Milei en la ORT: ¿libertad o adoctrinamiento?

Protegido por custodios y francotiradores apostados en los techos, Milei convirtió
una visita a un centro educativo de excelencia en un acto de adoctrinamiento
político y religioso, coronado además con ataques a la prensa.

Durante varios años de mi infancia, todas las tardes tenían más o menos el mismo recorrido. El tranvía 94, mi primo Uzi (un poco más grande que yo) la parada en Yatay y Díaz Vélez, a veces nos quedábamos unos minutos de más en el kiosco de la esquina, y después al colegio.
Ese mismo edificio donde ayer habló el Presidente.
Arriba funcionaba el colegio hebreo al que yo iba. Abajo estaba la ORT.
Pasaron más de sesenta años. Y, sin embargo, cuando vi a Milei ahí, no vi solamente un edificio. Vi mi infancia. Recordé un ambiente de estudio, de juego

, de discusiones, de afectos. Y, sobre todo, recordé algo que hoy me parece más valioso que nunca: ningún profesor pretendió quedarse con mi cabeza. Nos enseñaban la Torá, claro. Pero no para domesticar conciencias, sino para abrir preguntas. Era casi un libro de historia: nuestra historia. Con los años

 

 entendí
que me estaban enseñando a pensar por mí mismo, no a repetir. Por eso me produjo tanta tristeza ver ese espacio convertido en otra cosa.

No porque fuera Milei. Si hubiera sido cualquier

 otro presidente haciendo lo mismo, habría sentido exactamente la misma incomodidad. Porque una escuela debería ser uno de los pocos lugares donde el poder entra con humildad.

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La escuela no es una tribuna

No hace falta discutir si Milei tiene razón o no en lo que piensa. El problema empieza mucho antes. Empieza cuando la escuela deja de ser escuela y pasa a ser púlpito o tribuna. Si el Presidente necesita hablar con alumnos sin prensa, sin teléfonos y sin registro público, la escena ya resulta extraña. El poder democrático no debería necesitar secretos frente a chicos para transmitir sus ideas.

Después está la cuestión religiosa. El Presidente puede creer lo que quiera. Puede estudiar la Torá, citarla, emocionarse con ella y orientar su vida personal según
sus convicciones. Pero el Estado no es rabínico, ni católico, ni ateo. Es laico. Cuando un presidente utiliza su investidura para presentar una cosmovisión religiosa o ideológica como fundamento moral ante menores, deja de estar simplemente compartiendo valores. Empieza a intentar reemplazar la diversidad de criterios por uno solo.
Y ahí aparece una palabra incómoda: adoctrinamiento.
Educar es ayudar a pensar. Adoctrinar es decir qué pensar.
No importa demasiado si la doctrina es liberal, socialista, nacionalista, religiosa o
revolucionaria. El mecanismo es el mismo. Por eso tampoco alcanza con responder que antes otros gobiernos hicieron cosas parecidas. Claro que las hicieron. Y también estaban mal. Si ayer se condenaba ese comportamiento y hoy se lo justifica porque cambió el signo político de quien lo practica, entonces nunca hubo un principio. Hubo conveniencia.

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Educar es incentivar el pensamiento propio
El episodio de los abucheos a los periodistas condensa bastante bien el problema. Alentar a chicos a hostigar a periodistas no es solamente una chicana. Es un mensaje: el que piensa distinto merece ser silbado. Y cuando ese mensaje proviene de la máxima autoridad del país y está dirigido a menores, el efecto no es menor.
Hay, además, una última cuestión. Si para que un Presidente dé una charla en una escuela hacen falta francotiradores, cientos de efectivos, restricciones extraordinarias y un dispositivo de seguridad capaz de alterar por completo la vida cotidiana del lugar, quizá haya que hacerse una pregunta bastante sencilla:¿era ese el ámbito adecuado? Si el temor obliga a blindar una escuela, tal vez la escuela no era el lugar. Todo esto, insisto, no depende del color político. Si lo
hizo Gildo Insfrán, estuvo mal. Si lo hizo el kirchnerismo, estuvo mal. Si lo hace Milei, está mal. La escuela no es una tribuna.

Pasaron más de sesenta años desde aquellos viajes en el tranvía 94. Pensé que habíamos aprendido algo sobre la importancia de formar ciudadanos libres y no devotos. Al ver lo que pasó en Yatay tuve la sensación de que, en algunos aspectos, no aprendimos tanto. O peor: que estamos olvidando que enseñar a un chico a pensar por sí mismo vale mucho más que conseguir que piense como nosotros.

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