Para cuidar el agua hay que entender al elefante

Los glaciares retroceden, los ríos patagónicos pierden caudal y la explotación petrolera demanda cada vez más agua. ¿Estamos entendiendo el problema en su conjunto o seguimos mirando al elefante por separado?

Una antigua parábola de la India cuenta que un rey convocó a varios ciegos para que conocieran un elefante, pero cada uno palpó solamente una parte. El que tocó una pata dijo que era una columna, el que tocó una oreja dijo que era un abanico, el que sujetó la cola juró que era una cuerda y no lograron ponerse de acuerdo. Guadalupe Nogués retoma esa parábola en Entender un elefante para pensar problemas complejos. Con el agua nos pasa lo mismo. Hay quienes miden glaciares, quienes planifican ciudades, quienes autorizan perforaciones y quienes gestionan cultivos. Cada uno mira bien su parte, pero el elefante no se arma solo. No significa que todo tenga la misma causa ni que el fracking provoque la sequía. Significa que clima, reservas, extracción y contaminación terminan decidiendo algo muy concreto: cuánta agua utilizable habrá, dónde va a estar y quién podrá acceder a ella.
Según la Organización Meteorológica Mundial, en 2025 la temperatura media del planeta estuvo alrededor de 1,43 grados por encima del promedio de 1850-1900 y el trienio 2023-2025 promedió cerca de 1,48. No equivale al calentamiento sostenido al que se refiere el Acuerdo de París, pero permite ver la tendencia. Un grado y medio puede sonar menor, aunque es el promedio de todo el planeta, con aumentos muy desiguales según la región.

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Glacial en los Alpes

Los Alpes, el hielo y las montañas que se debilitan
En los Alpes ya se ven las consecuencias. En el Zugspitze, la montaña más alta de Alemania, el Schneeferner Norte se redujo drásticamente y el Schneeferner Sur dejó de clasificarse como glaciar en 2022. En Austria, el Hintereisferner, medido desde 1952, perdió en algunos períodos recientes unos cuatro metros de espesor por año y alrededor de cuarenta en una década. Desde mediados del siglo XIX su frente retrocedió unos tres kilómetros y perdió más del cuarenta por ciento de su superficie original. El Blaueis, en los Alpes de Berchtesgaden, todavía se mueve, aunque está seriamente amenazado. Más de veinte mil fotografías permitieron reconstruirlo digitalmente en tres dimensiones y dejar constancia de lo que está desapareciendo. Otros glaciares resisten mejor gracias a la sombra y al relieve, pero tampoco están a salvo. No solo desaparece hielo: también puede debilitarse la montaña. El permafrost es suelo o roca que permanece congelado por lo menos dos años y cuyo hielo puede mantener unidas las grietas. En el Zugspitze, Michael Krautblatter y su equipo registraron que la temperatura de la roca pasó de alrededor de 1,2 grados bajo cero a 0,8 bajo cero, mientras la profundidad del deshielo estacional aumentó desde menos de diez metros hasta doce o trece. Son variaciones pequeñas, pero decisivas cerca del punto en que se descongela el hielo de las fisuras. En ensayos con muestras de Blatten, Suiza, las rocas congeladas resistieron unos 150 kilogramos por centímetro cuadrado antes de fracturarse, frente a 115 de las descongeladas, una diferencia cercana al 23 por ciento. No explica por sí solo los derrumbes, pero ayuda a comprender por qué aumentan ciertos riesgos.


El agua no desaparece, cambia de lugar y de tiempo
Con el agua ocurre algo que al principio puede confundir: un glaciar que se derrite rápido puede entregar más durante un tiempo, hasta que se achica tanto que su contribución empieza a bajar. Los investigadores llaman pico hídrico al momento de mayor aporte del deshielo. Tampoco hay que confundir el agua glaciar con toda la que baja de las montañas. La nieve del invierno constituye otra reserva, muchas veces mayor, que libera agua cuando aumenta la temperatura. Si se derrite antes, llega antes a los ríos y queda menos en los meses cálidos. Para el Rin a la altura de Basilea, el aporte glaciar ronda el dos por ciento, mientras que el asociado a la nieve es del orden de dos tercios. El agua del planeta no desaparece, pero cambia su distribución y el momento en que está disponible. La nieve que cae sobre roca expuesta al sol puede derretirse más rápido que la que se acumula sobre hielo, porque la roca absorbe calor. La profundidad y la densidad de la nieve importan tanto como su extensión para calcular el agua almacenada. Una inundación hoy no garantiza el abastecimiento del verano siguiente. Menos nieve y mayor evaporación pueden dejar menos agua precisamente cuando más se necesita.


