Nota publicada con la gentileza de Perfil
A mil días de la llegada de Javier Milei a la Rosada, PERFIL ofrece las miradas de reconocidos políticos, periodistas, historiadores y analistas que recorren precisamente en mil palabras un gobierno que alteró el mapa político, puso en discusión viejas certezas y profundizó otras fracturas.
Cuenta la tradición que a Hillel le pidieron que resumiera toda la Torá mientras su interlocutor pudiera mantenerse parado sobre un solo pie. Hillel respondió: “Lo que es odioso para ti, no se lo hagas a tu prójimo. Ésta es toda la Torá; el resto es comentario. Ve y estudia”.
Rabí Akiva dijo algo parecido: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” era, para él, el gran principio de la Torá.
No parece demasiado complicado.
El otro existe.
Conviene empezar por ahí para hablar de los primeros mil días de Javier Milei. El Presidente utiliza con frecuencia la Biblia, la Torá y la tradición judía para explicar su concepción de la libertad, la economía y hasta el orden moral. Tiene derecho. Lo extraño es que, después de tanta Torá, se le haya perdido precisamente el prójimo.
No un versículo marginal.
Es el asunto central.
Milei encuentra en la tradición judía la propiedad, la responsabilidad individual y la libertad. Todo aquello que pueda sentarse cómodamente a conversar con Mises, Hayek o Rothbard aparece enseguida. Cuesta un poco más encontrar en su lectura al pobre, al extranjero, a la viuda, al huérfano, al endeudado, las obligaciones hacia quien tiene menos y los límites impuestos al acreedor.
No hace falta falsificar un libro para tergiversarlo.
Alcanza con arrancarle las páginas molestas.
Y acaso ése sea uno de los mecanismos más constantes del pensamiento de Milei: elegir una parte verdadera y presentarla como el todo.
Con la economía ocurre lo mismo.
La inflación bajó. Negarlo sería hacer exactamente lo mismo que él: elegir solamente los datos que convienen.
Pero una economía no es un índice.
También son salarios, jubilaciones, consumo, actividad, empleo, empresas que cierran, familias endeudadas y personas que usan la tarjeta de crédito no para comprarse un televisor sino para llegar al día 30.
Hay una economía que se anuncia y otra que se vive.
En una aparecen equilibrio fiscal, inversiones, recuperación y prosperidad futura. En la otra, gente que compara precios de fideos en el supermercado.
Las dos pueden existir al mismo tiempo.
El problema aparece cuando una pretende demostrar que la otra no existe.
Con la libertad pasa algo todavía más curioso.
Milei grita “¡Viva la libertad, carajo!” con una frecuencia suficiente como para que nadie olvide el asunto. Pero cada vez que alguien ejerce la libertad de pensar distinto, empieza el repertorio.
Periodistas, economistas, artistas, legisladores, gobernadores o ciudadanos se convierten rápidamente en comunistas, socialistas, mandriles, ensobrados, degenerados fiscales o integrantes de alguna casta todavía en proceso de catalogación.
Es una libertad muy generosa para pensar como Milei y bastante menos hospitalaria cuando uno decide pensar solo.
Y ahí aparece algo que la sola investidura presidencial debería resolver.
Milei no es presidente de quienes lo votaron. Es Presidente de la Nación.
También de quienes lo detestan.
Aceptar ese cargo significa aceptar límites. Un presidente no puede conducirse como un usuario exaltado de una red social porque sus palabras ya no son solamente suyas.
Representa al Estado.
Se dice que son formas.
Como si las formas presidenciales fueran una cuestión de cubiertos.
No.
En un presidente, las formas son parte del fondo.
Cuando viaja a Brasil y agrede al presidente del país, la cuestión no es si Lula le resulta simpático. Puede detestarlo. Puede borrarlo de WhatsApp. Puede no invitarlo a cenar nunca.
Pero Brasil es un socio comercial central de la Argentina.
La diplomacia fue inventada, entre otras cosas, para que los intereses de millones de personas no dependan de las simpatías personales de dos señores.
Lo mismo ocurre con la empatía.
Un presidente puede creer necesario un ajuste. Puede sostener que el sufrimiento de hoy evitará uno mayor mañana. Puede incluso tener razón.
Lo que no debería perder es la capacidad de advertir que hay sufrimiento.
Detrás de una jubilación que no alcanza, una pensión, un salario deteriorado o un trabajo perdido hay personas.
Otra vez Hillel.
Otra vez Akiva.
Otra vez el prójimo que desaparece misteriosamente cuando la Torá llega a la Secretaría de Hacienda.
Y después está el periodismo.
La ofensiva permanente contra “los periodistas” no es simplemente una mala relación con la prensa. Es bastante más útil que eso.
Si todos los periodistas son ensobrados, pauteros, corruptos y mentirosos, entonces cuando aparezca una investigación incómoda ya no hará falta desmentirla.
Alcanza con descalificar a quien la publicó.
Es un sistema eficiente: se desacredita al mensajero antes de que llegue el mensaje.
Y así se debilita uno de los mecanismos más importantes que tiene una sociedad para controlar al poder.
También las categorías políticas sufren este procedimiento.
Para Milei, las diferencias históricas parecen bastante menos importantes que la utilidad del insulto. Un marxista, un socialdemócrata europeo, un demócrata norteamericano, un radical, un peronista o un liberal moderado pueden terminar, según el momento, dentro de una misma bolsa: comunistas.
Da lo mismo si unos defienden la propiedad privada, la economía de mercado y la democracia liberal, y otros proponen abolir el capitalismo. La precisión conceptual se vuelve un lujo innecesario.
La socialdemocracia y el Partido Demócrata de los Estados Unidos pueden quedar así convertidos en variantes del comunismo con una facilidad que habría sorprendido bastante a Marx, a Lenin y probablemente también a los propios demócratas norteamericanos.
Socialismo, comunismo, izquierda, colectivismo y casta terminan funcionando como palabras intercambiables para designar aquello que molesta.
Entonces las categorías dejan de servir para comprender.
Sirven para clasificar enemigos.
Mil días después, quizás el problema más interesante de Milei no esté solamente en sus aciertos o sus errores.
Está en el método.
Una economía verdadera a la que le faltan algunos números.
Una Torá verdadera a la que le faltan algunas páginas.
Una libertad verdadera mientras no la ejerza el adversario.
Una clasificación política verdadera siempre que uno no conozca demasiado de política.
No siempre hace falta mentir.
A veces basta con amputar la realidad y exhibir el pedazo elegido como si fuera el cuerpo entero.
Y después gritar:
¡Viva la libertad, carajo!



