Sus opiniones sobre autopsias hundieron a inocentes en casos de todo el país, pero en el de Facundo Astudillo (un “Maldonado para Kicillof”) sumó funciones ajenas a la medicina. Un fiscal pide procesarla como cómplice de un famoso guía canino, plantador serial de pruebas.
Causas armadas sobran, pero pocas logran ser tan burdas como el caso “Facundo Astudillo”, una pócima de falsedades sin límite, sospechosamente toleradas por la justicia federal. Breve repaso de la historia: el 30 de abril de 2020, durante el aislamiento obligatorio por el coronavirus, Facundo Astudillo (22) salió a dedo por la desolada Ruta Nacional 3 desde su pueblo, Pedro Luro, con intenciones de llegar hasta Bahía Blanca. Antes de lograrlo, perdió contacto con su entorno y murió. El Estado empezó a buscarlo un mes más tarde, cuando la familia hizo la denuncia, y sus restos fueron encontrados en agosto. Estaban en el canal Cola de Ballena, partido de Villarino.
Poco después, un informe del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) fijó que Facundo se ahogó ahí mismo y descartó la intervención de terceros. Pero su madre y otros querellantes siguieron denunciando que la Policía lo había asesinado. Se basaron en dos peritos de parte: el instructor de canes Marcos Herrero y la médica legista Virginia Creimer. Seis años después, él tiene una condena por falso testimonio y ella acaba de recibir un pedido de procesamiento por el mismo presunto delito.
Creimer es una conocida médica legista y profesora universitaria de La Plata, militante peronista, feminista y de los derechos humanos. En el ámbito privado, montó hace años una consultora pericial que la gente o las instituciones contratan para dar vuelta los casos. En el caso Astudillo, su primer trabajo fue disentir con el informe oficial, que habían firmado peritos del EAAF y del Cuerpo Médico de la Corte Suprema (entre ellos, el médico Roberto Cohen, la odontóloga Marta Maldonado y el antropólogo Luis Fondebrider), e investigadores del Conicet. En una conferencia de prensa organizada por Amnistía Internacional Argentina, ella postuló otra teoría: torturas y homicidio. Y dio rienda suelta a una de las fábulas que suele usar en distintos casos.
“La hipótesis es un politraumatismo, que puede incluir un ‘submarino húmedo’ en el lugar —desarrolló la perito Creimer—, o un descarte en el agua, como hace la Policía Rosarina, que revienta a golpes a les pibes y les tira al Paraná, pero en este caso, cerca de Bahía Blanca”. En el mismo acto, descalificó en público a todos los demás forenses de la autopsia por haberle exigido que apoyara con bibliografía su posición científica.
La opinión de esta perito fue el marco para que los abogados querellantes Leandro Aparicio y Luciano Peretto largaran a la cancha a otro de sus peritos, Marcos Herrero, un expolicía rionegrino que vendía rastreos con canes capaces de dar vuelta los casos también. Con este personaje, amo de perros mucho más eficientes que los del Estado, los letrados exigieron y obtuvieron pesquisas en destacamentos policiales, patrulleros y rutas, entre 2020 y 2021. En esos procedimientos brotaron amuletos, dijes, huesos, pelos, sangre y una mochila, que calzaban como un guante en la teoría del homicidio, pero eran puras mentiras de Herrero, hoy apodado “el Peritrucho”, por haber desviado casos de todo el país, con consecuencias funestas
En 2025, mientras lo acorralaban fiscales de distintas provincias, Herrero afrontó un juicio en Bahía Blanca, por siete pericias que presentó durante el caso Astudillo. El juez federal Ernesto Sebastián lo condenó por falso testimonio agravado y reiterado, y marcó la “inusitada gravedad institucional” de su accionar.
El falso testimonio, en su caso, consiste en afirmar que los objetos aparecen por el olfato canino, cuando fueron plantados por humanos, para ser hallados por humanos. O sea, mentir.
En medio del juicio, que sólo tuvo en el banquillo al adiestrador, los reflectores se posaron sobre la médica, porque uno de esos peritajes caninos lo protagonizó ella misma. La mujer entró a un calabozo y encontró con sus manos el fragmento de un mineral, que se le atribuyó a Facundo y se presentó como prueba de su paso por una sede policial.
El fiscal federal Gabriel González Da Silva ordenó una investigación sobre su rol en las mentiras del adiestrador, causa que instruyó su colega Santiago Ulpiano Martínez.