La Patagonia y las señales de una disminución del agua disponible
En la Argentina también aparecen señales que merecen atención. Si comparamos los promedios anuales de generación hidroeléctrica de 1997 a 2005 con los datos de enero a julio de 2026, proyectados a un año completo, Futaleufú pasó de 2.710 a 2.288 gigavatios hora, una caída del 16 por ciento, El Chocón de 2.626 a 1.734, un 34 por ciento menos, Alicurá de 2.112 a 955, un 55 por ciento menos, Piedra del Águila de 4.938 a 3.309, un 33 por ciento menos, Pichi Picún Leufú de 1.147 a 715, un 38 por ciento menos, Arroyito de 612 a 482, un 21 por ciento menos, y Cerros Colorados de 1.466 a 456, una caída del 69 por ciento. La generación no equivale al caudal porque también depende de la operación de las centrales. Pero la Autoridad Interjurisdiccional de Cuencas registra una tendencia decreciente en los aportes de los ríos Limay y Neuquén. El caudal medio del río Negro, que recibe ambos, se situaba históricamente cerca de los 1.000 metros cúbicos por segundo y en los últimos años ronda los 720.* Estudios hidrológicos vinculan el descenso a menores precipitaciones invernales en la cordillera y proyectan nuevas disminuciones. Menos agua disponible también limita la generación hidroeléctrica, independientemente de cómo se operen o concesionen las centrales. La comparación entre nueve años de promedio y siete meses anualizados no debe confundirse con una serie homogénea de caudales, pero la magnitud de las diferencias obliga a mirar el problema y a exigir datos continuos, no únicamente cifras de producción eléctrica.
Pero el problema no se limita a la Patagonia ni a la generación de electricidad. La disminución del agua disponible, su distribución desigual y el aumento de la demanda afectan a buena parte del planeta. Y no siempre la escasez se debe a que falte agua, sino también a que no existen los medios para hacerla llegar a quienes la necesitan.

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La central de Alicurá, una de las hidroeléctricas patagónicas cuya generación disminuyó respecto de los promedios de fines del siglo pasado.

ONU Agua informa que alrededor de 2.100 millones de personas carecen de agua potable gestionada de manera segura. No siempre es porque falte físicamente: también cuentan la pobreza, la contaminación y las redes que no llegan. Según la FAO, la agricultura representa alrededor del 72 por ciento de las extracciones mundiales de agua dulce. Por eso una política hídrica no puede limitarse a pedir que cerremos la canilla, tiene que revisar cómo regamos, qué producimos y qué agua desperdiciamos. El Banco Mundial estimó en 2016 que los problemas relacionados con el agua, agravados por el cambio climático, podrían reducir en algunas regiones hasta un seis por ciento el producto que alcanzarían en 2050 sin esos impactos. Es una proyección, no una pérdida ya ocurrida. Entre las respuestas posibles están reparar redes, reutilizar aguas tratadas, mejorar el riego y proteger los acuíferos. No basta con incorporar tecnología: si el agua que se ahorra en una hectárea se usa para ampliar la superficie regada, el consumo total puede seguir creciendo. También se puede desalinizar agua de mar, aunque demanda energía y no elimina los costos de transporte y distribución.
Vaca Muerta: la explotación y los recursos para controlarla
En la Argentina, la fractura hidráulica debe examinarse dentro de ese marco. No porque produzca la sequía, sino por la presión que agrega sobre cada cuenca, cuánto se extrae durante períodos secos y qué queda disponible para los demás usos. Los promedios anuales pueden ocultar problemas locales, porque importa tanto el volumen total extraído como el lugar y el momento en que se toma. Una cuenca puede tener suficiente agua en promedio y sufrir escasez en una captación determinada durante un verano seco. El propio gobierno neuquino reconoció en una norma de junio de 2026 la emergencia hídrica declarada en octubre de 2025 y que la explotación no convencional demanda volúmenes significativos de agua. La norma promueve su recuperación, tratamiento y reutilización, pero necesitamos saber cuánto se reutiliza realmente, qué ocurre con el agua que vuelve a la superficie y cómo se controlan su almacenamiento y disposición.
El gobierno provincial informó más de 1.800 fiscalizaciones ambientales entre 2024 y 2026, pero ese total no aclara cuántas correspondieron al fracking, qué irregularidades detectaron ni cuántas fueron corregidas. Las inversiones, el empleo y las divisas son necesarios, pero los costos ambientales también pertenecen a la cuenta. La explotación factura unos 14.000 millones de dólares anuales, mientras que las partidas provinciales que analizamos, destinadas a ambiente y control en distintas reparticiones, no llegan a los 20 millones para ese mismo año: menos del 0,15 por ciento de aquella facturación. Y esos fondos deben cubrir muchas otras tareas ambientales. Cabe preguntarse con qué inspectores, laboratorios, vehículos y equipos se controla una actividad de esa escala, qué instalaciones se revisan, con qué frecuencia, dónde termina el agua de retorno y qué ocurre cuando se detectan incumplimientos. La cantidad de inspecciones, por sí sola, no contesta ninguna de esas preguntas.
La evidencia científica atribuye el calentamiento actual principalmente a las emisiones humanas, pero no hace falta que todos coincidamos en cada responsabilidad para actuar con prudencia. Glaciares, acuíferos, cultivos, ciudades e industrias forman parte del mismo problema y exigen información comparable, controles efectivos y decisiones coordinadas. Podemos seguir mirando cada uno nuestra parte del elefante, pero alguien tiene que ocuparse de saber hacia dónde se mueve y qué puede llevarse por delante. De lo contrario, discutiremos qué es el elefante mientras el agua ya cambió de lugar.

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Vaca Muerta y el agua del frackin

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