La prensa ensobrada o el negocio de no tener que explicar nada

Desacreditar a la prensa antes de discutir lo que publica es una forma eficaz de blindar al poder. De los “medios concentrados” al “ensobrado”, el mecanismo cambió de palabras pero no de objetivo: que ya no importe si una información es cierta, sino quién la dice.

 

Hay una forma bastante eficaz de evitar una discusión: conseguir que el otro descarte los argumentos antes de escucharlos.

En la Argentina esto no lo inventó Milei. Durante el kirchnerismo ya se había desarrollado con bastante eficacia la idea de los “medios concentrados”: por pertenecer a determinados grupos empresarios o tener determinada posición política, lo que publicaban podía descartarse de antemano.

El problema no era cuestionar a Clarín, La Nación o cualquier otro medio. Los medios deben ser cuestionados. Los periodistas también. Nos equivocamos, tenemos posiciones, intereses, simpatías y antipatías. El problema empezó cuando se dejó de discutir qué decía una información para discutir quién la decía.

Una estupidez sigue siendo una estupidez aunque la diga alguien que piensa como uno. Y una verdad no deja de ser cierta porque la diga nuestro peor enemigo.

Horacio Verbitsky, sobre quien escribí un libro, fue a mi juicio uno de los periodistas que más contribuyó a instalar otra palabra muy útil: “operación”.

El mecanismo era sencillo. Supongamos que un periodista publicaba que Pepito había robado dinero de una caja del Estado. En lugar de discutir si Pepito había robado o no, aparecía otra explicación: la publicación era una “operación” destinada a perjudicarlo a él, al Gobierno o a determinado sector político.

Pero falta una pregunta elemental: ¿Pepito robó o no robó?

Después podremos averiguar quién dio la información, por qué, a quién beneficia y a quién perjudica. Todo eso puede ser interesante. Pero viene después.

Porque si Pepito efectivamente robó, antes de ser una operación es una noticia.

La utilización política de un hecho no convierte al hecho en falso. Este desplazamiento permite trasladar una discusión que debería desarrollarse sobre hechos y pruebas hacia las intenciones de quien los revela. Y las intenciones son bastante más cómodas de discutir.

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De la “operación” al “ensobrado”

Milei llevó ese procedimiento mucho más lejos y encontró una palabra todavía más eficaz: “ensobrado”.

Ya no hace falta demostrar que el periodista se equivocó. Mucho menos que mintió. Alcanza con explicar que cobra.

Y acá aparece uno de los disparates más curiosos de esta historia: la palabra “pauta” se convirtió prácticamente en sinónimo de corrupción.

Los medios viven de la pauta desde que existen medios sostenidos por publicidad. ¿De qué se supone que viven?

Un diario, una radio, un canal de televisión o un medio digital tienen empleados, infraestructura y gastos. Una parte del dinero puede provenir de suscripciones o venta de ejemplares. Otra parte enorme proviene históricamente de la publicidad: bancos, automóviles, supermercados, compañías aéreas, recitales. Y existe también la publicidad oficial.

La publicidad oficial tampoco es, por naturaleza, una coima. El Estado necesita anunciar campañas de vacunación, explicar dónde hacer un trámite, cuándo vence un impuesto o cómo acceder a un servicio. Para hacerlo compra espacios publicitarios.

Por supuesto que la pauta oficial puede utilizarse de manera corrupta. Un gobierno puede premiar amigos, castigar críticos o comprar voluntades. Eso hay que investigarlo.

Pero una cosa es denunciar el uso corrupto de la pauta y otra convertir la existencia de la pauta en evidencia de corrupción.

Sería como demostrar que el carnicero es un delincuente porque cobra la carne.

Sin embargo, “pautero” y “ensobrado” adquirieron tal eficacia que ya no describen necesariamente una conducta. Funcionan como una sentencia: cobra, por lo tanto miente.

La extraordinaria ventaja de no leer

Lo compruebo prácticamente todos los días.

Publico en Twitter o Facebook el título y el enlace a una nota. A los pocos segundos aparecen respuestas explicándome que es falsa, que estoy operando contra el Gobierno, que odio a Milei o que soy un ensobrado.

Hay un pequeño inconveniente: por la velocidad de la respuesta, es materialmente imposible que hayan leído la nota.

No conocen los documentos ni mis argumentos. Ni siquiera saben exactamente qué sostengo.

Pero ya saben que miento.

No pretendo que alguien me crea porque soy periodista. Todo lo contrario. Me gustaría que leyera lo que escribí, revisara los datos, buscara otras fuentes, leyera a alguien que sostenga lo contrario y después sacara su propia conclusión.

Eso es pensar.

Si publico, por ejemplo, una nota demostrando que determinada interpretación de la Biblia que hace Milei no se encuentra en el texto bíblico, nadie tiene obligación de creerme. Puede buscar la cita, consultar otras traducciones, preguntarle a un especialista y decidir si tengo razón o estoy diciendo una estupidez.

Pero si antes de abrir el enlace ya sabe que “Levinas es un ensobrado”, todo ese trabajo desaparece.