“No soy geóloga, pero…”
El hecho ocurrió el 18 de febrero de 2021 en el destacamento policial de Teniente Origone, un pueblo rural a medio camino entre Pedro Luro y Bahía Blanca.
Creimer fue formalmente autorizada a participar y aquel caluroso jueves confluyó en Origone con Cristina Castro (madre de Astudillo); sus abogados y los de la Comisión por la Memoria de la provincia de Buenos Aires (institución querellante); Herrero y su perra Yatel; los fiscales Horacio Azzolin y Andrés Heim; y personal de la Dirección de Criminalística de Gendarmería.
La acción se centró en un calabozo abandonado, un habitáculo lleno de basura, tierra y un colchón, que ya había sido inspeccionado y que no estaba preservado. Creimer entró vestida con su guardapolvo blanco, mientras los gendarmes usaron los clásicos mamelucos Tyvek para trabajo forense.
Yatel comenzó a despedazar el colchón con ganas. Según Herrero, esto era porque detectaba “umbral de olor a Facundo”, aunque ya habían pasado casi diez meses de la muerte del joven. Para avanzar con el peritaje, sacaron el colchón, barrieron el calabozo, volcaron la basura en una plancha de papel madera e invitaron a Yatel a olfatearla, para ver si afinaba la puntería.
La perra pasó dos veces sin interés, y los gendarmes evaluaron concluida la pericia, pero Creimer y los abogados presionaron para repetirla. La desconfianza inundó el sórdido calabozo. “No es que quieren saber la verdad, quieren encontrar algo acá, como sea…”, murmuró un numerario. La fiscalía avaló una tercera pasada canina, y fue ahí que la médica hizo su anuncio.
“Yo no soy geóloga, pero…”, dijo, y exhibió un cuadradito negro diminuto: de un centímetro de lado y medio centímetro de espesor. “¡Es una turmalina!”, aseguró la madre de Facundo, en alusión a un dije que usaba su hijo.
La inspección terminó, Herrero afirmó en el acta que el hallazgo era resultado del olfato de Yatel, y los peritos comenzaron a fogonear la novedad en Instagram.
“Hasta la verdad. #Justicia por Facundo #Yatel”, escribió Herrero, a sangre fría, junto a una foto de la piedrita apoyada en un sobre oficial de Gendarmería que se usa para “Evidencia forense”; o sea, lista para ingresar al expediente.
La “Consultora Pericial de Ciencias Forenses”, la empresa de la perito, celebró la novedad por su cuenta: “Nuestra directora, la Dra. Virginia Creimer, fue parte de los hallazgos”, postearon.
La médica también habló por la radio militante FM De la Calle, donde relató que “los perros de Marcos” condujeron a la turmalina y otros elementos. “Encontramos muchísimas evidencias que nos llevan a pensar que Facundo estuvo acá, y que acá probablemente haya sido lastimado… Ya no es una hipótesis: es una mecánica del hecho de la participación de la Bonaerense en la muerte de Facundo”, aseguró.

La perito Virginia Creimer y Cristina Castro, madre de Facundo Astudillo, en Teniente Origone, después del “hallazgo” que hoy complica a la médica
El blanco era Alberto González, un teniente primero de la Bonaerense que identificó a Facundo en la desolada ruta del sur provincial aquel 30 de abril a la siesta, cuando las fuerzas de Seguridad debían impedir la circulación ciudadana por orden del Presidente. Sin nada, o mejor dicho, con cosas plantadas, la querella lo acusaba de secuestrarlo, torturarlo, incluso descuartizarlo y sumergirlo en cal o en ácido.
Con el tiempo se supo que la turmalina y demás “hallazgos” partían de un truco muy poco sofisticado: exigir una pericia de parte, plantar un objeto, fingir encontrarlo por una marcación canina y reconocerlo como de Facundo. Por este circuito, las “pruebas” llegaban a la causa. Sólo por un tiempo, ya que no pasaban ningún filtro científico (no encajaban ni con Facundo, ni con nada), pero lo suficiente para atizar la teoría del crimen estatal.
Un testimonio clave
El fiscal Ulpiano Martínez le requirió al juez federal Walter López Da Silva que procese a Creimer como “partícipe necesaria del falso testimonio cometido por Herrero” (ya confirmado por Casación), al entender que la afirmación falsa la cometió él, pero con el “aporte doloso, concreto y funcionalmente indispensable” de ella “integrado” al mecanismo de la mentira.
