Europa, cuando gobierna el miedo

Un error dejó al descubierto cómo el temor a personas vinculadas al extremismo puede condicionar a una candidata a gobernar Berlín. Las anotaciones privadas publicadas por *Der Spiegel revelan un problema que trasciende la política alemana: la influencia que el miedo puede ejercer sobre las democracias europeas.

 La democracia no sabe defenderse de quienes la destruyen

Las democracias tienen una debilidad que es, al mismo tiempo, una de sus mayores virtudes: permiten participar del juego político incluso a quienes no necesariamente están dispuestos a respetar sus reglas si alguna vez consiguen imponerse.

Esa contradicción adquiere características preocupantes cuando organizaciones vinculadas con el terrorismo encuentran en las libertades europeas oportunidades para consolidar su influencia, conseguir apoyos y condicionar decisiones políticas.

No necesitan conquistar el poder. A veces les alcanza con influir sobre quienes lo ejercen, conseguir que determinadas cuestiones dejen de discutirse, que ciertas denuncias no se formulen o que algunos dirigentes prefieran callarse.

Hamás y Hezbollah combinan estructuras políticas, redes sociales y actividad armada. Hamás gobierna de facto Gaza desde 2007, después de desplazar violentamente a Fatah. Hezbollah ha ejercido durante décadas una influencia determinante sobre la política libanesa, sostenida también por una estructura militar ajena al control efectivo del Estado.

Ninguna de estas organizaciones tiene como principio la democracia liberal, con su alternancia política, libertades individuales e igualdad de derechos. Sin embargo, sus simpatizantes pueden aprovechar esas mismas libertades en los países europeos.

Aliados que saben y aliados que ayudan sin saber

No todos quienes terminan favoreciendo los objetivos de organizaciones extremistas comparten necesariamente sus ideas.

Hay aliados conscientes, que conocen perfectamente a quiénes apoyan. Pero también existen aliados involuntarios, personas movidas por convicciones humanitarias o causas que consideran justas, sin advertir que algunas de sus acciones pueden ser aprovechadas por organizaciones cuyos objetivos son completamente diferentes.

Defender los derechos de los palestinos no implica respaldar a Hamás. Pero eso no impide que esa organización intente aprovechar determinadas movilizaciones para obtener legitimidad y ampliar su influencia.

Algo semejante puede ocurrir con la inmigración. El derecho al asilo y la protección de quienes escapan de guerras o persecuciones son principios democráticos. El problema aparece cuando redes extremistas intentan utilizarlos para desarrollar estructuras de reclutamiento o presión política. Confundir a los inmigrantes con esas organizaciones sería tan equivocado como ignorar que estas pueden intentar instrumentalizar los movimientos migratorios.

Rusia no le hace asco al terrorismo para debilitar Europa

La Unión Europea ha denunciado reiteradamente operaciones rusas de desinformación, interferencia electoral y sabotaje destinadas a debilitar sus instituciones y profundizar las divisiones internas.

No hace falta que exista una coordinación entre Rusia y cada organización extremista para advertir que el debilitamiento de las democracias europeas puede servir a intereses muy diferentes, incluso cuando no comparten una ideología.

 Cuando el miedo se convierte en mordaza

En este contexto adquiere especial interés lo ocurrido en Berlín.

Elif Eralp, dirigente de La Izquierda (Die Linke), aspira a convertirse en alcaldesa gobernante de la capital alemana. Su partido obtuvo el 25,7% de los votos en las elecciones regionales del 20 de septiembre de 2026 y busca formar una coalición con socialdemócratas y verdes.

El 29 de octubre, la revista Der Spiegel publicó una investigación sobre una entrevista que Eralp había concedido días antes.

Cuando su equipo devolvió el texto revisado, olvidó borrar comentarios internos que no estaban destinados a los periodistas. En ellos, la candidata reconocía que tanto ella como su marido tenían miedo de personas vinculadas al entorno de Hamás.

La preocupación había surgido por una pregunta sobre Ibrahim Ibrahim, un activista propalestino que había participado en la celebración electoral de La Izquierda en Neukölln.

Medios alemanes lo han vinculado con el entorno del Frente Popular para la Liberación de Palestina, organización considerada terrorista por la Unión Europea.

Eralp había solicitado eliminar de la entrevista tanto la pregunta como su respuesta.

Elif Eralp

 Un error que aclara

En una de las anotaciones escribió, refiriéndose a su marido y a sí misma: «Él tiene miedo de esa gente y yo también».

En otra justificó la eliminación de la pregunta: «No puedo ponernos en peligro a mí y a mi familia por Der Spiegel».

Y llegó a plantear: «¿Qué hacemos ahora? ¿Podemos cancelar toda la entrevista?».

Explicó también que la Oficina Estatal de Investigación Criminal de Berlín le había recomendado anteriormente no mencionar nombres concretos, aunque aquella recomendación estaba relacionada con la delincuencia organizada.

«Ahora se trata de gente con contactos con Hamás», señaló.

La candidata no estaba simplemente corrigiendo una declaración inconveniente. Consideraba retirar una entrevista porque temía las consecuencias de mencionar a determinadas personas.

La explicación aclaró más de lo que intentaba

Su portavoz aseguró posteriormente que Eralp llevaba meses recibiendo amenazas, insultos y hostigamiento.

Sin embargo, no se han difundido pruebas que permitan establecer que Ibrahim Ibrahim o las personas concretas a las que teme hayan sido responsables de esas amenazas.

No sabemos cuánto de su temor responde a peligros reales, cuánto a información que no se hizo pública y cuánto a una percepción personal.

Pero la cuestión más interesante es otra.

Cuando los conocidos utilizan el anonimato

Eralp decidió presentarse para gobernar una ciudad de millones de habitantes, con importantes conflictos políticos, sociales y de seguridad.

Naturalmente, tiene derecho a protegerse y proteger a su familia. Nadie puede exigirle que no tenga miedo. Pero gobernar exige capacidad para actuar frente a presiones y amenazas, incluso cuando existen.

Un dirigente puede tener miedo. Lo que no debería ocurrir es que ese miedo determine qué temas pueden discutirse, qué personas pueden mencionarse o qué conflictos deben evitarse.

Y aquí aparece algo que merece atención: la candidata solicitó eliminar una pregunta sobre una persona que había participado en la celebración electoral de su propio partido.

Uno de los mecanismos más eficaces de intimidación no necesita una amenaza explícita. A veces alcanza con generar un ambiente en el que las personas comienzan a modificar su comportamiento por temor a las consecuencias.

Cuando eso sucede, el silencio puede convertirse en una forma de influencia.

El periodismo, el límite a la confidencialidad

La decisión de Der Spiegel también abrió una discusión ética.

La revista recibió accidentalmente comentarios privados y decidió publicarlos, aunque la candidata nunca había autorizado su difusión.

En otras circunstancias, divulgar ese material podría considerarse una vulneración de la confidencialidad. Pero aquí revelaba algo de indudable interés público: una dirigente que aspiraba a gobernar Berlín estaba evitando pronunciarse sobre determinadas personas por temor a represalias.

Se podrá discutir si correspondía publicar esas anotaciones y bajo qué condiciones. Pero una cosa es discutir el procedimiento utilizado para obtener la información y otra su importancia.

Lo publicado no demuestra que Ibrahim Ibrahim haya amenazado a Eralp. Sí revela que una candidata modificó su comportamiento público por miedo a las consecuencias de hablar de determinadas personas vinculadas al entorno político de su partido.

Elif Eralp

Berlín busca gobierno mientras el miedo ensombrece

El problema que deja planteado este episodio no depende de que Eralp llegue o no a gobernar Berlín.

Europa enfrenta el desafío de garantizar sus libertades sin permitir que sean utilizadas para destruirlas o limitar el debate público.

En esa disputa intervienen organizaciones extremistas, estructuras políticas, redes de propaganda, gobiernos extranjeros y también personas que, sin compartir los objetivos de los primeros, pueden contribuir involuntariamente a fortalecerlos.

Quizás lo más inquietante del episodio berlinés no sea que una candidata tenga miedo, sino que ese miedo haya llegado a influir sobre lo que estaba dispuesta a decir públicamente.

Porque cuando una democracia empieza a organizar sus silencios alrededor de aquello que determinados grupos podrían hacer, el problema deja de pertenecer exclusivamente a quienes tienen miedo.

Empieza a pertenecer a toda la sociedad.

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