No es lindo decirle fea a nadie

Cuando Osvaldo Bazán llamó fea a Navi Pillay tras el anuncio del Nobel de la Paz, cuestioné que eligiera su apariencia para descalificarla. En una nota en Revista Seúl respondió sin nombrarme y presentó la crítica como corrección política. Esta es mi respuesta.

Criticar no es sentirse ofendido
Osvaldo, yo te cuestioné de frente, con nombre y apellido, y vos preferiste responder reproduciendo mi crítica sin nombrarme, mezclándome con unos supuestos ofendiditos que no tienen nada que ver conmigo. Esa manera elíptica de contestar me parece un acto de cobardía y especulación, porque te permite responderme sin reconocer con quién estás discutiendo. No me parece una manera sincera de hacerlo.
Para empezar, yo no estoy ofendido, ni en pedo. Estoy haciendo una discusión intelectual, una discusión ética. Hago crítica de arte hace años y cuando veo un mal cuadro no me siento ofendido, me parece un mal cuadro y a veces, si me parece necesario, trato de explicar por qué. Cuando leo a un tipo que dice algo que me parece mal, pasa lo mismo. No necesito sentirme agraviado para cuestionarlo. Suponer que tu comentario me ofendió es darle una importancia que no tiene y, sobre todo, confundir mi objeción con una reacción de susceptibilidad, que te resulta mucho más cómoda para descalificarla sin discutirla.
También me atribuís una defensa de la corrección política, cuando la cuestioné durante años en el programa de Lanata. Una cosa es la corrección política y otra ser correcto en el trato o evitar una ofensa innecesaria. No hace falta someterse a ningún mandato para entender que la cara de una persona no es un argumento contra sus decisiones, y ser innecesariamente ofensivo tampoco es una prueba de independencia ni de coraje.
No me indigné ni pedí que nadie te impidiera decir lo que pensás, me sorprendió que alguien a quien conocí luchando por los derechos de los homosexuales eligiera la apariencia de una mujer como recurso para humillarla, teniendo tantas cosas importantes para cuestionarle.
Cuando la llamaste fea y te señalé lo que estabas haciendo, tuviste todas las oportunidades para explicar que hablabas de su conducta, de sus decisiones o de su manera de pensar. No lo hiciste, seguiste repitiendo que era fea. Mi vieja me decía no hagas cosas feas y se entendía perfectamente que estaba hablando de lo que yo hacía, no de mi cara. En tus intervenciones no aparecía esa distinción y, si eso era lo que querías decir, alcanzaba con aclararlo entonces. Pero ahora escribís todo un descargo y, sin dar el brazo a torcer, volvés a rematar con que ella es fea y vos sos lindo. Después de tantas explicaciones, terminás exactamente donde empezaste.
Y hay algo más: en tu propio artículo aclarás expresamente que también te parece fea en el sentido físico de la palabra. De modo que la explicación de quienes salieron a defenderte diciendo que hablabas de su conducta queda desmentida por vos mismo. No hace falta discutir qué metáfora quisiste usar, porque terminaste explicando que también estabas hablando de su apariencia.

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Osvaldo Bazán 

Había cosas más graves para discutir
No me nombrás, pero mi crítica aparece en tu respuesta. Eso no prueba qué te pasó por la cabeza, aunque muestra que consideraste necesario contestar. A mí, ese remate después de semejante descargo me suena a una manera de decir no aflojé, no transo, sigo diciendo lo mismo. Pero ya aceptaste discutir lo que te señalaron, ya dedicaste un artículo entero a explicar por qué estaba bien lo que hiciste. La bala te entró, aunque al final necesites repetir lo de fea para demostrar que no. Contestar no te obliga a darme la razón, por supuesto, pero repetir el calificativo tampoco demuestra que hayas respondido a mi objeción.
Lo que seguís sin responder es por qué elegiste su apariencia cuando tenías tantas decisiones suyas para discutir. No necesitás convencerme de que Pillay puede merecer críticas graves, ni yo necesito defender todo lo que hizo para cuestionar la forma en que la atacaste. No estoy de acuerdo con muchas de sus posiciones, aunque tampoco creo que todo lo que hizo esté mal. Tu propio artículo demuestra que tenías material mucho más preciso y más potente que tu opinión sobre su cara.
La denuncia que mencionás sobre la entrega de nombres de disidentes al gobierno chino bajo su gestión, por ejemplo, merece una discusión muchísimo más seria. Discutir qué ocurrió y cuál fue su responsabilidad habría permitido entender la gravedad de tus objeciones al premio. Llamarla fea no demuestra ninguna de esas acusaciones, las desplaza, y terminamos discutiendo tu calificativo en lugar de sus decisiones.
También hay un error concreto que conviene corregir: afirmás que tardó meses en pronunciarse sobre la represión iraní de junio de 2009, pero el 19 de junio ya había expresado preocupación por las detenciones y el posible uso ilegal de fuerza excesiva, con una referencia particular a la violencia de la milicia Basij. Podés considerar insuficiente ese pronunciamiento, pero no convertirlo en meses de silencio. Te lo señalo porque ninguno está a salvo de equivocarse, y la certeza con la que descalificás a quienes te cuestionan no es una buena compañera de la humildad.


El golpe de efecto y la acusación maliciosa
A veces me acuerdo de aquellas camisas exuberantes con las que aparecías en televisión, tan distintas de lo que se acostumbraba a ver en una mesa periodística, y me pregunto si no había ahí algo de esta misma necesidad de sobresalir, de conseguir que te miraran. No estoy diciendo que fueran lindas o feas, cada uno se viste como se le canta y con una camisa no lastimás a nadie. Pero cuando el recurso para llamar la atención consiste en insistir con la apariencia de otra persona, ya hay alguien a quien usás para producir ese efecto. Tal vez el impulso sea parecido, pero las consecuencias son distintas.
Y cuando te veo en ese papel de Pilar Rahola santafesina, con las distancias de talento y eficacia del caso, pienso en una especie de manierismo, en una manera de recargar los gestos hasta que terminan tapando lo que pretendías decir. Porque tus razones contra Pillay podrían discutirse seriamente, pero el golpe de efecto consiguió que habláramos de vos. Yo mismo contribuí a eso al contestarte.
También dedicás una parte del artículo a explicar que tu opinión no es un delito ni una orden de perseguir a nadie. Pero yo no te acusé de cometer un delito ni te atribuí semejante pedido. Que puedas decirlo no resuelve si estuvo bien decirlo, y que no pidas quitarle derechos a una persona tampoco vuelve irreprochable cualquier forma de referirte a ella. Mi discusión con vos no necesita un código penal, necesita que discutamos qué elegiste decir y para qué servía.
Hace más de catorce años que me opongo pública y sistemáticamente a la cancelación, y vos conocés mi posición. Por eso, pretender ubicarme entre quienes la promueven me parece una acusación maliciosa: me atribuís una posición que sabés que rechazo para evitar responder a lo que efectivamente te cuestioné.
Tenés todo el derecho a decir lo que dijiste y yo tengo el mismo derecho a señalar que elegiste mal y vos a no darme pelota. No te pedí que te callaras, te cuestioné por lo que decidiste decir. Y después de leer tu descargo sigo encontrando la misma contradicción: dedicás un artículo a explicar la gravedad de sus conductas y lo cerrás insistiendo en su apariencia.
Ni vos ni yo estamos a salvo de equivocarnos y la soberbia no solo nos termina conduciendo al error, no nos cuida de cometerlo.

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Navanethem Pillay ganó el Premio Nobel de la Paz 2026.

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