Primero dijeron que la bóveda estaba “deshabitada”. Adentro encontramos féretros. Ahora, según Clarín, los familiares que quieran retirar los restos deben pagar veinte años de deuda. Y hay otro pequeño problema: una ley de la propia Ciudad prohíbe la actividad comercial dentro de los cementerios.
La historia de la bóveda-boliche del Cementerio de la Recoleta se complica cada día un poco más.
El Gobierno de Jorge Macri decidió concesionar una bóveda de casi 25 metros cuadrados para instalar un gift shop, vender alimentos y bebidas y realizar turismo nocturno.
La documentación hablaba de una bóveda “deshabitada”. Fui a verla. No estaba tan deshabitada. Adentro había féretros. Los vi y los fotografié. Después de publicada nuestra nota, el lugar fue vallado.
Ese mismo día, un empleado del cementerio me envió fotografías de cuatro féretros colocados sobre carretillas en el pasillo contiguo. No puedo afirmar que esos cuatro cajones hayan salido de la bóveda que visitamos.
Lo que sí puedo afirmar es que pasaron la noche allí, a la intemperie, sobre las carretillas, y fueron retirados a la mañana siguiente.
Puede ser una coincidencia.
Pero resulta, cuanto menos, llamativo. Y bastante desprolijo cuando estamos hablando de restos humanos y del respeto que merecen los muertos y sus familias.

Los féretros pasaron la noche afuera
Pague veinte años si quiere llevarse a sus muertos
Ahora apareció un capítulo todavía más difícil de explicar.
Según informó Clarín, los familiares que quieran retirar los restos de la bóveda deben pagar veinte años de deuda.
Es decir: el Gobierno quiere recuperar el lugar para convertirlo en un negocio. Les pide a las familias que retiren a sus muertos, pero para llevárselos deben pagar primero la deuda acumulada durante veinte años.
Y si los restos no son reclamados, pueden terminar siendo cremados.
Una deuda es una deuda. El Estado tiene derecho a reclamar y cobrar aquello que legalmente corresponda.
Pero una cosa es cobrar una deuda.
Otra es poner en el medio los restos de una familia.
Yo lo llamaría chantaje necrológico.
Pague veinte años de deuda si quiere llevarse a sus muertos.
Y hay algo que vuelve todavía más difícil de explicar la situación: no se está buscando liberar la bóveda porque haga falta para realizar nuevos entierros.
Se la quiere liberar para instalar un negocio.

Hay un pequeño problema: la ley
Mientras tanto apareció una cuestión bastante menos subjetiva que discutir si tomar un café entre tumbas es de buen o mal gusto.
El artículo 22 de la Ley 4977 de la propia Ciudad establece que queda prohibida “toda actividad comercial, en sus diferentes formas” dentro de los cementerios porteños.
La objeción ya fue planteada formalmente a las autoridades. Una presentación dirigida al ministro de Espacio Público, a la Dirección General de Cementerios y al gerente de Recoleta cita expresamente esa prohibición y reclama la cancelación del proyecto.
La pregunta para el Gobierno de Jorge Macri parece bastante sencilla: ¿Cómo se licita un gift shop y un local de venta de alimentos y bebidas dentro del Cementerio de la Recoleta si una ley de la propia Ciudad prohíbe allí toda actividad comercial?
La discusión ya llegó también a la Legislatura.
Los legisladores porteños Guillermo Suárez y Manuela Thourte presentaron un proyecto de declaración en el que advierten que poner en valor el Cementerio de la Recoleta no debería convertirse en sinónimo de mercantilizarlo.
Y plantean algo que importa mucho más allá de esta bóveda: permitir esta explotación puede sentar un precedente para la utilización comercial de otros espacios funerarios.
Ya no estamos, entonces, solamente ante una discusión sobre buen gusto, respeto o patrimonio. Hay también una discusión legal y política que el Gobierno debería explicar.
Los mercaderes del Templo
Y después está aquello que ninguna ley necesita explicar.
Los Evangelios cuentan que Jesús encontró comerciantes dentro del Templo y los expulsó.
Más allá de que uno sea creyente o no, aquella historia dejó durante dos mil años una idea bastante sencilla: hay lugares sagrados en los que hacer negocios tiene un límite.
Un cementerio es uno de ellos.
Muchas familias enterraron durante generaciones a sus muertos en la Recoleta bajo una tradición religiosa y cultural que entiende la sepultura como un lugar de descanso, recogimiento y respeto.
No los dejaron en un parque temático ni en un paseo de compras.
Los enterraron en un camposanto.
Y ni siquiera hace falta recurrir a la Biblia para sostenerlo porque, curiosamente, la propia legislación porteña parece haber entendido lo mismo: dentro de sus cementerios está prohibida la actividad comercial.
¿Cementerio o atracción turística?
Además, no es la primera vez que aparece una discusión sobre qué lugar ocupan los deudos frente a la explotación turística de Recoleta.
Ya hubo polémica cuando el cementerio cerró sus puertas al público mientras integrantes de Guns N’ Roses realizaban allí una actividad fotográfica por gestión del ̈Corcho Rodriguez”, en una fecha particularmente sensible: el Día de la Madre, cuando muchas personas querían entrar precisamente a visitar a sus muertos.
La pregunta vuelve a ser la misma: ¿Qué es primero: el camposanto o la atracción turística?
Porque el Cementerio de la Recoleta no es un museo que alguna vez tuvo muertos.
Sigue siendo un cementerio.
Hay personas que entran para ver la tumba de Eva Perón, Sarmiento o algún otro personaje histórico.
Pero hay otras que van a visitar a su padre, a su madre, a un hijo o a un amigo.
Y los deudos no son turistas.

Ignacio Salaberry y Sofía Palacios con los Guns N Roses el día de la madre
Nadie discute que Recoleta reciba visitantes. Tampoco habría nada extraño en instalar un café, un gift shop o servicios turísticos afuera, junto a la entrada.
El problema nunca fue el café.
El problema es ponerlo entre las tumbas.
Primero la bóveda estaba “deshabitada”.
Fuimos y encontramos féretros.
Después apareció vallada.
Ese día cuatro cajones pasaron la noche sobre carretillas en el pasillo contiguo, aunque no podemos afirmar que provinieran de esa bóveda.
Ahora, según Clarín, sabemos que los familiares que quieran retirar los restos deben pagar veinte años de deuda.
Y mientras todo esto ocurre, el Gobierno pretende instalar allí un negocio pese a que una ley porteña prohíbe la actividad comercial dentro de sus cementerios.
Quizás antes de decidir qué café van a servir y qué souvenirs van a vender, el Gobierno de Jorge Macri debería explicar todo esto.
Porque hace dos mil años que conocemos la historia de los mercaderes del Templo.
Hay lugares donde la caja registradora simplemente no corresponde.

Los Guns n Roses


