Milei descubrió la Torá cuando en las redes empezaban a llamarlo nazi. Desde entonces encontró rápido los versículos sobre propiedad y libertad. Los otros, los del pobre, el deudor y el débil, parecen venir en otra edición.
Yo dudo del verdadero amor de Javier Milei por las tradiciones judías. O, mejor dicho, dudo de qué parte del judaísmo ama.
Porque Milei habla mucho de la Torá. La cita para defender la propiedad privada, la libertad, la responsabilidad individual. Todo eso está ahí. No lo inventó.
El problema es que la Torá tiene más páginas.
También dice que no hay que cerrar la mano frente al pobre. Se ocupa del huérfano, de la viuda, del extranjero. Pone límites al acreedor. Protege al endeudado. Ordena ayudar al que quedó afuera.
Y la tzedaká no es exactamente caridad.
No es un rico sintiéndose bueno porque una tarde decidió darle algo a un pobre. Tzedaká viene de justicia.
No es una virtud ornamental. Es una obligación.
El diezmo tampoco dependía del estado de ánimo del propietario.
En resumen: la Torá reconoce la propiedad, pero después empieza a molestar al propietario.
Esa segunda parte parece interesarle bastante menos a Milei.

Los judíos, el dinero y algunas compañías
Pero mis dudas no nacen solamente de su manera de leer los textos sagrados.
Durante la pandemia almorcé con Milei en La Recoleta. Él sabía perfectamente que yo soy judío. En un momento empezó a hablar, con ciertas vueltas, de la enorme influencia de los judíos en la economía mundial.
No me dijo: “los judíos manejan el mundo”.
No fue tan bruto.
Fue más elíptico. Quizás precisamente porque sabía con quién estaba hablando.
Pero la idea estaba ahí.
Y tampoco era demasiado original. La presunta relación entre los judíos, el dinero y el dominio de la economía mundial es uno de los productos más antiguos de la industria antisemita.
Por aquellos años Milei trabajaba además como panelista con Santiago Cúneo.
Sobre Cúneo no hace falta que yo agregue demasiado.
En 2018 la DAIA lo denunció por declaraciones sobre el “sionismo internacional”, supuestos agentes israelíes dentro de organismos argentinos y el Plan Andinia, esa fantasía según la cual los judíos estarían esperando el momento adecuado para quedarse con la Patagonia.
Milei conocía a Cúneo.
Trabajó con él.
Durante bastante tiempo.
Después llegó al Gobierno y designó secretario de Culto a Francisco Sánchez.Sánchez también había hablado de un supuesto “sionismo internacional” y de redes de poder en las que aparecían Soros, los Rockefeller y otros nombres habituales del catálogo conspirativo.
La designación provocó malestar en sectores de la comunidad judía.
La escena era por lo menos rara: un presidente que proclamaba su amor por el judaísmo ponía al frente de la relación del Estado con las religiones a alguien que había repetido varias de las viejas fantasías construidas alrededor de los judíos.
Sánchez terminó dejando el cargo. No tengo elementos para asegurar que haya sido por aquellas críticas.
Tampoco hace falta.
Hay además un dato de color que no prueba antisemitismo, pero tampoco resulta completamente ajeno al paisaje.
Santiago Muzio, designado al frente de la Casa Argentina en París durante el gobierno de Milei, no tiene —al menos que yo haya encontrado— expresiones públicas antisemitas. Pero se mueve con bastante comodidad en un universo de extrema derecha europea, rechazo del multiculturalismo y discursos sobre
una supuesta “invasión islámica”. Su gestión llegó al punto de que autoridades de la Alcaldía de París pidieron formalmente al gobierno francés que la investigue por hechos que calificaron de “muy preocupantes”, entre ellos reuniones vinculadas con ideologías de extrema derecha, negacionistas, de odio
y discriminación.
No es lo mismo que Cúneo ni que Sánchez.
Pero tampoco vive en otro barrio.
