Detrás de la constante publicidad en contra de la industria hay un grupo de magnates que proyectan un sur del mundo despoblado y con baja actividad económica para convertirlo en el parque natural más grande del planeta.
Discusiones aparte, cuando en 2021 Tierra del Fuego prohibió la salmonicultura se cerró también una oportunidad de desarrollo y de generar buenos negocios. Pesó más la visión de los grupos ecologistas que, de modo legítimo, reclamaron por lo que entendían era una industria extractiva y contaminante.
Sin embargo, a pocos kilómetros de la provincia argentina, en Chile, del otro lado del alambrado, brillaba con fuerza la industria salmonera con la inversión de empresas chilenas y capitales internacionales.
En el mismo momento en que el movimiento verde, impulsado por ONGs extranjeras como Fundación Tompkins, Rewilding (ambos de la familia del millonario Douglas Tompkins), Oceana (propiedad de los Rockefeller) y Greenpeace, entre otras, festejaban la prohibición, en Chile las empresas y el propio gobierno de Sebastián Piñera —que sería sucedido por el de Gabriel Boric— daban a conocer periódicamente los nuevos récords nacionales en exportaciones (que gracias al cobre, el salmón y la fruta superan desde 2025 los 100.000 millones de dólares) y los avances en materia de control ambiental en un amplio espectro de la industria, incluida la salmonicultura y la inmobiliaria.
La salmonicultura es una de las industrias más fiscalizadas en Chile y una de las que menos faltas registra en sus estadísticas. La tasa de cumplimiento ambiental supera el 99 %. Un dato que es poco resaltado justamente por las organizaciones verdes más radicalizadas.

Obra pública, turismo y acuicultura: el secreto del fuerte desarrollo económico en Magallanes
Tampoco se menciona demasiado que, en Magallanes, por ejemplo, 2.000 hectáreas producen unas 150.000 toneladas anuales. Suficientes para generar más de 7.000 puestos de trabajo, más de 600 millones de dólares en exportaciones y una masa salarial anual que supera los 100 millones de dólares. La proyección es saltar en el corto plazo a 200.000 toneladas en un espacio similar al actual.
Las autoridades de Tierra del Fuego han observado cómo en los últimos 15 años Magallanes elevó el estándar de vida de sus ciudadanos gracias a industrias como el turismo, la salmonicultura, la producción de gas y una abundante obra pública (en ese período se construyeron dos modernos hospitales, una cancha de fútbol profesional, un terminal de buses, poblaciones enteras para vecinos sin casa propia, plantas potabilizadoras, dos reformas totales de costaneras —una frente a los fiordos y otra frente al Estrecho de Magallanes—, pavimentación total de las localidades, ampliación de pistas de aterrizaje, edificios municipales, y la lista continúa), mientras que en su provincia la plataforma productiva no dejaba de achicarse y la pobreza aumentaba.
En la actualidad la pobreza alcanza el 9,9 % en Magallanes (unas 18.000 personas) contra el 22,6 % de Tierra del Fuego (41.436 personas). Pero el ingreso per cápita en la región chilena llega a los 18.500 dólares anuales y en TDF a los 7.620 dólares.
En los 80 la escena era al revés: muchas familias chilenas dejaban su país en busca de trabajo en Río Grande (Tierra del Fuego) y en Río Gallegos (Santa Cruz).
No hace falta mencionar la crisis del sector industrial en la provincia, es conocida. Pensando en su posible desaparición, los actores políticos comenzaron a tomar contacto con empresarios chilenos para que les ofrecieran una mirada sobre lo que se podía hacer en materia de salmonicultura del lado argentino de Tierra del Fuego.
Por estos días, en que se desarrolla el Mundial de Fútbol, las gerencias de las empresas que producen salmón premium recuerdan con orgullo que numerosos atletas de élite consumen salmón chileno.
“Hay jugadores de la liga de fútbol profesional, de la NBA, de todo, que comen como parte de su dieta nuestro salmón”, cuenta un gerente de producción radicado en el extremo sur de Chile. Alguna vez la propia Cristina Kirchner dijo estar orgullosa de que el salmón de Puerto Natales (a 30 kilómetros de Río Turbio) fuera transportado vía aérea desde El Calafate hasta Estados Unidos.
El mercado americano es dominado por el salmón chileno, por lo que siempre se dijo que alguien como Messi podía consumir salmón trasandino.
