No hay códigos. Enfermos oncológicos, personas con discapacidad y una sociedad en plena pandemia fueron víctimas de la corrupción. Cambian los gobiernos, pero el sistema perdura.
Hace muchos años nos sacudió el escándalo de Juan José Zanola, secretario general de La Bancaria y presidente del Club Huracán: medicamentos oncológicos falsos entregados a sus propios afiliados. Parecía una historia imposible. Uno pensaba: “Esto no puede pasar”. La inescrupulosidad era absoluta. Pero pasó.
Y con el tiempo descubrimos algo peor: no era la excepción, era la regla. Cambian los gobiernos, cambian los discursos, pero ciertas prácticas siguen intactas.
Ni siquiera la pandemia los detuvo
Vimos cómo, durante la pandemia, se pagaban sobreprecios absurdos por el alcohol en gel y los barbijos durante el gobierno de Horacio Rodríguez Larreta. Vimos también el vacunatorio VIP durante la presidencia de Alberto Fernández.
Hace un tiempo me llegó información sobre lo que estaba ocurriendo en la ANDIS. Según esa información, un sistema que venía de antes no solo continuó, sino que se profundizó con Garbellini y Spagnuolo durante la actual administración. Pensé, ingenuamente, que si el Gobierno se enteraba, lo iba a cortar. Pero ocurrió lo contrario: se sostuvo a quienes estaban al frente. Y el resultado está a la vista.
Ahora les toca a las personas con discapacidad
Aparece otro caso, esta vez en IOMA, la obra social de la provincia de Buenos Aires, gobernada por Axel Kicillof. Se pagan alrededor de 50 millones de pesos por una silla de ruedas electrónica que cuesta cerca de 10 millones. Es decir, con lo que se gasta en una sola podrían comprarse cinco.
¿Y cómo se sostiene algo así durante tanto tiempo? No alcanza con un corrupto en una oficina. Hace falta un entramado. Alguien que firme. Alguien que mire para otro lado. Empresarios que participen. Organismos de control que no controlen. Fiscales que no investiguen. Jueces que no avancen.
Ese es el verdadero problema. No hay un solo responsable: hay una red. Y mientras esa red siga intacta, cambiar nombres será apenas un gesto. Cambian los protagonistas, sí, pero el mecanismo sigue siendo el mismo.
Y lo más grave de todo es que, poco a poco, nos fuimos acostumbrando.



