La sífilis crece, casi la mitad de los diagnósticos de VIH llega en estadios avanzados, persisten enormes diferencias provinciales en mortalidad materna y algunas vacunas infantiles apenas alcanzan a seis de cada diez chicos. Prevenir cuesta. No hacerlo cuesta mucho más.
Hay temas de salud que merecen bastante más atención de la que reciben. Mientras la agenda política se concentra, inevitablemente, en la coyuntura, algunos indicadores sanitarios vienen moviéndose desde hace años. Y deberían preocuparnos.
Uno de los más evidentes es la sífilis. En 2022 se notificaron en la Argentina 26.647 casos. En 2023 fueron 32.293. En 2024 llegaron a 36.917 y en 2025 alcanzaron los 46.799.
En apenas tres años el crecimiento fue de alrededor del 76 por ciento.
Es cierto que hay que hacer una salvedad: una parte del incremento puede explicarse por mejoras en el testeo y en los sistemas de notificación. Cuanto más se busca, más se encuentra. Pero eso no alcanza para explicar semejante crecimiento. La sífilis viene aumentando desde hace más de una década y en los últimos años esa tendencia se aceleró.

Cuando te enterás tarde
Con el VIH ocurre algo diferente.
No existe una explosión semejante de nuevos diagnósticos. En la Argentina se notifican alrededor de 6.900 por año y se estima que viven aproximadamente 140.000 personas con VIH.
El problema aparece cuando uno mira detrás de esos números. Según los datos oficiales, alrededor del 13 por ciento de quienes viven con VIH desconoce su diagnóstico. Si la estimación de 140.000 personas es correcta, estamos hablando de unas 18.000 personas que tienen el virus y no lo saben.
Pero hay un dato todavía más preocupante: el 49 por ciento de los diagnósticos se produce cuando la infección ya se encuentra en un estadio avanzado. Prácticamente uno de cada dos. Esto cambia bastante la manera de mirar las estadísticas. Que los nuevos diagnósticos no estén aumentando explosivamente no significa necesariamente que el problema esté controlado. Una persona puede vivir durante años con VIH antes de enterarse. Para la estadística aparecerá el día del diagnóstico.
Para la infección, en cambio, la historia empezó mucho antes.
Y ahí entran la prevención, la educación sexual, el preservativo y, fundamentalmente, el testeo.
El diagnóstico temprano tiene además una característica extraordinaria: beneficia al paciente y al mismo tiempo funciona como prevención para los demás. Una persona que conoce su diagnóstico puede comenzar rápidamente el tratamiento, proteger su sistema inmunológico y alcanzar una carga viral indetectable. Y una persona con VIH que mantiene su carga viral indetectable no transmite el virus por vía sexual. Testear también es prevenir.
Más tarde es más caro
Hay otra dimensión de este problema de la que hablamos bastante menos: la económica. El tratamiento moderno convirtió al VIH, que hace cuatro décadas podía significar una sentencia de muerte, en una enfermedad crónica compatible con décadas de vida. Es uno de los grandes logros de la medicina contemporánea.
Pero significa también décadas de medicamentos, análisis, consultas y seguimiento.
Un estudio publicado en Estados Unidos estimó en alrededor de 420.000 dólares, a valor presente, el costo médico relacionado con el VIH durante la vida de una persona infectada. Si se sumaban los gastos futuros sin aplicar el descuento financiero utilizado por los economistas, el costo acumulado superaba el
millón de dólares.
Sería absurdo trasladar esas cifras directamente a la Argentina. Los medicamentos, los salarios y los servicios sanitarios tienen costos completamente diferentes.
Pero la relación económica permanece.
¿Cuánto cuesta un preservativo?
¿Cuánto cuesta un test?
¿Y cuánto cuesta tratar durante treinta, cuarenta o cincuenta años una infección que pudo haberse evitado?
La prevención no solamente tiene consecuencias sanitarias. Tiene consecuencias económicas enormes.
Cuando el código postal cambia la estadística
Algo parecido ocurre con la mortalidad materna. En 2024 murieron en la Argentina 183 mujeres por causas relacionadas con el embarazo, parto y
puerperio, frente a 147 durante 2023. La razón de mortalidad materna pasó de 3,2 a 4,4 cada 10.000 nacidos vivos.
Un aumento del 37 por ciento en un año.
Pero quizás resulte todavía más preocupante mirar el mapa.
En 2024 Formosa registró una razón de mortalidad materna de 14,9 cada 10.000 nacidos vivos; Chaco, 11,8; Santiago del Estero, 10,5. El promedio nacional fue 4,4.
En la ciudad de Buenos Aires fue 0,9.
Hay que tener cuidado con las comparaciones de un solo año porque en las provincias con pocos nacimientos unos pocos casos pueden producir enormes oscilaciones estadísticas. Pero si tomamos tres años juntos, el problema sigue ahí: entre 2022 y 2024 Chaco y Formosa permanecieron entre las jurisdicciones con las tasas más altas del país.
No todas las muertes maternas pueden evitarse y sería irresponsable afirmarlo. Pero una parte importante de las complicaciones del embarazo puede detectarse durante los controles prenatales: hipertensión, infecciones, diabetes gestacional y otras patologías pueden tratarse antes de convertirse en una emergencia. Otra vez aparece la misma palabra: prevención.