Días atrás Erling Haaland apareció comiendo una pieza de salmón noruego como un modo de promocionar la industria que a ese país le significa más de 10.000 millones de dólares anuales en exportaciones. En Chile representan 6.500 millones de dólares.
En este sentido Noruega es muchísimo menos tímida que Chile, que no suele explotar este tipo de situaciones. A pesar de que los atletas nacionales consumen salmón y de que cuando hay una cena con presidentes extranjeros el salmón y la centolla son parte del menú, no abunda la publicidad institucional.

¿Se podría hacer en Tierra del Fuego?
La pregunta a esta altura es relevante, al menos para Tierra del Fuego: ¿se podría hacer en la Argentina? Y en especial, ¿se podría llevar adelante en Tierra del Fuego un proyecto de esta naturaleza? Esto tomando en cuenta que la provincia posee algunas características geográficas que alientan al menos un acercamiento al sector: aguas prístinas y de muy bajas temperaturas. Entonces, ¿por qué no?
El año pasado parte de la prohibición quedó modificada en un debate legislativo: surgió una nueva Ley de Pesca y Acuicultura, pero continúa la negativa a ubicar jaulas en la zona del Beagle, en los alrededores de Ushuaia.
Aunque se trata del espacio que ofrece las mejores condiciones para el cultivo, según especialistas del rubro. Además es una ventaja contar con una ciudad como Río Grande, poseedora de una cultura industrial donde sería factible levantar una planta procesadora, agregan políticos locales. Las plantas suelen utilizar cerca de 1.000 operarios distribuidos en dos turnos, con salarios que rondan los 1.700 dólares más horas extras.
Si la Argentina produjera salmón, tendría de inmediato un producto de origen que, por su exclusivo origen, saldría a competir en calidad más que en cantidad. La calidad se paga a buen precio en los mercados de los países del primer mundo.
“Tendrían que liberar al Beagle, ahí está el negocio y cuando lo hagan habrá ofertas de todos lados”, asegura un ejecutivo chileno de alto rango. El profesional imagina unos 50 centros productivos, más o menos los que tiene en operaciones Magallanes.
Incluso antes de que se votara la actual ley, el gobernador Gustavo Melella acariciaba la idea de tentar a las empresas chilenas con parte de la costa atlántica —uno de los extremos de la provincia— y con lagunas y lagos de distinta envergadura para que desarrollen un polo productivo salmonero.
Estas últimas fuentes de agua fueron sacadas del proyecto original. De todos modos, hace años que las más importantes empresas trasandinas dejaron lagos y lagunas como espacios de producción. Y los sectores ofrecidos presentan dificultades técnicas que no seducen al inversor.
La industria prefiere lugares resguardados o semi-resguardados donde ubicar las jaulas, que llegan a tener 20 metros de profundidad. Producir íntegramente en tierra con sistemas RAS o recirculantes cerrados todavía es un proyecto a futuro y se utiliza de modo marginal en China, Noruega, Canadá, Estados Unidos, entre otros países.
En los últimos 3 años hubo encuentros entre ejecutivos chilenos y diplomáticos argentinos donde, digamos, existieron gestos de avance hacia una posible colaboración. El gobernador ha conversado también por su parte con el nuevo embajador chileno Gonzalo Uriarte Herrera, quien se habría comprometido a realizar gestiones con el empresariado de su país. Pero la cosa avanza a paso lento.
“La verdad es que nosotros ya estamos invirtiendo en el extranjero en este momento y hoy en día es complicado hacer una inversión en Tierra del Fuego”, cuenta otro ejecutivo que pertenece a otra empresa relevante.
La provincia ha hecho saber a las principales firmas chilenas que si invierten en el sur argentino estarán exentas de una serie de impuestos que sí pagan, por ejemplo, en Chile.
No solo los chilenos entienden que TDF es una oportunidad, aunque compleja. Por algo en 2018 el país firmó un acuerdo con Noruega para analizar la llegada de algunas de sus salmonicultoras.
No obstante, el arribo de inversiones en este sector no solo depende de las condiciones naturales, que las hay, sino de una plataforma política confiable y de una cultura que capitalice la oportunidad del negocio. En TDF estos elementos todavía permanecen en duda para el empresariado.
