Europa bajo asedio

Desde la residencia de verano de Emmanuel Macron, frente al Mediterráneo
francés, un recorrido por un continente donde crecen las nuevas derechas, la
inmigración desafía a los gobiernos y el proyecto europeo enfrenta quizás su
mayor crisis de confianza desde el fin de la Guerra Fría.


Escribo desde la costa de la región de Var, en ese Mediterráneo francés donde los pinos llegan casi hasta el agua y las rocas esconden pequeñas calas que, al atardecer, toman un azul oscuro, antiguo. Frente a mí está el Fort de Brégançon, una mole de piedra sobre un islote, vigilando el mar desde hace siglos. Napoleón ordenó reforzar sus defensas y desde 1968 es residencia de los presidentes franceses. Por aquí pasaron Giscard, Mitterrand, Chirac, Sarkozy, Hollande y, naturalmente, Macron. No es un mal lugar para detenerse a escribir sobre cómo está Europa. Observar el horizonte y preguntarse de dónde viene la amenaza.

El mapa de una crisis
Empecemos el viaje aquí mismo, en Francia, donde se acerca el final del príncipe
Macron. Aquel joven prodigio que llegó al Elíseo en 2017 prometiendo refundar Europa contempla ahora cómo el Rassemblement National espera su turno. Marine Le Pen fue condenada por la Justicia y llega a las presidenciales cumpliendo parte de su pena y, presumiblemente, hará su campaña con tobillera electrónica. Sin embargo, consiguió alejar buena parte de los miedos que  despertaba el viejo Frente Nacional de su padre, Jean-Marie Le Pen, y aspira seriamente al poder.
Siguiendo el Mediterráneo hacia el este llegamos a Italia. Giorgia Meloni perdió en
marzo el referéndum sobre la reforma judicial, una de las grandes apuestas de su
gobierno. La rebelde que llegó al Palacio Chigi para discutir con Bruselas
terminó moderándose y aportando algo que Italia casi había olvidado: estabilidad
política. Pero por su derecha apareció Roberto Vannacci, ex general y fundador de
Futuro Nazionale, que ya ronda el 7%. No amenaza todavía su gobierno, pero sí el
equilibrio que construyó en una Italia demasiado acostumbrada a la inestabilidad.
Subamos hacia Alemania. Friedrich Merz intenta conservar una de las grandes certezas europeas: que Alemania, pese a todo, funciona. Pero la AfD avanza desde el Este, especialmente en los territorios de la antigua RDA, y en lugares como Sajonia-Anhalt alcanza niveles impensables hace una década. Crucemos el Canal de la Mancha y aparece otro paisaje de la misma crisis: Andy Burnham intentando recomponer el laborismo después del terremoto que comenzó con el Brexit y terminó alimentando a Nigel Farage. Gran Bretaña fue la primera gran potencia en abandonar el barco europeo y todavía discute si aquello fue liberación o naufragio.
Volvamos al sur. Pedro Sánchez se atrinchera en La Moncloa con una inteligencia
supina para resistir. Acosado por investigaciones de corrupción que salpican a su partido y a su entorno, convirtió cada semana superada en una victoria. Y como broche aparece Ceuta: miles de migrantes intentando entrar desde Marruecos y una frontera europea nuevamente bajo presión. Jóvenes que seguramente ignoran los reglamentos de Bruselas; sólo creen que del otro lado pueden vivir mejor. Otra imagen incómoda para Sánchez, un socialista convertido en emblema de la izquierda de la resistencia.

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Qué alimenta el malestar

Al terminar el viaje, el mapa compone una fotografía formidable para Donald Trump y para una nueva derecha global: fronteras desbordadas, gobiernos impotentes, burócratas discutiendo, una Europa envejecida que regula mucho, crece poco y tarda una eternidad en ponerse de acuerdo. Todos quieren ver caer a Europa. Y el relato es sencillo: la culpa es de Bruselas, de los inmigrantes, de los impuestos, de las regulaciones, de los jueces y de una Europa que impediría regresar a una edad de oro que nadie consigue precisar cuándo existió.
Sería absurdo negar sus problemas. Europa tiene burocracias incomprensibles,
administró mal parte de la inmigración y perdió competitividad. Pero quizá el malestar esconda algo más: una economía donde la riqueza creció más rápido que los salarios y las expectativas de millones de ciudadanos. Vivienda inaccesible, jóvenes que trabajan y no pueden independizarse, clases medias que pagan más y sienten recibir menos. No vaya a ser que, de tanto señalar los enredos de Europa, terminemos descubriendo las mentiras de algunos de quienes quieren verla caer.

Lo que Europa todavía protege

Porque Europa no es solamente Bruselas. Es un sistema de valores: límites al poder,jueces independientes, prensa libre, derechos para las minorías y adversarios que no necesitan convertirse en enemigos. Y logró algo que durante siglos pareció imposible: pueblos que se masacraban terminaron compartiendo fronteras, instituciones y hasta una moneda. Europa derribó muros geográficos y mentales. Quizás sea eso lo que más incomoda a quienes necesitan volver a levantarlos.
Vuelvo entonces al punto de partida. Cae la tarde sobre el restaurante ‘La Cabasse’, donde escribo este artículo. Los pinos empiezan a volverse negros contra el cielo y
Brégançon continúa allí, clavado sobre el Mediterráneo. Hay un par de gendarmes: Macron está a unos cientos de metros en su ultimo verano presidencial. El fuerte huele a siglos, grietas y cicatrices; fue disputado, fortificado y reforzado una y otra vez. Quizás por eso sea un buen lugar para mirar este momento europeo. Una fortaleza no necesita ser perfecta para merecer ser defendida. Primero necesita recordar qué guarda dentro. 

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