No la acusa de plantar la turmalina ella (la evidencia no le alcanza para eso), sino de hacerla aparecer, un paso clave para que la mentada “capacidad detectora” del can resultara creíble.
Indagada, Creimer afirmó que no estaba buscando nada en especial cuando dio con la turmalina. Sobre Herrero, sostuvo que lo conoció recién en Origone, y que antes del peritaje sólo le preguntó “dónde se formó” como adiestrador. También dijo que “no existen pruebas de delito” y que “esto es un peligroso agravio circense que los organismos de DDHH están observando con preocupación”.
El fiscal no cree en la versión del hallazgo casual y encuentra una sola explicación para la escena del calabozo: una simulación, acordada entre los peritos de parte “con un mismo fin delictivo”.
Sostiene que Creimer impulsó la repetición de la pericia sabiendo que la turmalina estaba plantada e “intervino deliberadamente en su localización, recuperación y presentación como evidencia de la presencia de Facundo Astudillo Castro en el sitio”.
Los testimonios de varios numerarios de la Gendarmería que presenciaron el procedimiento complicaron a la médica. Recordaron cuánto les llamó la atención que insistiera en repetir el pasaje de los perros, por ejemplo. Pero hay uno, sobre todo, que apuntala la acusación del fiscal, porque una efectiva sostuvo que, antes del hallazgo, Creimer le dijo que buscaba “la turma”.
“Durante el procedimiento, le pregunté si estábamos buscando algo en particular, porque ya habíamos documentado todo, inspeccionado todo, y ya me parecía muchísimo. A lo que me contestó que estábamos buscando ‘la turma’”, sostuvo la gendarme.
No está en duda que toda la inspección haya sido trucha, al igual que la propia turmalina (ni siquiera era del mismo color de la que usaba Facundo). Lo que se discute es si Creimer actuó con dolo, o si fue un inocente ímpetu justiciero el que llevó a sus manos a coincidir con la diminuta piedra plantada para la ocasión.
El juez López Da Silva, que resolverá si procesa a la perito platense, ya procesó por esto a Herrero. Además, es el juez que interviene en la llamada “causa principal”: la investigación de la muerte de Facundo propiamente dicha. O sea, el expediente afectado por este sistema de pericias truchas.

Marcos Herrero, plantador serial de pruebas, condenado
Un caso Maldonado en Bahía Blanca
En la opinión pública, en los medios, el caso Astudillo prosperó aún después de desmontado el caso Maldonado (2017), algo que sólo parece explicable por la grieta y la interna peronista (fue impulsado por organismos de derechos humanos).
“Algunos sectores hablaban de ‘tirarle un Maldonado’ a Axel Kicillof, pero en ese combo también entraban el Ministro Sergio Berni y el intendente de Villarino, Carlos Bevilacqua, que estaba enfrentado a los abogados de la querella, conocidos militantes radicales —dice el periodista bahiense Germán Sasso, autor del libro Operación Facundo—. Hay quienes sospechan que también hubo un fin económico detrás de esto; a esta altura no descarto nada”.
“Esto tuvo todas las características de las causas armadas con fines políticos y fue un desfile de personajes bizarros —resume Sasso—. Herrero quiso hacer pasar unos huesos de vaquillona como de Astudillo y tenía de socia a una clarividente que hablaba con los muertos. Y Virginia Creimer llegó a decir por TV, antes de ver el cadáver en la sala de autopsias, que podía haber sido sometido a un tratamiento con cal”.
En aquel vale todo mediático, la perito agregó que Villarino podía ser “una zona de descarte de personas ahorcadas con la toma de artes marciales Mata León, un modus operandi de la Bonaerense”, una especulación que Creimer ofrece (y teatraliza de pie con un lazo al cuello) en todo juicio contra policías. Nunca se comprueba, pero igual seduce a jueces y fiscales, que acusan y condenan policías abrazados a esa fábula.
El relato de la querella sobre Facundo incluyó ocultar el frágil cuadro anímico que atravesaba este joven en sus últimos tiempos y reemplazarlo por algo más útil para la teoría deseada: un activo militante social víctima de la Policía.
