En los últimos años las organizaciones ambientalistas respondiendo a intereses muy poco claros, han obstaculizado inversiones por más de USD 20.000 millones en la región sur. Proyectos hidroeléctricos, inmobiliarios, de salmonicultura y energía han sufrido las campañas de entidades extranjeras que levantan la bandera verde pero alienta el despoblamiento y el retroceso económico. Algunos lo llaman el nuevo “colonialismo verde”
La presencia de poderosas ONGs internacionales que impulsan políticas e intereses que les resultan convenientes es un hecho relativamente reciente que los Estados y las empresas locales no vieron venir.
En los 50, ONGs como Greenpeace nacieron para rechazar la proliferación de la energía nuclear, un rechazo que con el tiempo se demostró erróneo (hoy la versión modular de los reactores nucleares es considerada una de las mejores opciones energéticas del futuro). Por eso, la organización verde dirigió su cruzada contra los transgénicos. En una histórica carta pública, un centenar de premios Nobel les respondió que los transgénicos eran vitales, por ejemplo, para combatir el hambre en África. Su posición en contra de los combustibles fósiles quedó opacada por los propios negocios de Greenpeace con, sí, combustibles fósiles en Europa.
La siguiente lucha de Greenpeace apuntó a la salmonicultura, pero no llegó sola a este campo. En 1968, Douglas Tompkins y su amigo Yvon Chouinard visitaron la Patagonia y se enamoraron de la región. Años después, ambos crearon empresas textiles con las que se convirtieron en millonarios: Tompkins con The North Face y Chouinard con Patagonia Inc. Esto al punto que Chouinard es el “dueño” de la palabra Patagonia. Intenten anteponer “Patagonia” a cualquier emprendimiento (chocolates, ropa, té, etc.) y verán cómo llueven las cartas de poderosos estudios de abogados.

Colonialismo muy verde
Con el paso del tiempo, Tompkins profundizó su conciencia ecológica hasta radicalizarla. En los 90 planeaba convertir en espacios protegidos grandes extensiones del planeta. ¿Por dónde empezar? Probó primero en Canadá, pero era demasiado caro, y luego fijó sus ojos en el sur de Chile. En la zona de Palena y más al sur, la hectárea tenía un precio que oscilaba entre USD 1 y USD 50 en promedio. Esto le permitió comprar alrededor de 400 mil hectáreas en ese país. Su programa incluía también la Patagonia y el norte de Argentina, por lo que adquirió alrededor de 500 mil hectáreas más del otro lado de la frontera. De hecho, Chile quedó prácticamente partido en dos.
A su llegada a Chile, un grupo de empresarios nacionales se reunió con el millonario textil. Los chilenos estaban entusiasmados porque imaginaban, erróneamente según se demostró después, que Tompkins deseaba desarrollar inversiones en el país. Recordemos que eran los 90 y Chile aún tenía un 40 % de pobreza.
El creador de The North Face reaccionó negativamente ante cualquier iniciativa que significara crecimiento y poblamiento en las regiones del sur. Según relatan hoy algunos que conocieron de primera mano ese encuentro, para el millonario el ser humano “era el problema”.
Desde su llegada se escucharon diversas denuncias sobre el desplazamiento de los pobladores locales hacia las ciudades en los campos que él adquirió. El entonces diputado y actual senador de la Nación, Miguel Ángel Calisto Águila, impulsa en el Congreso chileno una ley que obligue a las ONGs a indicar el origen de sus fondos. Esto es clave para comprender qué intereses se mueven detrás.
¿Cuáles son las fuentes de su dinero? ¿Hay empresas? ¿Multinacionales? ¿Otros países que compiten con Chile? ¿Países a los que les interesa especialmente que la región no crezca y se transforme en competencia en los mercados internacionales? Preguntas muy válidas, por cierto.
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En marzo pasado, un reportaje del periodista Amaro Gómez Pablos reveló que la ONG Norwegian People’s Aid (NPA, Ayuda Popular Noruega) aportó USD 500 mil a comunidades aborígenes en Chile para detener cualquier proyecto salmonero en el país. Y sabemos que el principal productor de salmón del mundo es Noruega. El segundo es Chile.