“¿Hay estabilidad política en la provincia?”, pregunta un ejecutivo a este cronista. “¿Se sostendrá una ley de acuicultura en el tiempo?”, agrega.
Hace tiempo que la salmonicultura superó la ecuación ambiental; la propia industria ha realizado enormes avances en la materia para aminorar el impacto, que un día será aún más pequeño o inocuo. “Nosotros no extraemos del mar, nosotros lo cultivamos”, es una frase que suelen usar los ejecutivos chilenos que, en tanto industria, se sienten marinos.
Trucha sí, salmón no: los millonarios motivos de un grupo de billonarios mesiánicos
En Piedra del Águila, Neuquén, se lleva adelante una de las exitosas iniciativas de acuicultura con truchas en la Argentina. En el embalse de Piedra del Águila opera Idris Patagonia, que emplea a unas 500 personas (casi todo el pueblo de Piedra) y proyecta alcanzar las 10.000 toneladas anuales. También ellos tienen fuertes controles ambientales y las jaulas se sitúan cerca de las turbinas de la represa para mejorar la dispersión de cualquier sedimento.
Lo curioso es que la producción de truchas, muy similar a la de salmones, no está en tela de juicio. No es rechazada y con el tiempo se ha convertido en un emblema gastronómico en la cordillera argentina.
Hay motivos estratégicos para que el salmón sea objeto de una guerra en la Patagonia por parte de ONGs internacionales. En Chile los sectores industriales entienden que las organizaciones responden a intereses que superan las cuestiones ambientales.
En los 90 Douglas Tompkins inició la compra de grandes extensiones de territorio en Chile con el propósito nunca oculto de crear un mega parque natural capaz de abarcar todo el sur del país hasta sus extremos. Tompkins había estado por primera vez en la zona de El Chaltén en 1968 con su amigo Yvon Chouinard y ambos quedaron enamorados. Con el tiempo se convirtieron en exitosos empresarios de ropa de montaña: Tompkins con The North Face y Chouinard con Patagonia.
La idea de crear un paraíso en la tierra probablemente comenzó allí mismo. El biógrafo de Tompkins, Jonathan Franklin (“Una idea salvaje”), cuenta que originalmente el millonario quería comprar tierras en Canadá, pero Chile era mucho más barato. Al final, Tompkins adquirió alrededor de 400.000 hectáreas en el país que luego fueron convertidas en parques donde se hace sentir la influencia de sus fundaciones.
Pensemos que en los 90 las casas ubicadas en el centro de Puerto Natales (XII región), hoy capital de la salmonicultura y del turismo en Magallanes (es la puerta de ingreso al Parque Nacional Torres del Paine), costaban entre 10.000 y 20.000 dólares, y en la zona de “huertos” (rural) se vendía a menos de 1.000 dólares la hectárea. En la zona de Palena, Región de Los Lagos, donde compró en 1991 el millonario, los valores estaban incluso por debajo, entre 1 y 300 dólares por hectárea.
La avanzada del empresario funcionó sin mayores noticias en Chile hasta que la salmonicultura tomó vigor. Antes de eso, se escucharon voces más o menos aisladas que indicaban que el norteamericano estaba dividiendo el mapa de Chile en dos y que pronto se extendería hacia la Argentina.
Todo esto terminó ocurriendo, pero los gobiernos de turno no estaban demasiado pendientes de este tipo de aventuras personales.
El grave “problema” del progreso
El sur de Chile y la Argentina, sobre todo el extremo, ha permanecido desde siempre muy despoblado y su principal fuente de ingresos en dólares se relaciona, desde el nuevo siglo, con el turismo internacional, con el Perito Moreno y las Torres del Paine como focos de atracción. En gastos, los turistas dejan unos 400 millones de dólares en Magallanes por temporada.
El petróleo en yacimientos convencionales en Santa Cruz, el gas en Magallanes (Chile), la pesca artesanal y el ganado ovino constituían la base económica histórica y de empleo en miles de hectáreas de territorio, pero ninguna de ellas representaba una industria demasiado significativa a nivel internacional.
La última empresa potente a ambos lados de la frontera, la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego (SETF), dejó la Patagonia en 1973. El Frigorífico Bories de Puerto Natales procesaba en sus mejores épocas hasta 300.000 animales por año (década del 30 al 40) y ocupaba unos 1.000 obreros en temporada alta. De acuerdo a cálculos de mercado, el frigorífico facturaba en cifras actuales hasta unos 3 millones de dólares en venta de carne de oveja.
