
Salo Levinas colaboró recientemente con The American Institute of Architects AIA |DC en una serie de entrevistas en las que planteaba una pregunta a tres arquitectos destacados. Junto con las respuestas de Carmen Espegel, Francisco Domouso y Lorenzo Fernández-Ordoñez. Asimismo, Miguel Albero, consejero cultural y jefe de la Oficina Cultural de la Embajada de España en Estados Unidos, ofrece sus reflexiones sobre el tema.
Miguel Albero
Consejero Cultural y Director de la Oficina Cultural de la Embajada de España en los Estados Unidos

Sobre la estrecha, aunque a veces compleja, relación entre el arte y la arquitectura, aquí no nos preguntamos tanto si la arquitectura es o no un arte, por incierto que pueda ser ese terreno. Puesto que hablamos de arquitectura, ese no es el mejor punto de partida para construir ese argumento. Tampoco nos interesa profundizar en la arquitectura del arte ni en la de los museos, concebidos para albergar obras de arte. Lo que nos ocupa aquí es el papel que el arte debe desempeñar en la formación de un arquitecto.
Es evidente que el arquitecto necesita conocimientos técnicos; limitar su formación únicamente a esos conocimientos sería, sin duda, una temeridad manifiesta. Sería como si un médico se limitara a dominar su disciplina técnica sin comprender a la persona que pretende curar, o como si un juez se limitara a conocer las leyes sin comprender al ser humano al que debe juzgar.
Rafael Moneo, ganador del Premio Pritzker y alguien que no solo ha creado arquitectura, sino que también ha reflexionado profundamente sobre ella, afirmó en una ocasión que la beca de la Academia de España en Roma, donde convivió durante un año con artistas plásticos, fue el elemento decisivo de su formación como arquitecto.
Puede que no compartamos la afirmación de Frank Lloyd Wright de que todo gran arquitecto es necesariamente un gran poeta, pero sí podemos coincidir con otra de sus ideas: el arquitecto debe ser un intérprete original de su tiempo, de su época, de su generación. Y para lograrlo, también debe conocer el arte de su tiempo, de su época y de su generación, así como el que lo precedió, porque ese conocimiento nutrirá su obra. Alimentará su conocimiento técnico. Lo orientará.
El arte no nos convierte en mejores personas, como muchos sostienen; pero el estudio del arte, y de la historia del arte, sí hace mejor a un arquitecto, siempre que este sea verdaderamente receptivo, siempre que su mente no esté aislada por el mismo material aislante que prudentemente incorpora a sus edificios y permanezca abierta a toda influencia exterior.
Así que no… salvo por todo lo demás. Sin ninguna duda: sí, rotundamente sí.
Carmen Espegel
Profesora de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid

A través de su obra, el verdadero artista, como un loco perplejo, descubre otros límites del mundo, cartografiando territorios desconocidos.
Comprender el arte en general, y el arte contemporáneo en particular, nos impulsa a percibir el entorno físico y humano con mayor dinamismo e interpretarlo de múltiples maneras, con una sutil capacidad de comprensión. Por esta razón, este discernimiento adquirido nos ayuda a entender mejor al público al que se dirige nuestra arquitectura. Más aún, gracias a una aproximación crítica, al enfoque analítico que el arte potencia, todo es cuestionado, y esa duda metódica, minuciosa y sistemática es clave para desarrollar proyectos que respondan a las necesidades actuales y que trasciendan los límites establecidos y convencionales.
En consecuencia, un proyecto arquitectónico implica la profunda reformulación de un mundo global, con un firme compromiso social, donde lo antropológico se combina con lo cultural, la teoría con la práctica, el futuro con el pasado, y lo conceptual con lo pragmático.
Durante la formación disciplinar de un arquitecto, los proyectos deberían utilizar conjuntamente la investigación y la crítica, ya que ambas constituyen momentos alternos y sucesivos del motor del pensamiento creativo. La primera dilata el diafragma hacia campos prometedores, con un rigor medido, mientras que la segunda lo contrae al encontrar sus razones intrínsecas, en un ciclo continuo de retroalimentación.
En resumen, la arquitectura implica una acción poética que despierta la inteligencia, sacudiendo los estereotipos, permitiéndonos discernir, integrar y profundizar en la esencia del proyecto y, por tanto, revelar aquello que antes era invisible.
Francisco Domouso
Subdirector y Catedrático de Construcción Arquitectónica de la Escuela de Arquitectura, Ingeniería y Diseño de la Universidad Europea de Madrid

