Ramón Carrillo fue, probablemente, el mejor ministro de Salud de la historia argentina. Pero también fue un convencido de la eugenesia e incorporó a su ministerio a Carl Peter Værnet, un médico de las SS que había experimentado con homosexuales en Buchenwald.
Hay personajes a los que la historia convierte en santos. Y cuando eso ocurre, todo aquello que no encaja con la imagen termina desapareciendo.
Con Ramón Carrillo pasó algo parecido.
Su obra sanitaria fue extraordinaria. Organizó la salud pública como nunca antes se había hecho en la Argentina. Construyó hospitales, impulsó campañas de vacunación, llevó médicos a lugares donde el Estado jamás había llegado y dejó una huella que todavía hoy es reconocida incluso por sus adversarios políticos.
Nada de eso cambia.
Pero tampoco cambia otra parte de su historia.
En abril de 1947 Carrillo firmó la incorporación al Ministerio de Salud de Carl Peter Værnet, un médico danés que había integrado las SS y que durante la guerra desarrolló en el campo de concentración de Buchenwald experimentos destinados a “curar” la homosexualidad.
No eran investigaciones científicas.
Eran experimentos sobre seres humanos.
A los prisioneros homosexuales se les implantaban cápsulas de testosterona bajo la piel con la idea de modificar su orientación sexual. Algunos murieron como consecuencia de esos procedimientos.

Carl Vaernet
Terminada la guerra, Værnet fue detenido. Poco después escapó de Europa.
Llegó a la Argentina con su nombre verdadero.
No necesitó esconderse.
Y fue contratado oficialmente por el Ministerio de Salud.
Las resoluciones existen. Llevan la firma de Ramón Carrillo. En una de ellas el médico aparece adscripto directamente al despacho del ministro para aprovechar su “especialización científica”.
Mientras tanto, Værnet instaló un consultorio en la calle Uriarte, donde ofrecía tratamientos destinados a la supuesta cura de la homosexualidad.
Hasta aquí los hechos.
La pregunta empieza después.
¿Por qué Carrillo decidió contratar precisamente a ese médico? No existe un documento donde lo explique.
Pero sí existe otro conjunto de documentos que ayudan a entender esa decisión.
Durante años Carrillo fue un defensor de la eugenesia. No de la versión exterminadora que llevó adelante el nazismo, sino de esa corriente de pensamiento que sostenía que el Estado debía intervenir para mejorar biológica y moralmente a la sociedad.
En sus escritos hablaba de formar un “hombre argentino ideal”.
Y lo más significativo aparece después de terminada la Segunda Guerra Mundial.
Cuando el mundo ya conocía Auschwitz, los campos de concentración y los experimentos médicos nazis, Carrillo siguió enseñando esas ideas.


En las clases que dictó en la Escuela Superior de Guerra proponía la selección psicológica y biológica de quienes integrarían las Fuerzas Armadas. Entre las personas que debían ser detectadas mencionaba a los “jóvenes sospechosos de prácticas sexuales antinaturales”.
Vale la pena detenerse un instante.
No estamos hablando de un texto escrito en la década del treinta, cuando la eugenesia gozaba de prestigio internacional.
Estamos hablando de los años posteriores al nazismo.


Después de que el mundo descubriera hasta dónde podía conducir la obsesión por clasificar seres humanos entre normales y anormales.
La homosexualidad ocupaba un lugar central en esa concepción.
Para Værnet era una enfermedad que podía corregirse mediante hormonas.
Para Carrillo también era una desviación que debía ser detectada desde la medicina y la higiene social.
No eran iguales.
Pero compartían un mismo punto de partida.
Y ese punto de partida ayuda a entender por qué el médico danés encontró un lugar en la Argentina.
No alcanza con decir que el país recibió criminales nazis.
Eso ya lo sabemos.
La verdadera pregunta es otra.
¿Por qué un ministro brillante, cuya capacidad nadie discute, consideró que un hombre cuya especialidad consistía precisamente en intentar modificar la orientación sexual de los homosexuales podía aportar conocimientos útiles al Estado argentino?
La respuesta, probablemente, no esté en Værnet.
Está en la eugenesia.
Porque la eugenesia no murió con Hitler.
Murió el régimen nazi.