Primero estuvo Cúneo.
Después Sánchez.
Y, más lateralmente, Muzio.
No son casos iguales, pero tampoco pertenecen a universos políticos completamente distintos.
Y en el medio, la conversión política —o espiritual, o ambas cosas— de Milei.
En 2021 empezaban a molestarlo las acusaciones de nazi y las comparaciones con Hitler.
Según reconstruyó El País, Julio Goldestein, dirigente cercano a Milei y referente de la comunidad judía, habló con él sobre esas acusaciones y lo llevó a conocer al rabino Shimon Axel Wahnish.
A partir de allí Milei empezó a estudiar la Torá con Wahnish.
No sé cuánto hubo de búsqueda espiritual y cuánto de conveniencia.
No tengo por qué saberlo.
Las personas pueden cambiar. También pueden descubrir una religión. Y los políticos, además, suelen descubrir cosas en momentos políticamente oportunos.
Las dos situaciones no son incompatibles.
Lo cierto es que Milei comenzaba a construir su carrera política, le preocupaba que lo llamaran nazi y entonces apareció Wahnish.
Después vinieron las visitas a la tumba del Rebe de Lubavitch, los viajes a Israel, Moisés, la Torá y una identificación cada vez más intensa con el judaísmo.
La Torá completa no es tan cómoda.
Y acá conviene reconocer algo porque, si no, estaríamos haciendo propaganda y no periodismo.
Como presidente, Milei ha tenido una posición fuertemente favorable a Israel y ha convertido la lucha contra el antisemitismo en una política explícita de su gobierno.
Eso también es cierto.
El problema empieza cuando se colocan todas las verdades juntas.
El Milei que defiende a Israel.
El Milei que estudia la Torá.
El Milei que durante un almuerzo hablaba de la extraordinaria influencia judía sobre la economía mundial.
El Milei que trabajó durante años con Cúneo.
El Milei que nombró a Sánchez.
Todos son Milei.
Y hay además una curiosidad.
Milei tiene una sensibilidad extraordinaria para detectar agravios contra su persona. Denuncia periodistas, insulta economistas, pelea con políticos, actores, cantantes y cualquiera que diga algo que considere ofensivo.
Es un hombre difícil de imaginar poniendo la otra mejilla. Con Cúneo, sin embargo, pasa algo distinto.
Cúneo lo insulta, lo acusa de cosas gravísimas y asegura conocer episodios de su vida privada y de su pasado capaces de comprometerlo seriamente.
Milei no contesta.
¿Por qué?
No lo sé.
Puede ser que no quiera darle importancia.
Puede haber alguna explicación privada.
También puede ocurrir que Cúneo sepa cosas de aquellos años de cercanía que Milei prefiera dejar donde están.
No tengo pruebas.
Por eso no lo afirmo.
Pero la pregunta existe.
Lo que sí se puede afirmar es que Milei usa hoy a la Torá como una de sus fuentes de legitimación moral.
Perfecto.
Entonces hay que leerla toda.
Porque la Torá no termina donde empieza la propiedad privada.
También dice qué debe hacerse con el pobre, con el endeudado, con el extranjero, con la viuda y con el huérfano.
Uno puede discutir si esas obligaciones deben cumplirse a través del Estado, de la comunidad o de los individuos.
Esa discusión es válida.
Lo que resulta un poco más difícil es convertir a la Torá en una especie de prólogo religioso de la Escuela Austríaca y después saltear los capítulos incómodos.
Por eso quizá la pregunta esté mal formulada.
No se trata de saber si Milei ama o no ama al judaísmo.
Yo no puedo medirle la fe a nadie.
La pregunta es más simple:
¿Qué parte del judaísmo ama Milei?
Porque los pasajes sobre la propiedad, la libertad y la responsabilidad individual los encontró enseguida.
Los que hablan de los pobres, los endeudados y las obligaciones de quienes tienen más parecen haber quedado en otro tomo.



