Frida: entre el arte y el merchandising

La muestra anunciada en el Malba parece confirmar una sospecha incómoda: alrededor de Frida Kahlo, el personaje, el sufrimiento y el culto terminaron ocupando tanto espacio que ya casi impiden medir su verdadera importancia como pintora.

La biografía no es un color

Hay días en que la realidad te ahorra el trabajo.
Hace pocos días publiqué en Infobae una nota en la que sostengo que, en el caso de Frida Kahlo, la inflación del personaje terminó superando a la pintora; que la biografía barnizó la obra hasta volver difícil saber dónde termina una y empieza la otra. (https://www.infobae.com/opinion/2026/09/09/frida-kahlo-cuando-la-biografia-barniza-el-cuadro/)
Y ahora me entero de que llega una exposición al Malba que parece organizada especialmente para darme la razón.
Vestidos, corsés, accesorios, fotografías, prótesis, moda. Y hasta un altar con velas para idolatrarla.
Perfecto.
A nadie se le ocurriría organizar una gran exposición sobre Picasso alrededor de sus calzoncillos, sus saltos de cama o sus trajes de baño. Seguramente los tuvo. Incluso es posible que fueran interesantes. Picasso era Picasso. Pero si uno entra a una muestra suya espera encontrarse con sus obras. Los calzoncillos, en principio, pueden esperar.
Con Frida ocurre algo distinto. Cada vez más, vamos a ver a Frida antes que a ver los cuadros de Frida.
Y ése es precisamente el fenómeno.
No estoy diciendo que sus objetos personales carezcan de interés. Una prótesis puede contar muchísimo sobre su sufrimiento. Un corsé puede ayudarnos a comprender las condiciones físicas en las que pintaba. Un vestido puede hablar de su identidad, de su relación con México, de la construcción consciente de su propia imagen.
Pero ninguna de esas cosas mejora un cuadro.
Lo explica.
Que es otra cosa.

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Primera en categoría mujeres

Elina Costantini, una de las impulsoras de la muestra, dice que Frida “se convirtió en un ícono mundial y en la artista mujer más importante del mundo”.
La primera mitad de la frase es indiscutible.
Frida es un ícono mundial. Quizás uno de los más eficaces que produjo el siglo XX. Está en remeras, carteras, tazas, pósters, tatuajes. Sobrevivió incluso a la prueba definitiva del capitalismo contemporáneo: conseguir que una comunista se convierta en una marca.
Pero de ahí a considerarla “la artista mujer más importante del mundo” hay un trecho considerable.
Para sentarla en semejante trono primero habría que desalojar a unas cuantas.
A Sofonisba Anguissola. A Artemisia Gentileschi. A Judith Leyster, cuyos cuadros durante años fueron atribuidos a Frans Hals. A Berthe Morisot. A Mary Cassatt. A Georgia O’Keeffe. A Hilma af Klint. A Leonora Carrington. A Tarsila do Amaral. A Sonia Delaunay. A Käthe Kollwitz. A Louise Bourgeois. A Lygia Clark. Y, si queremos acercarnos un poco a casa, a Raquel Forner o Aída Carballo.
Pero, a diferencia de Artemisia Gentileschi, Hilma af Klint, Georgia O’Keeffe o Berthe Morisot, por nombrar apenas algunas, Kahlo es imprescindible por lo que dice y por cómo se convierte a sí misma en tema; no por haber llevado más lejos el oficio, el lenguaje o la gramática de la pintura.
No hace falta resolver cuál de todas fue “la más importante”, una competencia bastante idiota de por sí. Alcanza con recordar que la historia del arte es algo más larga que una vidriera de moda.
Porque ahí aparece otro problema interesante.
Si el centro de la operación es el vestido, la construcción del personaje, la moda, los accesorios, la imagen pública y la capacidad de convertirse en objeto de consumo, entonces quizás Frida sea efectivamente formidable.
Pero en ese campeonato habría que enfrentarla con Coco Chanel.
Si estamos hablando de pintura, la discusión es otra.

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Como en el polo

Frida sufrió de una manera espantosa. Tuvo un accidente devastador, soportó operaciones, dolores, inmovilizaciones, amputaciones. Pintar en esas condiciones habla de una voluntad extraordinaria y de una personalidad capaz de sobreponerse a cosas frente a las cuales muchos hubieran abandonado todo.
Eso merece respeto.
Pero el respeto por el sufrimiento no puede transformarse en una categoría estética.
El sufrimiento puede ser el motor de una obra. Puede nutrirla. Puede explicarla. Puede permitirnos comprender de dónde salió una determinada imagen.
Lo que no puede hacer es volver mejor una pintura.
En el polo existe el hándicap. En el golf también. Al que juega en condiciones desiguales se le corrige la ventaja.
En pintura, no.
Al final del camino queda la tela.
Y la tela se defiende sola.
Por el camino inverso, Picasso maltrató cruelmente a sus parejas y a sus hijos. Fue un verdadero monstruo en su vida privada. ¿Sus pinturas son peores por eso? ¿Hay que descontarles puntos al mirarlas?
Por eso esta muestra me resulta tan interesante. No porque refute lo que escribí sobre Frida Kahlo, sino porque lo confirma de una manera que yo jamás hubiera podido imaginar cuando escribía aquella nota.
Ni siquiera sabía que la exposición venía.
A veces uno formula una hipótesis y después aparecen los hechos.
Esta vez aparecieron vestidos, corsés, una prótesis y hasta un altar con velas, como si estuviéramos frente al Gauchito Gil.

Más colaboración no podía pedir.

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