¿Por qué borrar California para homenajear a Cabezas?

 La Legislatura porteña avanza con un proyecto para cambiar el nombre de la calle California por el de José Luis Cabezas. Nadie discute que Cabezas merece ser homenajeado. La pregunta es otra: ¿para hacerlo es necesario borrar un nombre que tiene 170 años, forma parte de la historia de Barracas y La Boca y que los vecinos quieren conservar?

Hace unas semanas, el multimedios Perfil presentó en la Legislatura porteña un proyecto para cambiar el nombre de la calle California, que atraviesa Barracas y La Boca, por el de José Luis Cabezas.

El proyecto ya fue aprobado en primera lectura. Pero en la audiencia pública encontró una fuerte oposición de los vecinos, que también comenzaron a juntar firmas para impedir el cambio.

El problema no es Cabezas.

Nadie discute que el fotógrafo asesinado en 1997 merece un homenaje.

El problema es otro: ¿por qué para homenajear a alguien hay que borrar una parte de la memoria de otros?

 

Una calle con 170 años de historia

California no es un nombre reciente ni fue colocado por algún funcionario. Nació hace aproximadamente 170 años por iniciativa de los propios vecinos.

Según la historia que se conserva en el barrio, unos obreros encontraron monedas enterradas mientras trabajaban en esa calle y relacionaron el hallazgo con la famosa “fiebre del oro” de California.

Con el tiempo, California dejó de ser la referencia a un lugar remoto para convertirse simplemente en la calle California, parte de la identidad de generaciones de vecinos de Barracas y La Boca.

Ese es precisamente el sentido de la toponimia.

Los nombres de las calles dejan de significar solamente aquello que los originó. Se transforman en referencias afectivas, históricas y culturales de quienes viven allí.

La calle donde uno nació, donde vivieron sus padres o donde pasó buena parte de su vida no es simplemente una dirección postal.

Es parte de su historia.

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Un proyecto hecho sin los vecinos

Una de las principales objeciones al proyecto es la manera en que fue impulsado. Los vecinos sostienen que nadie los consultó antes de proponer el cambio. Tampoco se consultó inicialmente a la Junta Comunal de la Comuna 4, que luego, junto con el Consejo Consultivo, apoyó por unanimidad el reclamo para conservar el nombre California.

Y esto no es un detalle.

Cuando se modifica un elemento que forma parte de la identidad de un barrio, quienes viven allí deberían ser, como mínimo, escuchados.

La memoria de una ciudad no debería organizarse exclusivamente desde una oficina.

 

¿Qué quiere Perfil?

Durante la audiencia pública del 14 de julio, Rodrigo Lloret, director de Perfil, explicó con bastante claridad el motivo de la propuesta.

Dijo que quienes trabajan en Perfil quieren sentir que José Luis Cabezas está presente y que le gustaría poder decirle a una persona convocada a una entrevista que se dirija a la “calle José Luis Cabezas”.

El deseo puede ser comprensible.

Pero quizás la solución esté en otro lado.

Perfil y la Universidad del Sur de Buenos Aires podrían poner el nombre de José Luis Cabezas a su edificio, a un auditorio, a su sede o incluso incorporarlo a la denominación de la universidad.

De esa manera Cabezas estaría efectivamente presente todos los días: en la cartelería, las publicaciones, las redes, los actos académicos y la vida cotidiana de la institución.

Y no sería necesario quitarle nada a nadie.

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Umberto Eco y el problema de poner nombres

Umberto Eco decía algo provocador sobre esta costumbre de poner nombres de personas a las calles: muchas veces es una manera bastante eficaz de condenarlas al olvido.

Con los años, el personaje desaparece y queda solamente el nombre.

¿Cuántas personas que caminan todos los días por una calle saben realmente quién fue el hombre o la mujer que le dio su nombre?

La observación de Eco sirve también para este caso.

Dentro de algunas décadas, “José Luis Cabezas” podría dejar de remitir al fotógrafo y convertirse simplemente en una dirección.

Quizás haya mejores maneras de conservar su memoria.

 

California no homenajea a Estados Unidos

También circuló dentro de la discusión la idea de que el nombre California tendría un supuesto sesgo histórico por tratarse de un estado norteamericano.

El argumento es bastante débil.

El nombre surgió por la asociación popular con la fiebre del oro y no como homenaje político a los Estados Unidos.

Pero además entrar en ese terreno abre una discusión bastante absurda.

Buenos Aires está llena de calles llamadas Brasil, Cuba, Honduras, Austria, Estonia, Formosa o Bruselas. También tenemos calles con nombres de animales, árboles, ríos, regimientos, objetos y lugares.

¿Alguien propondría cambiarle el nombre a la avenida Corrientes porque no lleva el nombre de una persona?

¿Dónde terminaría esa lógica?

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California y Salom 

Los nombres también son patrimonio

La discusión importante está en otro lado.

La toponimia histórica forma parte del patrimonio inmaterial de una ciudad.

Los nombres ayudan a construir identidad y permiten que una comunidad conserve rastros de quienes estuvieron antes.

Cambiar arbitrariamente esos nombres puede producir una especie de amnesia urbana.

Una ciudad no es solamente sus edificios.

También es la acumulación de historias, recuerdos, nombres y costumbres que atraviesan generaciones.

Por eso borrar un nombre histórico no debería ser una decisión liviana.

 

Homenajear sin borrar

Quizás todo este conflicto tenga una solución bastante sencilla.

Mantener California y encontrar un lugar adecuado para que José Luis Cabezas tenga el homenaje que merece.

No hay ninguna incompatibilidad entre ambas cosas.

El error está en plantear que para construir una memoria haya que destruir otra.

Los legisladores todavía están a tiempo de corregirlo en la segunda lectura.

Pueden escuchar a los vecinos, preservar el nombre histórico de California y trabajar junto con Perfil para encontrar un homenaje a Cabezas que tenga verdadera fuerza y permanencia.

Porque un homenaje debería agregar memoria, no reemplazarla.

Y porque, al final, detrás de una calle, de un nombre y de una decisión de la Legislatura hay algo que a veces la política olvida: hay gente.

Marcelo L. Magadán
Arquitecto, Master en Restauración Arquitectónica y Especialista en Gestión del Patrimonio Cultural Integrada al Planeamiento Urbano.

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California y Parker 

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