Notificaron a los muertos

La Ciudad se apropió de una bóveda de la Recoleta para convertirla en un negocio turístico. Adentro todavía están los féretros y los familiares aseguran que nunca fueron notificados: las intimaciones llegaron a los muertos, no a los vivos. Ahora preparan un amparo y la Justicia deberá decidir.

La semana pasada, Lucía Girado fue al Cementerio de la Recoleta a visitar a su padre. Desde que murió, hace casi treinta años, ella siguió yendo todos los años para su cumpleaños y, cuando podía y estaba cerca, también en otras fechas. Su hermana hace lo mismo. Su madre, recientemente fallecida, también fue en
distintas oportunidades. Como tantas familias, nunca dejaron de visitar a sus muertos.
Pero esta vez fue distinto.
Esta vez quiso ver en qué estado estaba el ataúd de su padre, después de enterarse de que la Ciudad se apropió de la bóveda para usarla en un negocio pensado para turistas. La encontró vallada y con dos guardias de seguridad en el frente que no la dejaron llegar hasta la puerta.
De pronto, una hija no puede ver el féretro de su padre, aunque el Estado sí puede avanzar sobre esa bóveda.

Nunca notificaron a los vivos
Los deudos reconocen que había una deuda. No lo niegan.
Pero también dicen que nunca fueron notificados de manera efectiva.
Según ellos, después de hablar con algún funcionario supieron que las intimaciones fueron dirigidas a familiares ya fallecidos y que los edictos publicados eran tan genéricos que nadie pudo advertir que se trataba de esa bóveda.
En 2023, incluso, Lucía pidió formalmente información a la Ciudad. La respuesta, asegura, no aclaró lo que se preguntaba.
Si esto fue así, ¿cómo puede decirse que la familia fue realmente notificada?
Porque hay una diferencia bastante elemental entre tener una deuda y abandonar a tus muertos.
Esta familia tenía una deuda. Pero seguía visitando la bóveda.

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La Ciudad, juez y parte
Hasta donde pude reconstruir —los empleados y funcionarios recibieron órdenes de no hablar—, esa “recuperación” de la bóveda fue resultado de una decisión administrativa, no de una resolución judicial.
Dicho de otro modo: la Ciudad se apropió de la bóveda por una decisión de la propia Ciudad. Ahora serán los jueces quienes deberán decir si podía hacerlo de ese modo.
La discusión ya dejó los despachos administrativos de la Ciudad. Distintos amparos están siendo presentados ante la justicia. Ella, finalmente, decidirá y será allí donde deberá determinarse si las notificaciones fueron válidas, si tuvieron una oportunidad real de defender sus derechos y si el procedimiento utilizado para recuperar la bóveda respetó la ley.
Ese punto cambia todo el eje de la discusión.
Porque hasta ahora la Ciudad actuó como parte interesada y, al mismo tiempo, tomó administrativamente la decisión que le permitió disponer de la bóveda.
Ahora tendrá que hablar la Justicia.

¿Por qué justamente esa bóveda?
Hay algo más.
En Recoleta hay muchas bóvedas deterioradas y con deudas y no se siguió con ellas el mismo camino.
Sin embargo, la elegida fue precisamente una de las que está junto al acceso que se utiliza para fines turísticos, un lugar ideal para montar el negocio pensado para los visitantes extranjeros.
No puedo afirmar que esa sea la razón.
Pero sí creo que merece una explicación concreta.
Sobre todo porque la Ciudad no quiere recuperar esa bóveda para volver a utilizarla como sepultura.
Quiere instalar allí un gift shop, vender alimentos y bebidas y convertirla además en parte del centro de operaciones del negocio turístico del cementerio.

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Deuda no es abandono
Una deuda puede reclamarse por las vías legales que correspondan.
Lo que está en discusión es otra cosa.
Si una hija visitó durante años la tumba de su padre, si su hermana también lo hizo, si su madre fue mientras vivía, si sostiene que nunca fueron notificadas como corresponde y si ahora será un juez quien deba revisar todo el procedimiento, cuesta sostener que estamos simplemente ante una bóveda
abandonada.
La deuda existe.
El abandono es otra cosa.
Y esta diferencia es particularmente importante porque estamos hablando de un cementerio.
No de un departamento vacío, un depósito o un local comercial.
Adentro hay muertos. Y afuera hay deudos.

La caja del turismo
Después está la plata.
Durante años, el dinero que pagaban los turistas para entrar al cementerio estaba afectado a la conservación del patrimonio, aunque escasamente se utilizó para ello e incluso se lo sacó del manejo del propio cementerio.
Ahora, viendo que el flujo de dinero es muy alto (La Recoleta recaudó en 2025 en concepto de turismo la suma de 6.864 millones de pesos) , quieren cambiar el sistema.
La concesión no solo incluye la venta de souvenirs, bebidas y comidas. También el manejo del centro de atención turística y de las visitas guiadas y, sobre todo, la recaudación de las entradas. 
A cambio, el concesionario pagaría un canon mensual muy bajo y el 20% de su facturación.
La pregunta es inevitable:
¿Ese canon guarda alguna relación con el volumen de turistas que entran todos los días a la Recoleta y con la cantidad de dinero que puede generar el negocio?
Porque si la recaudación es muy superior a lo que el concesionario termina pagando, ya no estamos solamente frente a una discusión patrimonial, moral o jurídica.
También estamos ante una extraña manera de administrar recursos públicos. Pero hay algo todavía más curioso. El artículo 22 de la Ley 4977 de la propia Ciudad prohíbe “toda actividad comercial, en sus diferentes formas” dentro de los cementerios porteños.
Entonces, antes incluso de discutir si el canon es alto o bajo, hay una pregunta anterior: ¿cómo piensa la Ciudad habilitar un negocio dentro de un cementerio cuando una ley vigente dice expresamente que allí la actividad comercial está prohibida?

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La Ciudad recupera una bóveda ubicada en un lugar privilegiado, se la entrega a un privado y le permite explotar un negocio generado, en buena medida, por uno de los cementerios más famosos del mundo.
Como mínimo, debería explicar con absoluta claridad cuánto recauda hoy, cuánto espera que recaude el privado y cuánto de ese dinero finalmente quedará para la Ciudad.
Pero antes de discutir porcentajes, cánones, turistas, cafés o souvenirs hay una escena que resume bastante bien toda esta historia.
Lucía Girado fue al Cementerio de la Recoleta a ver a su padre.
Hace casi treinta años que está enterrado ahí.
Ella siguió visitándolo.
Esta vez quiso acercarse a ver en qué estado estaba su féretro.
Y no la dejaron entrar.
Quizás antes de hacer negocios con la bóveda, alguien debería explicarle a una hija por qué ya no puede acercarse a la tumba de su padre.

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