La formación de los arquitectos en la tercera década del siglo XXI no se ajusta a secuencias lineales de complejidad creciente, como ocurría en otras épocas, cuando los cambios tecnológicos eran más lentos y la conciencia medioambiental estaba menos presente: las nuevas tecnologías digitales han transformado radicalmente la naturaleza del proceso creativo.
Los futuros arquitectos se están formando en un mundo digital, donde la Inteligencia Artificial (IA), el diseño paramétrico y la completa y profunda transformación de las herramientas informáticas de la arquitectura han irrumpido en escena.
Además, en este proceso entra en juego la necesidad de minimizar la huella de carbono de la construcción, lo que en muchos casos implica la transformación de lo existente en lugar de la construcción de nuevos edificios. Al mismo tiempo, los jóvenes arquitectos se forman bajo el concepto contemporáneo y necesario de que su función es proyectar y construir un mundo mejor, nuevo y estimulante. Por esta razón, en el contexto actual, es necesario «recodificar» el enfoque de los proyectos arquitectónicos y, en esa misión, en mi opinión, el conocimiento del arte resulta esencial.
El arte, en todas sus expresiones, es una de las herramientas más poderosas que podemos poner a disposición de los estudiantes de arquitectura. En un mundo digital, el conocimiento del arte (digital o analógico) ayuda a los estudiantes a construir su propio modelo crítico, que les permite ir más allá del mero uso funcional de las nuevas tecnologías, animándolos a explorar nuevas fronteras e intersecciones creativas.
Por otro lado, proyectar la transformación de lo existente no puede abordarse exclusivamente desde un punto de vista técnico: la sociedad demanda arquitectura.
El arte, como expresión viva de su tiempo y representación de la humanidad, proporciona claves intangibles pero fundamentales para comprender la historia de los lugares y los edificios. Al conocer el arte, los estudiantes podrán avanzar y soñar; llevarán a cabo proyectos transformadores sólidos y creativos, propios de su época, y no estarán condenados a repetir estrategias de diseño del pasado que, aunque eficaces y consolidadas, resultan culturalmente obsoletas.
Lorenzo Fernández-Ordoñez
Arquitecto y Profesor de la Escuela de Artes y Arquitectura de la Universidad Europea de Madrid (U.E.M.)

Creo que el arte da sentido al hecho de ser un ser humano y, sobre todo, al proceso de formar al ser humano; por ello, enfrentarse al arte, en cualquiera de sus expresiones, implica una cuestión esencial que llevará al futuro arquitecto a preguntarse cómo, dónde y por qué desarrollar su trabajo. Este aspecto, más allá de la mera formación técnica, debería ser el objetivo de nuestras escuelas.
Si el conocimiento del arte es el conocimiento de cómo, en otros tiempos, se ha respondido a la búsqueda filosófica de lo que significa ser y estar en el mundo, creo que este conocimiento abre la puerta a todo aquello que verdaderamente importa. Para ello, es esencial que este conocimiento sea personal, a través del acercamiento físico del estudiante a la obra de arte, ya que, incluso distorsionadas por el paso del tiempo, las obras de la antigüedad nos hablan directamente con una fuerza que los medios de comunicación no son capaces de transmitir.
Sin duda, por esta razón los viajes educativos a las ruinas de la antigüedad, como el Grand Tour, se convirtieron en un ritual tan pronto como fue posible realizarlos, llegando a ser obligatorios para cualquier aspirante a artista o arquitecto.
Tuve la suerte de vivir un año en Roma con un grupo diverso de jóvenes artistas y descubrir junto a ellos cómo puede seguir siendo actual la belleza de una obra creada hace miles de años y cómo puede quedar obsoleta una obra recién creada. También descubrimos la dedicación y la pasión con la que debería disfrutarse esta profesión.