El campo nunca ha sido un gran generador de empleo, ni siquiera el gas/petróleo, y la pesca, en cuanto artesanal —incluso conviviendo con la industrial—, también ha mostrado números austeros.
En los 80 Fundación Chile inició las primeras experiencias de cultivo de salmones en las afueras de Puerto Natales. Hubo numerosos momentos —exploración en los fiordos, concesiones, reubicaciones, jaulas de madera reemplazadas por jaulas de materiales resistentes, del control manual de alimentación al control remoto, mantenimiento robotizado, cuidado del suelo marino mediante recolección, contención, oxigenación y mucho más— en un proceso que terminaría por estallar a partir del 2000, pero que no encontraría cifras competitivas hasta hace una década.
Es clave entender esto porque explica la reacción de Tompkins y su club de billonarios. La salmonicultura se despegó de cualquier otra actividad en la Patagonia por su abundante demanda de mano de obra calificada (sobre todo en las plantas procesadoras), personal técnico (en los pontones ubicados en los fiordos) y personal administrativo.
Esto amparado en un negocio que ha sido de los más exitosos en la historia de Chile. En 2010 la salmonicultura chilena exportaba casi 300.000 toneladas por poco más de 2.000 millones de dólares. En 2025 exportó casi 1 millón de toneladas por unos 6.500 millones de dólares.
Estas cifras, para un país que aún es dependiente de sus exportaciones de cobre (50.000 millones de dólares por año), sirvieron de fundamento para que los gobiernos de turno apoyaran el sector con mayor intensidad a lo largo de los últimos 20 años.
Pero lo que significaba un sueño en materia de exportaciones nacionales constituía una verdadera pesadilla para gente como Tompkins, cuya idea era despoblar antes que poblar. Porque para que un parque natural tenga verdadero sentido debía estar vacío de personas y sus problemas existenciales.
A Tompkins además lo favorecía el hecho de que la tasa de natalidad de Chile es una de las más bajas del planeta. De manera que no esperaba mayores novedades en ese ítem desde Puerto Montt hasta Tierra del Fuego. Magallanes continúa siendo la región donde menos personas nacen en Chile.
En 2010 la salmonicultura empleaba a unas 17.000 personas en el país y en 2025 supera los 85.000. En Magallanes emplea a más de 7.000 personas. Unas 4.000 de las cuales están radicadas en la zona de Puerto Natales. Un porcentaje menor pero significativo de ellos son extranjeros de Colombia y Venezuela que se han especializado en “fileteo”.
El actual presidente de la Asociación de Salmonicultores de Magallanes, Carlos Odebret, indicó hace un par de años que la salmonicultura podía ser el motor que transforme a Magallanes en la primera región totalmente desarrollada de Chile, superando el estándar de las demás regiones, incluso de Santiago.

Cuando en 2009 se iniciaron las obras de la Central Termoeléctrica Río Turbio (Santa Cruz) no se escucharon voces desesperadas por parte de Greenpeace, Oceana, Fundación Tompkins o de cualquiera de los millonarios que forman parte del clan Patagonia.
Por esa época, este cronista llamó a gente de Greenpeace para consultarles si les preocupaba la instalación de una central a carbón a tan pocos kilómetros de Puerto Natales y sus fiordos (unos 30 kilómetros) y del Parque Nacional Torres del Paine (96 kilómetros), pero la respuesta fue que a ellos les preocupaban los animales y el medioambiente, no específicamente el conflicto comunitario. Claramente no veían la relación entre carbón, turbina y contaminación.
No obstante, Greenpeace no ha dudado en lanzar duras campañas en contra de la salmonicultura. Lo mismo que la ONG Oceana de los Rockefeller, que incluso organizó en 2023 una reunión de su comité central en el Hotel Singular, ubicado a 5 kilómetros de Puerto Natales. El Singular fue edificado en la propia estructura del ex frigorífico Bories, de modo que el encuentro es todo un simbolismo, puesto que Oceana representa para la región el opuesto a los alcances de la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego.