Comprar vacunas para que no lleguen
Con la vacunación infantil hay que hacer una precisión.
Durante más de una década la Argentina perdió cobertura. Entre 2009 y 2019 las coberturas descendieron en promedio unos diez puntos porcentuales y durante 2020, en plena pandemia, perdieron aproximadamente otros diez.
Después comenzó una recuperación. Y sería injusto no decirlo: en 2025 las cinco vacunas consideradas trazadoras durante el primer año de
vida volvieron a superar el 90 por ciento de cobertura.
El problema aparece después. Cuando uno mira algunos refuerzos correspondientes a los 5 años encuentra números extraordinariamente
bajos: la triple viral llegó al 54,8 por ciento; la triple bacteriana celular, al 58,3; la VPH contra la poliomielitis, al 78,71; y la vacuna contra la varicela, al 56 por ciento.
La meta sanitaria es alcanzar al menos el 95 por ciento.
Estamos hablando de vacunas que están llegando apenas a poco más de la mitad de los chicos que deberían recibirlas.
Y acá aparece una paradoja.
Comprar vacunas es indispensable, pero no alcanza. La vacuna guardada en una heladera no inmuniza a nadie. Hay que conseguir que llegue al vacunatorio y, finalmente, al brazo del chico.

Un dólar de hoy o muchos de mañana
Los economistas de la salud llevan décadas tratando de ponerle números a algo que los médicos conocen desde mucho antes.
Prevenir suele ser mucho más barato que curar.
En vacunación la relación es particularmente impresionante. Estudios internacionales realizados en países de ingresos bajos y medios calcularon que cada dólar invertido en programas de inmunización puede generar alrededor de 20 de retorno cuando se consideran los gastos médicos y económicos evitados. Cuando se incorporan beneficios sociales más amplios —años de vida, productividad y discapacidad evitada— algunas estimaciones superan ampliamente esa cifra.
Y no estamos hablando solamente de dinero.
La Organización Mundial de la Salud calculó que durante los últimos cincuenta años las vacunas contra catorce enfermedades salvaron aproximadamente 154 millones de vidas.
La prevención tiene, sin embargo, un problema curioso: su éxito es invisible.
Cuando funciona, no pasa nada.
El chico vacunado no contrae sarampión. La persona que utilizó un preservativo no adquiere VIH o sífilis.
El test realizado a tiempo permite comenzar un tratamiento antes de que aparezca una enfermedad grave.
La embarazada correctamente controlada no termina en una emergencia que pudo evitarse.
Nada de eso se convierte en noticia.
No hay una cama ocupada. No hay una ambulancia. No hay una terapia intensiva. No hay una muerte que contar.
Simplemente no ocurrió.
Quizás por eso resulte tan fácil recortar, descuidar o postergar la prevención. Sus resultados no tienen fotografías.
El fracaso, en cambio, sí.
Al final siempre se paga más
Sífilis, VIH, mortalidad materna y vacunación infantil son problemas diferentes. Sería simplista pretender explicarlos todos por una única causa.
Pero hay un hilo que los conecta.
Una infección que no se evitó. Un diagnóstico que llegó tarde. Un control que no se realizó. Una vacuna que no llegó a tiempo.
Y después viene la segunda parte de la historia: consultas, medicamentos, internaciones, tratamientos crónicos, discapacidad y, algunas veces, muerte.
En salud pública solemos discutir cuánto cuesta prevenir.
Quizás deberíamos empezar a preguntar, con la misma insistencia, cuánto cuesta no hacerlo.
Porque la prevención cuesta dinero, por supuesto.
Su fracaso también.
Y generalmente cuesta bastante más.



