entraran a la Argentina treinta mil terroristas: diez mil el año anterior y veinte mil este año. Lo increíble del asunto es que cuando uno analiza las estadísticas y los datos de Migraciones, esas veinte mil personas fueron rechazadas por distintos motivos migratorios y hubo solo 700 expulsiones por antecedentes penales. Nada de eso permite convertir automáticamente a esas personas en terroristas. No aparece un solo caso identificado como terrorista.
Otro asunto interesante pasó ahora con el riesgo país. Milei explicó su suba por la situación internacional: los intereses en Estados Unidos, la guerra y otras cuestiones que podían afectar el trabajo que venían haciendo. Pero hay una forma bastante sencilla de comprobar cuánto corresponde al mundo y cuánto a la Argentina: mirar qué pasó en el mismo período con otros países de la región.
Es cierto que el riesgo país venía de niveles mucho más altos y había bajado fuertemente. Lo que estoy mirando acá es qué explica la suba posterior.
Entre julio y fines de septiembre el riesgo país argentino subió 203 puntos. Mientras tanto, Brasil bajó 5, Perú subió 6, Chile 14, Colombia 38 y Uruguay 19. Es decir, hubo países en los que el riesgo subió, porque efectivamente existió un contexto internacional. El mundo puede explicar una parte. Lo que no parece poder explicar es tremenda diferencia.
Entonces uno tiene que empezar a mirar cuánto hay de mundo y cuánto hay de decisiones locales.
Insultar al mensajero
¿Quién se pone a revisar si lo que dice Milei es cierto? En general, el periodismo. Y ahí aparece otra parte del mecanismo: el ataque de Milei al periodismo. Cuando un periodista publica algo que lo contradice, casi nunca responde al argumento. Lo insulta. Dice que es un ensobrado, un mentiroso, un delincuente. Con las mujeres muchas veces el ataque es todavía más brutal.
La finalidad es bastante evidente: en lugar de discutir el mensaje, se desacredita al mensajero. Si conseguís que una parte de la sociedad crea previamente que el periodista es un corrupto, ya no importa demasiado lo que publique ni las pruebas que presente.
Es también algo bastante curioso con los sobres: para Milei parece que el problema no es el sobre sino quién lo manda. Hay periodistas a los que acusa de ensobrados y otros que lo entrevistan, le dicen a todo que sí, asienten y no le repreguntan nada.
En la entrevista de Majul, por ejemplo, dijo que habían impedido el ingreso de treinta mil terroristas. Diez mil un año, veinte mil el otro. Una afirmación de semejante tamaño merecía por lo menos una repregunta: ¿treinta mil terroristas? ¿De dónde sale esa cifra? No la hubo.
Pero Majul es un chico listo.
Tips para vociferar en las redes
Veamos la segunda parte del mecanismo. Milei tira la línea y una cantidad enorme de gente la convierte en herramienta de combate en las redes. Algunos serán pagos, otros seguramente no. Pero la respuesta casi nunca es discutir el dato. Es: ensobrado, estás enojado porque no te llega el sobre, dejá de llorar, viejo meado. Ese es el tipo de cosas que nos dicen todo el tiempo.
Y yo vivo peor que hace veinte años, así que me deben los sobres.
Bajo ese paraguas de todos los periodistas son ensobrados o que el 95 por ciento de los periodistas son delincuentes, con la excusa de que no odiamos lo suficiente a los periodistas, lo que habilita es el grito, el insulto, la agresión, la descalificación, el agravio. Y todo eso encuentra en las redes sociales una caja de resonancia que amplifica el mensaje. Y los medios y los periodistas responden a los agravios, las instituciones se enojan y salen en defensa de los trabajadores de prensa. ¿Qué logran? Lo que a Milei más le conviene. El “efecto Streisand”, que es muy viejo y eficaz. Si antes 100.000 personas se enteraron del insulto, la reacción termina multiplicando por 10 la difusión del insulto.
Pero todo esto es relativamente nuevo para nosotros y nos cuesta defendernos.
Por eso digo: una cosa es decir lo que realmente sentimos, con la mayor sinceridad posible, y otra cosa es tener razón.
Y quizá el problema empezó mucho antes de Milei. Empezó cuando nosotros mismos descubrimos que el que gritaba medía tres puntos más y lo dejamos seguir hablando.
Después nos sorprendió que el Golem que creamos se convirtiera en presidente.
* El Golem es una figura de la tradición judía, asociada especialmente a la leyenda de Praga (hacia 1580): una criatura hecha por el hombre para servirlo y que termina escapando a su control.



