En 1976, mientras muchos elegían el silencio, Juan Carlos Distéfano inauguró una muestra que hablaba de tortura, miedo y dignidad. Esta es la historia de un artista extraordinario que nunca estuvo dispuesto a negociar sus convicciones
-Nota publicada con la autorización de Infobae-
Cuando murió Juan Carlos Distéfano hice lo que hacemos todos. Leí los diarios para ver cómo lo despedían. Encontré elogios justos. Se habló del gran escultor, del brillante diseñador gráfico que fue junto a Rubén Fontana, de su exilio en España, de los premios, del reconocimiento internacional.
Pero mientras leía todo eso no dejaba de pensar en algo que casi nadie recordó: su primera muestra individual.
Fue en octubre de 1976, apenas siete meses después del golpe militar. Fue en mi galería, Artemúltiple. Y creo que fue ahí donde apareció Juan Carlos en toda su dimensión.
Yo había conocido algunas de sus obras en muestras colectivas, en la Fundación Lorenzutti y en el Instituto Di Tella. Pero, antes que escultor, para mí era el extraordinario diseñador gráfico que había formado sociedad con Rubén Fontana.
A comienzos de los años setenta visité el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Había una sala muy pequeña dedicada al diseño industrial. Se exhibían sillas, máquinas de escribir, un automóvil, objetos de distintas partes del mundo. Y un solo afiche.
Era de Olivetti.
Me acerqué para leer quién lo había diseñado. Decía: Juan Carlos Distéfano y Rubén Fontana.
Sentí una mezcla de sorpresa y orgullo. Entre tantos objetos de diseño internacional, el único afiche seleccionado era argentino.
Cuando decidí abrir mi galería, en 1975, no dudé un instante. Los fui a buscar para que diseñaran toda la imagen gráfica de Artemúltiple.
Fue entonces cuando volví a encontrarme con el artista.
Apenas empezamos a trabajar le propuse hacer una muestra individual. Me respondió que era imposible. Vivía del diseño gráfico y no tenía tiempo para producir esculturas. Trabajaba para sobrevivir.
Le pregunté cuánto necesitaba por mes para dejar el estudio y dedicarse exclusivamente a preparar la exposición.
Me dio una cifra.
Le propuse adelantársela como cuenta de futuras ventas. Si la muestra funcionaba, descontaríamos ese adelanto de las obras vendidas.
Aceptó.
Poco después, Fontana, muerto de risa, me dijo una frase que nunca olvidé:
—Me cagaste el socio.
Y tenía razón. Juan Carlos nunca volvió al diseño gráfico.

El mudo, 1973
En marzo de 1976 llegó el golpe militar.
Nosotros sabíamos perfectamente lo que estaba pasando. Teníamos amigos desaparecidos. El miedo ya se respiraba en Buenos Aires. Sin embargo, la muestra siguió adelante y se inauguró en octubre.
Lo que había en esa sala era exactamente lo que estaba ocurriendo afuera.
Cuerpos golpeados.
Hombres vencidos.
Torturados.
Figuras atravesadas por el dolor.
No hacía falta explicar nada. Las esculturas hablaban solas.El montaje estuvo a cargo de Samuel Paz, uno de los hombres de mejor ojo que conocí en el mundo del arte. Juan Carlos no discutía una sola decisión. Miraba, ayudaba a mover las piezas y confiaba.
Yo estaba convencido de que la muestra ya estaba terminada.
Entonces Samuel dijo:
—Corré esa escultura dos centímetros hacia la izquierda.
Después otra cinco centímetros hacia adelante.
Después otra un poco más atrás.
Confieso que pensé que estaba exagerando. ¿Qué podían cambiar dos o cinco centímetros?
Cuando terminó entendí.
La muestra era otra.
Las mismas esculturas, el mismo espacio, pero una relación completamente distinta entre ellas. Todo respiraba mejor. Era como si el aire hubiera empezado a circular de otra manera.

Ese día aprendí una lección que nunca olvidé.
Y aprendí otra observando a Juan Carlos.
Tenía el talento suficiente para respetar el talento ajeno. No necesitaba demostrar que sabía más que Samuel Paz. Sabía reconocer cuándo otro estaba haciendo algo extraordinario.
Esa generosidad era una de sus mayores virtudes.
Era incapaz de sentir celos de un artista mejor que él.
Al contrario.
Cuando encontraba a alguien importante quería ayudarlo.
Así conocí a Víctor Grippo.
Insistió tanto en que tenía que conocerlo que terminé invitándolo a la galería. Hablamos durante horas y, sin haber visto prácticamente su obra, le propuse hacer una exposición.
Grippo me dijo:
—Pero vos no viste mi trabajo.
Le respondí:
—Después de hablar con vos durante tres horas, ya no necesito verlo.
Poco tiempo después ocurrió otro episodio que pinta de cuerpo entero quién era Juan Carlos.
Rafael Viñoly vino a verme porque quería comprar una escultura para el nuevo edificio de televisión que la dictadura estaba construyendo para transmitir el Mundial de 1978.
Le dije que yo no quería venderles nada a los militares.
Pero tampoco tenía derecho a decidir por el artista.
Así que llamé a Juan Carlos.
La respuesta fue inmediata.
No.
Ni siquiera lo dudó.
Había cosas que, para él, simplemente no se hacían.

La telaraña
Con los años llegaron los museos, los premios, el reconocimiento y el lugar que merecía dentro del arte argentino.
Todo eso está muy bien.
Pero cuando pienso en Juan Carlos no pienso primero en los premios ni en las retrospectivas.
Vuelvo siempre a aquel octubre de 1976.
Vuelvo a esas esculturas que hablaban del dolor mientras el país empezaba a callar.
Vuelvo a un artista que, cuando muchos elegían mirar para otro lado, llenó una galería del centro de Buenos Aires con hombres torturados.
No escribió un manifiesto.
No dio discursos.
Hizo algo mucho más difícil.
Dejó que su arte hablara.
Y por eso, cuando leí los obituarios, sentí que faltaba algo.
Faltaba recordar que antes de convertirse en un artista consagrado, Juan Carlos Distéfano fue, sobre todo, un hombre de una integridad extraordinaria. Un hombre que nunca separó su obra de sus convicciones.

El baño