Y desaparece algo más importante que mi nota: el pensamiento propio.

Una herramienta para blindar al poder

La prensa ha sido históricamente uno de los mecanismos de control del poder. Por eso se la llamó cuarto poder.

Muchas veces se equivoca y algunos periodistas mienten. Existen periodistas corruptos como existen médicos, abogados, empresarios y funcionarios corruptos. Ninguna profesión tiene el monopolio de la honestidad.

Pero desacreditar preventivamente a todo el periodismo produce una ventaja política enorme.

Supongamos que consigo convencer a mis seguidores de que todos los periodistas que me cuestionan son mentirosos, operadores y ensobrados.

Mañana un periodista descubre que robé.

¿Qué necesito hacer?

Casi nada.

No tengo que demostrar que el documento es falso ni explicar de dónde salió el dinero. Me alcanza con decir: “Es otra operación de los ensobrados”.

Una parte de mis seguidores ni siquiera leerá la investigación.

El mecanismo es casi perfecto porque la defensa fue construida antes de que apareciera la acusación.

No se desacredita una noticia después de demostrar que es falsa. Se desacredita previamente a quienes algún día podrían publicar una noticia inconveniente.

Eso le proporciona al poder algo extremadamente valioso: impunidad frente a sus propios seguidores. No porque la información no exista, sino porque se consiguió que ellos no quieran verla.

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Nadie vive sin información

Pero una sociedad no puede vivir aislada de las noticias. Después de destruir la confianza en determinadas fuentes hay que llenar el vacío.

Y aparece el segundo movimiento: construir un aparato propio.

Periodistas, streamers, influencers, programas de televisión, radios y cuentas de redes sociales pasan a integrar un circuito al que sí se le concede credibilidad.

La consigna aparentemente era: no confíes en nadie.

Pero termina siendo: no confíes en nadie salvo en nosotros.

Los periodistas supuestamente independientes son “ensobrados” porque cobran pauta, mientras algunos de quienes los denuncian también pueden recibir publicidad, ganar mucho dinero o tener relaciones con el mismo poder que deberían controlar.

Sin embargo, sobre ellos ya no se aplica la misma pregunta.

No importa cuánto cobran, quién los financia o qué relación tienen con el Gobierno. Tampoco que hagan entrevistas donde prácticamente no existe una repregunta incómoda.

Son confiables porque pertenecen al grupo de los confiables.

Exactamente aquello que se denunciaba del otro lado.

No estoy diciendo que todo periodista favorable a Milei cobre del Gobierno ni que todo periodista opositor sea independiente. Sería cometer el mismo disparate que estoy criticando.

Estoy diciendo que el criterio debe ser el mismo para todos.

El problema tampoco es que existan periodistas oficialistas. Existieron siempre. El problema aparece cuando dejan de preguntar, contrastar y verificar para limitarse a repetir.

En ese momento el periodismo empieza a parecerse demasiado a un house organ del Gobierno de turno.

Y quienes consumen exclusivamente ese circuito se sienten perfectamente informados, pero reciben una sola versión de la realidad.

El negocio de no tener que explicar nada

El circuito entonces se completa.

Primero se desacredita a un conjunto de medios. Después se transforma su forma normal de financiamiento en evidencia de corrupción. Luego se reemplaza la discusión sobre la veracidad de una noticia por la denuncia de una “operación”. Más tarde se convierte al periodista que incomoda en “ensobrado”. Finalmente se construye un circuito propio cuya información ya no necesita ser sometida al mismo examen.

Así se consigue algo mucho más importante que imponer una mentira.

Se modifica el procedimiento mediante el cual una persona decide qué es verdad.

Ya no se pregunta: “¿Esto será cierto?”.

Se pregunta: “¿Quién lo dijo?”.

Si lo dijo uno de los nuestros, es cierto. Si lo dijo uno de ellos, es mentira.

La desconfianza no desapareció. Se volvió selectiva. Y la confianza tampoco desapareció: cambió de destinatario.

En ese momento la discusión pública deja de basarse en argumentos para convertirse en una cuestión de pertenencia.

Por eso el problema no es Milei, ni el kirchnerismo, ni Verbitsky, ni Clarín, ni La Nación, ni yo.

El problema es acostumbrarse a que la identidad del mensajero reemplace la comprobación del mensaje.

No quiero que nadie confíe en mí porque soy periodista. Tampoco que desconfíe de mí porque alguien decidió incluirme en una categoría.

Quiero algo bastante más trabajoso: que me lea.

Y después que lea al que dice exactamente lo contrario.

Que mire qué pruebas tenemos cada uno. Que compruebe los datos que pueda comprobar. Que detecte nuestras contradicciones. Que conozca nuestros intereses. Que dude de nosotros y también de quienes gobiernan.

Y después piense.

Porque quizás el mayor éxito de este mecanismo no sea conseguir que alguien crea una mentira determinada.

Es algo bastante más eficaz: conseguir que no lea al otro.

Cuando eso ocurre, ya no hace falta censurar a la prensa.

Alcanza con haber convencido a una parte de la sociedad de que no vale la pena leerla.

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