Otro caso. En 2025 Greenpeace fue condenada a pagar USD 700 millones por un jurado de Dakota del Norte (Estados Unidos) que la responsabilizó por acciones que demoraron la construcción del oleoducto Dakota Access en 2017. El jurado la consideró responsable de difamación y de obstaculizar el avance del oleoducto Dakota Access utilizando a familias originarias para sus propósito.
Lista de proyectos en la región sur que han sido frenados o encontraron un fenomenal oposición por parte de ONGs extranjeras es impactante: represa HidroAysén, represas Ralco y Pangue, represa Rucalhuea, proyecto minero Aida, todos en Chile. En la Argentina: el Complejo Hidroléctrico de Santa Cruz (represas), proyecto Mara, Navidad (minero en Chubut), energía nuclear y producción de hidrógeno en Río Negro, y la lista sigue.
Solo este grupo de proyectos representa inversiones frustrados por unos USD 23.000 millones entre ambos países.
La región que incluye a Chile y la Argentina se enfrenta a una nueva forma de colonialismo, el colonialismo verde. Organizaciones europea y norteamericanas que están convencidas de que saben mejor qué hacer con el sur del planeta que los Estados soberanos que lo poseen.
Fue el historiador ambiental francés Guillaume Blanc en que lo definió de este modo en su libro “La invención del colonialismo verde” aunque en referencia a la actual influencia de Occidente sobre Africa y su pretención de “cuidar” la naturaleza en el continente a pesar de lo que opinen las culturas locales.
“La novedad es otra. Es que los ricachones del mundo hayan elegido a este país para apropiarse de enormes territorios para sus proyectos de ingeniería social. Ingeniería que les favorece sólo a ellos, creando enormes áreas despobladas, en el norte de Chile y en nuestro sur; sin gentes, porque ellos nos odian. Nos odian y odian todo lo que se parezca a Humanidad o a industria humana”, escribió en un tremenda columna el periodista y escritor Juan Carlos Tonko Paterito que vive en Puerto Edén.

El no desarrollo, según Tompkins
El desembarco de la salmonicultura significó un dolor de cabeza para Tompkins, Chouinard y los Rockefeller (a través de su ONG Oceana), quienes se habían sumado a la idea original del millonario.
Las ONGs presionaron fuertemente a través de campañas virales en los últimos 10 años para que se diera de baja la actividad salmonicultora. Esta campaña llegó a su punto más alto durante el gobierno de Gabriel Boric, quien amenazó la existencia del sector desde el principio. El proyecto del mandatario era quitar las concesiones de los parques y reservas naturales, cuando había sido el propio Estado el que las había otorgado décadas atrás. De concretarse, la industria podría haber sufrido una herida fatal.
Boric y las ONGs olvidaban que en los últimos 25 años la salmonicultura había desarrollado una importante cultura laboral en todo el sur de Chile. En respuesta a sus declaraciones y al intento de cambiar la Ley de Pesca en el Congreso, miles de trabajadores salieron a las calles a reclamar por la iniciativa presidencial.
Patagonia Inc. también se acercó a familias descendientes de pueblos originarios para convencerlos de oponerse a la salmonicultura, pero también, de un modo extensivo y solapado, a la pesca, el turismo masivo y la energía: todas actividades que significan contratación de personal y evolución económica. Irónicamente, la salmonicultura ha integrado a numerosas familias en tareas del mar. Sin embargo, la empresa textil continúa apoyando documentales y material en contra del sector.
La propuesta que se desprende de la campaña de Patagonia Inc. es volver a prácticas milenarias que dejarían operando solo a unas decenas de pescadores artesanales en los fiordos del sur.
Sin embargo, las ONGs no solo han presionado para que se excluya una actividad tan potente para Chile (unos USD 6.500 millones en exportaciones y más de 80 mil empleos), sino que también influyeron para que se frenaran otros proyectos como el hidrógeno (con miles de objeciones ambientales a poco de ingresar como proyecto), inmobiliarios, pesca industrial y energía (nuclear, eléctrica, embalses, etc.). Incluso el 5G estuvo prohibido en Puerto Natales y en Ushuaia por iniciativas de vecinos que creían cumplir así con estándares ambientales.
