Tomas Maldonado, “democracia un desorden fecundo”

Décadas después de haber formulado muchas de sus ideas, Tomás Maldonado sigue ofreciendo herramientas para comprender el presente.

Volver a leer a Tomás Maldonado

tomas maldonado, daniel jurjo, 1984
Tomas Maldonado, Daniel Jurjo, 1984

Confieso algo: no había vuelto a leer esta entrevista desde que apareció en El Porteño, en octubre de 1984. Recordaba muy bien a Tomás Maldonado. Es difícil olvidar a un hombre así. Lo que había olvidado era el contenido de aquella conversación. Al releerla, más de cuarenta años después, no descubrí un pensamiento que entonces se me hubiera escapado. Lo que descubrí fue otra cosa: hasta qué punto aquellas ideas siguen describiendo el mundo en que vivimos. 

Había conocido a Maldonado antes de entrevistarlo. O, mejor dicho, ya lo conocía a través de Víctor Grippo. Víctor hablaba de él con una admiración poco frecuente. Los unía mucho más que el arte o el diseño. Compartían la influencia de un personaje casi secreto, Elías Pieterbarg, un maestro inclasificable que marcó a ambos y cuyo libro de aforismos fue ilustrado por el propio Maldonado. Aquellas conversaciones con Grippo despertaron mi curiosidad mucho antes de que pudiera sentarme frente a él.

Y cuando finalmente ocurrió, entendí por qué Grippo lo admiraba tanto.

Maldonado era un hombre elegante. De esos elegantes que ya casi no existen. Lo seguió siendo aun cuando muchos años mas tarde, cuando había pasado los ochenta años. Alto, atractivo, impecablemente vestido, con esa mezcla de refinamiento y naturalidad que nunca resulta afectada. Pero la verdadera elegancia estaba en otra parte. Estaba en su inteligencia.

Y había algo más que me impresionó: sabía escuchar. No era una pose. Escuchaba con una concentración absoluta. Nunca daba la sensación de estar preparando la respuesta mientras uno hablaba. Pensaba con su interlocutor. Quizá por eso conversar con él era tan estimulante.

La última vez que lo vi fue tomando un café en el Hotel Alvear. Para entonces ya había aprendido a interpretar una señal muy sutil. Maldonado sonreía cuando una observación o una pregunta le parecían bien encaminadas. No era una sonrisa condescendiente. Tampoco aprobatoria. Era casi una invitación a seguir avanzando. Una forma delicada de decir: “Vale la pena pensar por ahí”. Con el tiempo entendí que ésa era otra manera de enseñar.

Su currículum es impresionante. Integró el grupo Arte Concreto en la Argentina, fue una figura central del diseño industrial moderno, enseñó en la legendaria Escuela de Ulm, dio clases en Princeton y en el Politécnico de Milán, fue amigo de Umberto Eco y uno de los intelectuales argentinos de mayor prestigio internacional. Todo eso es cierto. Pero, ninguna de esas credenciales explica el efecto que producía conversar con él.

Porque Maldonado no impresionaba por lo que sabía, sino por la manera en que pensaba.

Al releer hoy la entrevista me llamó la atención que, aunque formalmente hablábamos de diseño, arquitectura y comunicación, en realidad estábamos hablando de política, de cultura y, sobre todo, de democracia.

La democracia, decía, no es un sistema destinado a eliminar los conflictos. Es un sistema capaz de administrarlos. Una idea sencilla y, al mismo tiempo, profundamente revolucionaria en un país acostumbrado a creer que cada crisis se resuelve encontrando al hombre providencial que pondrá orden de una vez por todas.

Por eso aceptaba que la democracia fuera, como decía el título de aquella entrevista, un “Desorden fecundo” El desorden no era el fracaso del sistema. Era la consecuencia inevitable de la libertad.

Hay una palabra que atraviesa toda la conversación y que hoy me resulta todavía más significativa: complejidad

Maldonado desconfiaba de quienes prometían soluciones simples para problemas complejos. Sostenía que cuanto más desarrollada es una sociedad, más difícil resulta gobernarla y más necesario se vuelve aceptar esa complejidad en lugar de negarla.

Mientras lo releía no podía dejar de pensar en nuestro presente. En la velocidad con que circulan las opiniones, en la necesidad permanente de ofrecer respuestas instantáneas, en la sospecha que despierta cualquier explicación que dure más de un minuto.

Tomas Maldonado, oleo sobre tela 1950
Tomas Maldonado, oleo sobre tela 1950

Maldonado pertenecía exactamente al mundo opuesto.

Creía que pensar era una obligación moral. Que comprender exigía tiempo. Que las instituciones eran más importantes que los liderazgos carismáticos. Que la educación no era un lujo sino la condición indispensable para que una democracia funcionara. Y que el diseño no consistía solamente en producir objetos bellos, sino en organizar sistemas de convivencia, información y conocimiento.

Hoy muchas de esas ideas parecen escritas para discutir la inteligencia artificial, las redes sociales o la degradación del debate público. En 1984 apenas comenzaban a insinuarse.

Quizá por eso la entrevista me produjo una sensación extraña. No tuve la impresión de estar leyendo un documento histórico. Tuve la sensación de estar leyendo un diagnóstico del presente.

No creo que Maldonado tuviera razón en todo. Él mismo habría desconfiado de cualquiera que pretendiera tenerla. Lo que sí tenía era una extraordinaria capacidad para formular las preguntas correctas. Y eso, con el tiempo, termina siendo mucho más valioso que cualquier respuesta.

A veces pienso en aquella última charla en el Hotel Alvear y en esa sonrisa apenas insinuada que aparecía cuando la conversación encontraba un camino fértil. Me gusta creer que era la sonrisa de alguien que disfrutaba más de una buena pregunta que de una respuesta brillante.

En una época en la que abundan las certezas y escasea la reflexión, volver a leer a Tomás Maldonado fue también volver a encontrarme con una forma de inteligencia que hoy parece en vías de extinción: la de quienes no buscaban convencer, sino comprender. Y, una vez que comprendían, ayudaban a los demás a pensar un poco mejor. Ese, sospecho, fue su verdadero legado. 

tomas madlonado preview

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio