Un diapasón en la guerra de Gaza

-Nota publicada con la gentileza de Perfil –

El 7 de octubre explica la guerra, pero no puede justificarla para siempre. Casi tres años después, Israel también debe preguntarse hasta dónde puede llegar sin transgredir sus propios límites.

No necesito llamar genocidio a lo que ocurre en Gaza para considerarlo moralmente difícil de digerir. Me importa poco cómo lo bauticen los expertos; no necesito esa palabra para saber que algo se está yendo al diablo.
Hamas cometió una masacre brutal el 7 de octubre de 2023. Israel tenía derecho a defenderse, perseguir a los responsables y destruir su capacidad de repetir un ataque semejante. En un país de su tamaño, donde una penetración relativamente pequeña puede volverse una amenaza enorme, no está en discusión.
Antes del 7 de octubre hubo señales. El Shin Bet reconoció después que las ignoró y subestimó las intenciones de Hamas, y que, de haber actuado de otro modo antes y durante la noche del ataque, la masacre podría haberse evitado. No está probado que Netanyahu conociera de antemano la fecha, la modalidad o la dimensión exacta. No escuchó las alarmas.
Tampoco quiero olvidar esto: para muchos soldados el camino hacia Gaza empezó en una base limpia y ordenada. Horas después atravesaron un sur devastado: kibutzim atacados, casas humeantes y agujereadas, autos abandonados, caminos por los que había huido gente que no siempre se salvó, comunidades enteras masacradas, los alrededores del festival Nova, la ruta 232, cuerpos, familias destruidas, rehenes arrancados de sus casas y testimonios de atrocidades que iban confirmando la magnitud de lo ocurrido.
Lo comprobado alcanza. No puedo juzgar desde mi casa la presión psicológica de un militar —de cualquier edad o rango— que marcha a la guerra después de cruzar ese paisaje. No sé qué pasaba por la cabeza de cada uno, pero no me cuesta imaginar miedo, bronca, impotencia, furia, dolor y deseo de venganza. No me siento con derecho a explicarle, a miles de kilómetros y casi tres años después, cómo tendría que haberse sentido.

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Sur de Israel el 7 de octubre de 2023

La guerra no comenzó en Gaza
Es muy difícil exigirle templanza a un joven que entra en combate después de eso. Hay que reconocerlo; si no, el argumento se vuelve falso: parecería que la guerra empezó cuando Israel cruzó la frontera. Empezó el 7 de octubre, con civiles secuestrados, violados y asesinados y una sociedad golpeada. Eso no desaparece porque después hayan ocurrido otras cosas terribles.
Entender lo que le pasa a un soldado no obliga a justificar lo que hace. Puedo comprender la furia de los primeros días sin convertirla en autorización ilimitada ni en el criterio de una guerra. Las primeras horas, días o semanas eran de enorme incertidumbre: capacidad del enemigo, ubicación de los rehenes, hombres movilizables, túneles, posibilidad de otra penetración. Otra cosa es después de meses y años de combate, con infraestructura de Gaza destruida e información que al principio no existía.
Hoy, a fines de septiembre de 2026, esta guerra no puede pensarse eternamente como la mañana siguiente a la masacre. Tal vez fuera difícil pedirle templanza al soldado de octubre de 2023; pero casi tres años después si puede exigírsele a un Estado. Un Estado no puede actuar de modo permanente como quien acaba de encontrar muertos a sus vecinos. Tiene generales, inteligencia, tecnología, asesores, tiempo e instituciones cuya función es impedir que la bronca lidere la acción.

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La ciudad de Dresde tras el bombardeo de 1945

No discuto el derecho de Israel a defenderse. Discuto hasta dónde puede llegar en nombre de ese derecho. Ese derecho no vuelve aceptable cualquier grado de destrucción ni cualquier sufrimiento civil innecesario. Recalco “innecesario”: no hay guerra sin sufrimiento, ni guerra limpia, ni operación de esta magnitud en la que solo mueran los culpables.
La pregunta no es si hubo sufrimiento civil, sino cuánto de ese sufrimiento era evitable. A partir de cierto momento Israel podía tomarse más tiempo, apoyarse más en inteligencia, operar de forma más selectiva, perseguir a quienes seguían siendo una amenaza, impedir que Hamas reconstruyera su capacidad y seguir combatiendo. No dejar a Hamas tranquilo: ir a buscar a los responsables sin convertir a toda Gaza en sinónimo de Hamas.
Cuando veo las imágenes de la destrucción casi total de edificios y casas en Gaza, la única que se parece es Dresde bombardeada en febrero de 1945. No es una analogía política. Pienso en la intensidad de la destrucción.
El daño está a la vista. La pregunta no es antiisraelí ni ingenua, ni necesita de la palabra genocidio: ¿hasta dónde puede llegar el daño sobre quienes no participaron del ataque antes de que la propia defensa pierda sus límites?
Defender a Israel no es justificar todo lo que haga su gobierno. Son dos cosas distintas. Los dirigentes israelíes deberían recordar algo que los judíos conocemos demasiado bien: muchas veces no se nos concede el mismo derecho a equivocarnos que a los demás.

El libro hay que leerlo entero
Como judío, esto me toca especialmente. Para quien cree en ella, la Biblia debería funcionar como un diapasón: no toca una sonata, no compone ni indica qué obra interpretar. Da el tono, la nota de referencia. Los músicos afinan con él; después cada instrumento toca lo suyo, pero conserva esa referencia. El diapasón no dice qué música tocar; dice cuándo te estás yendo de tono.
Con la ética ocurre lo mismo: no indica dónde poner un tanque, qué edificio atacar ni cómo rescatar un rehén. No es un manual militar. Marca una referencia de la que uno no debería alejarse solo porque en ese momento resulta difícil conservarla.
La Biblia no es un libro cómodo. En 1 Samuel 15:3, la orden atribuida a Dios contra Amalec es destruirlo todo y matar hombres, mujeres, niños y lactantes, además del ganado. No tiene sentido esconderlo. El mismo Tanaj dice: “Si tu enemigo tiene hambre, dale pan; si tiene sed, dale agua” (Proverbios 25:21). La tradición judía desarrolla después el principio de bal tashjit: no destruir por destruir.
Sería ridículo convertir el Tanaj en un manual de operaciones. Pero si se lo invoca como autoridad moral, no puede citarse solo lo que conviene. No puede funcionar como menú a la carta. Si se lo usa cuando da la razón, hay que escucharlo también cuando contradice.
Netanyahu usa kipá, invoca la tradición judía y gobierna con apoyo de partidos religiosos; está en su derecho. Entonces el libro viene entero.
Los instrumentos se desafinan. Cuando eso ocurre no se tira el instrumento: se vuelve al diapasón y se corrige. Una sociedad, un ejército o un gobierno también pueden desafinarse. Pocos momentos lo facilitan tanto como una guerra: muertos propios, miedo, dolor, bronca, recuerdos imborrables, deseo de venganza. Ahí es cuando más hace falta el diapasón; no en la calma ni en la conversación filosófica, sino cuando se está matando gente.

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Diapasón

Volver al diapasón
Si hay un momento donde conviene llevarlo en el bolsillo, es una guerra: precisamente cuando más razones hay para perder el tono es cuando más se necesita recordar cuál era. Si nos alejamos demasiado, será muy difícil regresar.
Quiero que Hamas no recupere la capacidad de repetir el 7 de octubre, que quienes participaron respondan por lo que hicieron, y que Israel exista sin que sus habitantes teman otra mañana así. No confundo esta crítica con el olvido de lo que pasó. No lo olvido.
No tengo una solución militar. Vivo a doce mil kilómetros y no hice el servicio militar; sería presuntuoso decir cómo conducir una guerra. Sí me reservo el derecho a señalar un desajuste moral y un umbral que no debería cruzarse.
Justamente porque no olvido lo que hizo Hamas, no quiero que la conducta israelí tenga el más mínimo parecido con la de ellos. Israel tiene que medirse con otra vara: la suya, la que dice defender, la que invoca, la que sostiene desde hace miles de años.
Si después de casi tres años se sigue actuando con la furia del primer día, antes de seguir discutiendo quién tiene razón quizá baste algo más simple: sacar otra vez ese instrumento, hacerlo sonar y preguntarnos si todavía estamos afinados.

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