En los albores del menemismo, Moisés Ikonicoff publicó un libro para interpretar la evolución del país en los 110 años previos. Casi 40 años después, esa interpretación luce vigente y sirve para entender el modelo mileísta.
En 1989, mientras el gobierno de Alfonsín caía en medio de una hiperinflación y se iniciaba la era menemista, que experimentaría dos nuevos momentos hiperinflacionarios antes de encontrar su rumbo en abril de 1991 con el plan de Convertibilidad, Moisés Ikonicoff, un economista argentino que había estado
exiliado en Francia, publicó el libro “De la economía de renta a la economía de producción”, cuyo contenido sintetizó poco después en el “Boletín Informativo Techint”, una publicación de perfil académico que el principal grupo industrial argentino sostiene desde hace siete décadas.
En él, Ikonicoff, que durante el gobierno de Menem sería secretario del Ministerio del Interior y asesor en la Cancillería, interpretaba la historia económica de la Argentina a partir de dos características: una cultura rentística y extractiva, que remontaba incluso a la etapa de mayor expansión.
“El proceso económico durante el período 1880-1930 presenta características similares al experimentado por los países petroleros a partir de 1974 y que se asimilan a una ‘economía de renta’, es decir, basada en la explotación y exportación de un recurso natural, el petróleo en el caso de los países petroleros y los productos agropecuarios en el caso argentino. La causa principal del retroceso argentino se halla en el hecho de que después de la crisis del 30, los actores económicos, sociales y políticos (…) continúan obstinadamente comportándose como si el flujo rentístico prosiguiera, impidiendo así la apertura de un sendero de transición de una economía de renta a una economía de acumulación productiva”, decía de entrada, para luego describir que, bajo distintas formas, esa cultura siguió permeando las etapas que siguieron.
Ikonicoff explicó que la etapa posterior a la gran depresión, el peronismo, las sucesivas dictaduras militares, los interregnos desarrollista y radical, así como las diferentes teorías y experiencias -la teoría del “despegue” del economista norteamericano Walter Rostow, la escuela de la Cepal, la teoría de la dependencia, intentos ortodoxos y shocks heterodoxos como el Plan Austral- no habían logrado sacar a la economía argentina de esos dos vicios históricos: rentismo y extractivismo.

Crisis y después
Por caso, afirmaba, “después de la crisis del treinta, frente a la ausencia o la escasez de rentas exteriores, es el Estado quien se transformará en la nueva fuente de creación de rentas (pero) esta vez se tratará de rentas ilusorias, basadas en la emisión monetaria o en la transferencia del excedente real de un sector social a otro, en función exclusivamente de la capacidad que posee cada sector para ejercer presión sobre el poder público”. Del mismo modo, explicaba, bajo el primer peronismo la redistribución de ingresos responde a un principio de “justicia social” en que la protección a la industria garantiza la consolidación
de una actividad que podía convertirse en núcleo productivo de acumulación, pero no rompió los círculos viciosos creados desde 1930 y quedó atrapada en la cultura de renta.
Además, escribió Ikonicoff, su implementación sin graves conflictos solo fue posible porque durante ese período (segunda posguerra mundial) había reaparecido la renta externa y más allá de cuál fuera el proyecto original, desembocó en la inclusión de la sociedad entera en la disputa por la distribución, pero siempre en torno de la renta, no de la producción. Dos intentos fallidos
En su recorrido de poco más de un siglo Ikonicoff identificó solo dos intentos de salir del rentismo: los años finales del primer peronismo, cuando a partir de 1952 Perón convoca a los “Congresos de Productividad” (momento que los propios peronistas eligen ignorar, porque no fueron “los años felices”, sino el inicio de un inevitable ajuste), y durante un breve momento del Plan Austral, entre 1985 y 1986. El primero terminó en el golpe militar de 1955, el segundo en la hiperinflación de 1989.