¿Quién financió esta operación? Según Creimer, cobró honorarios de Amnistía Internacional y viajó a Bahía en un auto provisto por la Comisión por la Memoria. ¿Y Herrero?
Otra pregunta obligada es sobre los fiscales federales designados al caso por el Procurador Eduardo Casal. ¿Por qué concedían pericias de olfato meses después de la muerte, y en sitios ya revisados, e incluso “sembrados” con amuletos truchos? Horacio Azzolín, Iara Silvestre y Andrés Heim incluso llegaron a recusar a la primera jueza, Gabriela Marrón, entre otras cosas por dudar del rigor científico de Herrero. En el mundo del revés, esta magistrada tuvo que dar explicaciones por sospechar de un perito tramposo que jugaba con un falso desaparecido.
Hoy, aunque la Justicia probó que este personaje actuaba al margen de la ciencia, y la ciencia probó que no hubo torturas ni homicidio, los mismos fiscales (salvo Heim, actual juez federal de Pehuajó, y agregando a Alberto Gentile) mantienen abierta esta causa.
El oscurísimo caso tiene aún más: el fallecimiento de Facundo no se inscribió en seis años. A finales de julio de 2026, el joven figuraba vivo y acumulaba infracciones electorales. Su certificado de defunción no había llegado a la causa judicial ni al Renaper ni al cementerio de Pedro Luro.
El destino reunió en Origone a dos legendarios peritos que tienen algo en común. Cada uno en su disciplina, han vendido un sistema propio, disruptivo. El “umbral de olor” (método que no conocen los expertos en odorología forense) se combina con “la energía” y detecta rastros que no encuentran los pobres perros del Estado. Y el “Protocolo Creimer” —bautizado así por la propia médica—, un enfoque ‘holístico’ para interpretar autopsias, descubre por todo el país marcas de tortura que ningún perito oficial ve.
En el caso Maldonado, los dos embarraron la cancha. Herrero plantó un collar que le hizo perder tiempo al juez, y Creimer, que no logró ser perito de parte del caso, igual opinó que el cuerpo tenía “todas las características” de haber sido “plantado”.
Pero los relatos de estos personajes causaron mucho más daño que el juego en la grieta. Ni el caso Maldonado ni el caso Astudillo terminaron con gente presa, pero en cárceles de Chaco, Buenos Aires y Santiago del Estero hubo y hay inocentes procesados y condenados (algunos a perpetua) sólo por las fábulas de estos “auxiliares de la Justicia”, una raza de peritos militantes que tienen “la posta” de todos los casos y siempre representan a “los buenos”. Herrero sigue libre, mientras la Corte Suprema trata un recurso que le presentó.
La bizarra trama urdida para “tirarles un Maldonado” a Kicillof y a Berni no se agotó en los peritos: también comenzaron a ser investigados tres testigos acercados al expediente en su momento por el abogado Luciano Peretto, que dijeron haber visto el secuestro de Astudillo. Esas versiones —falsas— tuvieron como efecto la recarátula de la causa como “desaparición forzada”, su migración desde la justicia ordinaria de Bahía Blanca al fuero federal —donde sospechosamente sigue abierta— y el agite del caso en el plano internacional para perjudicar al gobierno de la provincia. Pero la denuncia no la hizo la provincia, sino la abogada María Laura Bentivegna, representante del policía González, víctima de las truchadas.

Selfie de Virginia Creimer en el pueblo de Origone con el “peritrucho” Marcos Herrero (de rojo), los abogados querellantes, la madre de Facundo Astudillo y los fiscales federales. 18/2/2021



Emma Virginia Creimer, la reina del protocolo de Minnesota (según ella) experta en el armado de causas contra los uniformados, sean de las fuerzas que sean.
En “El caso Duffau”, se acusa a seis policías bonaerenses de torturas seguida de muerte (cinco ahora, porque uno se quito la vida), los cuales, EN DOS JUICIOS ORALES (2009 y 2013) se demuestra su inocencia y salen libres de culpa y cargo por una nimidad en dos juzgados distintos y en el año 2022 los detienen nuevamente por orden de dos jueces de Casación (amigos de dicha mujer)
Ella siempre está en el ojo de la tormenta, injuriando y repitiendo lo de la asfixia con una llave mata león. Dios quiera que algún día se haga justicia y esta señora pague por todo el daño que le ha hecho a personas inocentes y familiares.