Anthropic desató una polémica cuando se difundieron las imágenes de unas guillotinas hidráulicas destruyendo miles de libros para escanearlos y utilizarlos en el entrenamiento de su inteligencia artificial.
La primera vez que vi el video sentí un rechazo instantáneo. Era una máquina hidráulica cortando libros por el lomo; las hojas, ya separadas, pasaban por un escáner industrial y desaparecían. La imagen era brutal. Pensé en las hogueras nazis, en Fahrenheit 451. No veía innovación, veía barbarie.
Y esa reacción tenía una explicación.
Amo los libros. Lo digo como autor, pero también como editor. He publicado libros propios y libros de arte. Sé el placer que produce elegir una tipografía, discutir el gramaje del papel, decidir el diseño gráfico, la tapa, las imágenes. Un libro bien hecho es mucho más que un texto: es un objeto cultural.
El ritual maravilloso
Y después está el otro placer. El de sentarse en un sillón cómodo, con una luz tenue, una copa de vino y un buen libro entre las manos. Ese rito es irremplazable. Y nadie va a arrebatarnos ese momento. Ninguna inteligencia artificial podrá reemplazar esa experiencia íntima entre un lector y un libro. Pero comprendí que eso no era lo que estaba en discusión.
Después hice algo que hacemos poco. Seguí investigando. Y entonces todo cambió.
Era Anthropic, la empresa detrás de Claude, la que estaba montando una biblioteca digital colosal, conocida internamente como Project Panama. Compraron cientos de miles, probablemente millones de libros usados, contrataron a Tom Turvey, histórico responsable de Google Books, y montaron una línea industrial de digitalización.
Lo que terminó de hacerme cambiar de perspectiva fue leer el fallo del juez federal estadounidense William Alsup, quien analizó este caso. Su razonamiento me pareció sorprendentemente simple. Sostuvo que, si una empresa compra legalmente un ejemplar, puede digitalizarlo para su propio uso sin violar el derecho de autor. Del mismo modo que cualquier persona puede comprar un libro, leerlo, aprender de él y utilizar ese conocimiento durante toda su vida sin deberle nada más a nadie, una inteligencia artificial también puede aprender de un ejemplar adquirido legalmente. Para el juez, ese aprendizaje constituye un uso transformador de la obra y, por lo tanto, está protegido por la doctrina del fair use. Lo que no consideró legítimo fue utilizar libros pirateados para construir esa biblioteca digital. Allí, dijo, sí existe una violación de los derechos de autor. (The Guardian)
Y ahí me hice otra pregunta: ¿Qué es realmente un libro? Si alguien compra uno de mis libros, lo digitaliza y destruye el objeto, ¿desaparece mi obra?
No.
¿Qué queremos conservar?
Libros desaparecen todos los días por incendios, humedad, mudanzas y olvidos. Lo que importa nunca fue el papel, fue la idea.
Y pensé también como autor. Si una inteligencia artificial aprende usando un libro mío, no me escandalizo. Al contrario. Me gusta imaginar que esas ideas siguen vivas, que dialogan con otras, que llegan donde nunca habrían llegado.
Nunca escribí para vender papel. Escribí para comunicar una idea. Como un pintor quiere que vean su cuadro; como un músico quiere que escuchen su obra.
Eso no quita que exista un problema. Si se genera valor usando esas ideas, es razonable que los autores participen de ese valor. Y quizá esta revolución tecnológica nos obligue a repensar el derecho de autor. La editorial cumple una función indispensable: imprime, distribuye, financia y comercializa los libros. Pero esa tarea ya encuentra su retribución en la venta de cada ejemplar. Si el negocio consiste ahora en utilizar el contenido intelectual para entrenar sistemas de inteligencia artificial, tal vez haya que imaginar una nueva forma de regalía dirigida principalmente a quien creó esa obra. Al fin y al cabo, el valor que la inteligencia artificial aprovecha no está en el papel, la tinta o la encuadernación. Está en la idea.
Por eso creo que la discusión no es la guillotina, sino cómo diseñamos una forma justa de reconocimiento para quienes crean.
Durante siglos, el libro fue un objeto. Pero en el fondo siempre fue otra cosa: una idea, una emoción o una historia intentando sobrevivir a quien la escribió.

Hombre leyendo, John Singer Sargent, Estados Unidos, 1908