Casi cuarenta años después la descripción de Ikonicoff parece seguir siendo válida. La etapa menemista, de la que participó, brindó diez años de estabilidad, pero basada en una ficción cambiaria y monetaria que desembocó en una larguísima recesión (1998-2002) y una explosión macroeconómica que arrojó millones de personas a la pobreza. El kirchnerismo volvió a tener una extraordinaria oportunidad, pero se limitó a redistribuir renta y no creó ninguna base sólida, sino un mecanismo de expolio a favor de la familia presidencial y su entorno. De vuelta sin rentas, el macrismo recurrió al mega-endeudamiento externo. Y el cuarto gobierno kirchnerista, detrás del patético Alberto Fernández, trajo de vuelta la hiperinflación y creó el clima de repudio a la clase política en que la sociedad confió la presidencia a un outsider desbocado y fanático como Javier Milei.
Pasados dos tercios de la gestión mileísta, su principal logro es la reducción de la inflación a un todavía alto 30% anual, pero con niveles de empleo e ingresos cada vez más bajos, cierre masivo de empresas, paralización de la obra pública -y consiguiente deterioro de la infraestructura- y crecimiento en unos pocos sectores: petróleo, gas, minería, finanzas y, como siempre, campo y agroindustria. Esto es, de vuelta, renta y extractivismo, además favorecidos por un esquema -el llamado “Régimen de Incentivos para las Grandes Inversiones, RIGI- que favorece precisamente a esos sectores. Cultura de renta recargada.
Ajuste, renta y morosidad
Curiosamente, el mismo gobierno que diseñó un esquema que específicamente apuntala a sectores rentísticos, dice que no puede intervenir -se trata de “un problema entre privados“, declaran tanto el presidente como su ministro de Economía, Luis Caputo- para curar o al menos limitar uno de los efectos
de su política económica: la emergencia de casi seis millones de personas que no pueden pagar sus deudas con un sistema financiero y cuasi-financiero que hace dos años y medio les aplican tasas de usura.
El de abajo es un gráfico de una investigación del Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA) que a partir de un convenio con la Cámara Argentina Fintech y datos del Indec y del Banco Central de la República Argentina (BCRA), muestra que desde abril de 2024, hace casi treinta meses, quienes se endeudaron tomando créditos personales o vía tarjetas de crédito soportaron tasas reales (esto es,
descontada la inflación) de -en promedio- 120% anual. Ese promedio incluye las entidades del sistema bancario oficial, regulado por el BCRA. En el caso de las billeteras digitales y mucho más en el de los prestamistas informales las tasas fueron mucho más altas, hasta 700% en algunos casos, según diversas
denuncias.

El segundo gráfico, de una investigación del Ieral de la Fundación Mediterránea, muestra a su vez la evolución de la tasa de morosidad de diversos tipos de crédito a familias, desde la muy baja (apenas 2%) en el caso de los muy escasos créditos hipotecarios, que tienen garantía “real”, hasta el altísimo 34% (más de uno de cada tres deudores) en los créditos concedidos por Proveedores No Financieros de Crédito (PNFC), término que engloba desde el crédito comercial de, por ejemplo, cadenas de venta de electrodomésticos o motos, hasta las deudas con billeteras digitales.
Esta explosión de endeudamiento y mora fue consecuencia directa de la política económica oficial, que logró reducir la inflación mediante un ajuste fiscal y monetario y un dólar progresivamente retrasado a lo que sumó los topes -inferiores a la inflación mensual- que logró imponer en la mayoría de las paritarias salariales. En ese contexto, tras un desplome inicial, la actividad económica logró repuntar a partir de abril-mayo de 2024, impulsada precisamente por esa demanda financiada con crédito que -como muestran
las tasas del primer gráfico- en medio de un creciente retraso salarial no podía sino llevar al aumento de morosidad que muestra el segundo gráfico.
“Nadie les puso una pistola en la cabeza”, dijo el propio Milei al referirse a las personas y familias endeudadas, como si el resultado estuviera completamente desligado de su propia política económica. En su libro de 1989 Ikonicoff citaba el libro “La Argentina corporativa”, de Jorge Bustamante, un funcionario del equipo económico de José Alfredo Martínez de Hoz que en su momento hizo un exhaustivo recuento de las formas de renta que diversos sectores de la sociedad argentina -desde empresas hasta sindicatos, pasando por asociaciones, grupos de interés y sectores del propio Estado- extraían de la economía.

Según Ikonicoff, Bustamante, suerte de Federico Sturzenegger (el actual ministro de Desregulación, a quien Milei llama “Coloso”) de su época, acertaba en la descripción, pero no en la solución “global e instantánea” que proponía.
Así lo decía en el artículo que publicó en el Boletín de Techint: “Ni ‘desregulación’ ni ‘cambio de las reglas de juego’ parecen en el contexto argentino soluciones
realistas, al menos en una primera etapa. En lo que se refiere a la ‘desregulación’, conviene recordar que el país está viviendo hoy la expresión máxima de este fenómeno: ‘la anomia’. Es decir, la desaparición, en la práctica, de todo sistema normativo que condicione el comportamiento de los actores que actúan en el interior del territorio nacional. Por las mismas razones, resulta también irrealista proponer ‘cambios en las reglas de juego’, puesto que ello presupone la existencia de un Estado capaz de hacer cumplir las hoy vigentes o las nuevas reglas de juego. Precisamente la cultura de renta ha destruido el Estado, y la prioridad, si el objetivo es reglas de juego que se apliquen, consiste en reconstruir el Estado. Para ello, como lo prueba la experiencia de los países industrializados, se precisa reinstitucionalizar el pacto de solidaridad social, sin el cual no existe Estado, y ningún sistema de normas tiene la menor posibilidad de ser impuesto”.
Ikonicoff murió en diciembre de 2018, a los 84 años. Poco antes de morir, en una de sus últimas declaraciones públicas, había dicho que el entonces gobierno de Mauricio Macri “fue el instrumento que encontró la sociedad para liberarse de estos dementes y construir una democracia republicana. Creo que no van a volver, así que no hay un peligro inminente”. Sin embargo, los “dementes” que citaba, en alusión al kirchnerismo, volvieron en 2019 y, luego, trajeron a Milei.
Lo que nunca dejó de funcionar fue la cultura de renta.