No se trata de una negativa aleatoria. Las ONGs mantienen el espíritu original de Tompkins: cuanto menos gente en la región sur, mejor.
En 2024, en el marco de la Comisión de Medio Ambiente de la Cámara de Diputados, Matías Asún, director de Greenpeace Chile, clarificó el poder de su ONG: “Yo al menos tengo 56 mil socios donantes, lo que me garantiza judicializar cualquier cosa que me parezca que destruya el Medio Ambiente” y “garantizo que puedo agregar unos 2 mil días a cualquier proceso de evaluación ambiental que no cumpla con requerimientos de contaminación”.
¿Cuánto nos cuesta el rechazo de los proyectos de desarrollo por parte de las ONGs?
La oposición de las ONGs empuja a la opinión pública y, a través de ella, al voto legislativo. Hasta 2021, en Tierra del Fuego (Argentina) y en todo el territorio marítimo argentino la salmonicultura estaba permitida. Sin embargo, aquel año la Legislatura provincial votó a favor de una ley que la prohibía en la práctica. Es muy poca la salmonicultura que se hace en tierra firme en el mundo, tal como lo aceptaba aquella ley.
Las ONGs que festejaron públicamente este “avance” ecologista fueron Greenpeace y Oceana. No obstante, varios analistas argentinos reconocieron que se trataba de un grave error estratégico.
Mientras tanto, enfrente, en Magallanes (Chile), el ingreso per cápita de esa región —que fue de las más olvidadas y humildes de Chile— llega a los USD 18.500 anuales, mientras que en Tierra del Fuego es de USD 7.620. Según datos oficiales, en Magallanes hay unos 18.000 pobres, mientras que en Tierra del Fuego llegan a 41.000.
Las ONGs insisten en que el turismo intensivo, el avance inmobiliario, la pesca, el desarrollo energético y la salmonicultura destruyen el medio ambiente, por lo que es mejor impedir su aparición.
Desde la llegada de José Antonio Kast al gobierno, y más allá de una importante imagen negativa de su administración, se han liberado alrededor de USD 25.000 millones en inversiones. Según cálculos oficiales, durante todo el gobierno de Gabriel Boric la cifra alcanzó los USD 65.000 millones.
La mano dura del gobierno de Kast para sortear el lobby de las ONG extranjeras tiene mucho que ver con esto.
Hoy mismo, Fundación Rewilding está cerrando acuerdos de preservación con las provincias de Santa Cruz y Chubut, en el mismo momento en que ganaderos de todo el sur reclaman la influencia negativa de la ONG en los campos. Los estancieros apuntan a que las ONG ambientalistas radicalizadas operan para que la Patagonia quede poblada por guanacos y otros animales salvajes, en perjuicio de la actividad ganadera tradicional.

En diciembre de 2024, Rewilding y Chubut firmaron un Convenio Marco de Cooperación de Asistencia Técnica y Complementación (Decreto 270/2025) para promover la conservación de la biodiversidad marina y costera, el turismo de “bajo impacto”, capacitaciones, investigaciones y mejoras en las áreas protegidas como el Parque Provincial Patagonia Azul.
En Santa Cruz, aunque no hay un convenio formal, la ONG trabaja principalmente a través de donaciones de tierras sobre las que mantiene su influencia.
En 2025, Tierra del Fuego abrió la puerta a la salmonicultura, pero es una puerta chica y engañosa, porque no quedó habilitada la parte del Beagle cercana a Ushuaia, que tiene las mejores condiciones para establecer centros productivos.
¿Qué potencial tiene Tierra del Fuego en ese sector específico? Expertos chilenos con los que conversé opinan que podría desarrollarse una actividad similar a la de Magallanes (enfrente): 50 centros de cultivo. Esto generaría unas 150.000 toneladas, USD 650 millones en exportaciones y más de 7.000 empleos.
Reflexionemos un poco sobre esta comparación: en los últimos 20 años la salmonicultura invirtió USD 1.500 millones en Magallanes, Chile. Al lado, en Río Turbio (Santa Cruz) se gastaron USD 1.600 millones en la inconclusa usina termoeléctrica. En estos días, Río Turbio no tiene luz.
Los datos hablan solos.