Despoblar es mucho mejor
En Chile los sectores industriales entienden que la guerra en contra de la salmonicultura tiene que ver con el carácter expansivo de este grupo de millonarios que pretende una Patagonia despoblada tanto en Chile como en la Argentina. La Fundación Rewilding mantiene una fuerte actividad en todo el sur argentino y tampoco es casual. Los estancieros se quejan constantemente de que el avance del puma, el guanaco y el zorro va en contra de las manadas menguantes de ovejas en Santa Cruz. Los Tompkins compraron en la Argentina más de 300.000 hectáreas. Unas 80.000 en Santa Cruz.
“Desde el 2006 en Santa Cruz se empezó a decir que había muchos guanacos. Suponíamos que eran unos 500.000 y que sin un plan estratégico entre 2010 y 2015 llegarían al millón. Hoy estamos en 2023 y estimamos que hay entre 2,5 y 3 millones de guanacos. Se triplicó la población, y también hay guanacos en Chubut, en Río Negro, en Tierra del Fuego, en Chile, y todo está como excesiva y celosamente conservado. El fracaso ha sido que no ha habido una visión integral de largo plazo”, señaló el ruralista santacruceño Miguel O’Byrne, del Instituto Ganadero de Santa Cruz, a “Bichos de Campo”.
“El guanaco está provocando un ecocidio”, dijo tiempo atrás Stuart “Chacho” Blake, biólogo, dueño de la estancia Killik-Aike Norte y miembro hace años de World Wildlife Fund, a La Nación.
El ahora senador de Aysén (Chile), Miguel Ángel Calisto, denunció que los campos comprados por los Tompkins en su región fueron vaciados de baqueanos y de sus animales.
El legislador presentó hace ya años un proyecto de ley en el Congreso que obligue a las ONGs a blanquear el origen de sus fondos. Para Calisto y la industria en general, las ONGs actúan financiadas por un club de millonarios que tienen sus propios planes para el sur del planeta.
En abril de 2023 el velero Witness de Greenpeace recorrió los fiordos chilenos buscando señales de contaminación. Finalmente denunció haber encontrado algunos tanques plásticos abandonados y poco más. Ingresaron sin permiso en las zonas de salmonicultura, realizaron fotografías y observaciones con personal científico a bordo a pesar de que solo tenían autorización para hacer turismo.
Cuando anclaron en Puerto Natales los esperaban empleados de la industria, vecinos y descendientes del pueblo kawésqar, pero la tripulación decidió no bajar porque no quería encontrarse con la gente y sostener una discusión.
El sector industrial entiende que los reclamos de los pueblos originarios se han complejizado desde que Tompkins y Chouinard se involucraron fuertemente en el sur. Los descendientes vienen reclamando enormes extensiones de territorio en el marco de la polémica Ley Lafkenche (que permite a las comunidades indígenas solicitar la administración del borde costero por su uso ancestral), pero los comités regionales de borde costero no han aprobado los reclamos que llegan a los 5 millones de hectáreas en el sur de Chile.
De hecho, Patagonia Inc. está fuertemente involucrada con algunas de las familias descendientes de pueblos originarios, mientras apoya documentales y actividades promocionales de su lucha.
Los reclamos de territorio ancestral (que dejarían enormes fracciones de territorio marítimo en manos de familias) hacen muy difícil proyectar el crecimiento del sector salmonero, pero además dificultan las oportunidades del turismo y la pesca.
El salmón de granja queda entonces en el medio de una disputa paradójica. Porque por un lado se trata de una de las mejores proteínas para consumo humano, tiene gran sabor y color, pero por otro la industria que lo produce es acusada de contaminar y de crear un producto que no es apto para la salud.
La industria ha informado de modo consistente que la carga de antibióticos bajó a niveles históricos y que buena parte del salmón ya ni siquiera los tiene, cosa que no se puede decir del cultivo avícola o ganadero, por ejemplo. El espacio que ocupa la salmonicultura es ínfimo en Chile y el consumo de alimento uno de los más eficientes: se requiere 1,15 kg de alimento por 1 kg de salmón. El pollo hasta 2 kg y el cerdo hasta 3,5 kg.
Ahora bien, Tompkins, Greenpeace y Patagonia Inc., entre otros abrazados a la causa ecológica, han logrado que rechazar la salmonicultura sea “cool”. Sin importar si lo que dicen es real o una franca mentira. Por caso, la industria noruega no tiene esta contra ni de cerca. Poco importa que nuevos estudios indiquen que el salmón de granja ya está superando en porcentaje de Omega-3 al salvaje, o que su carne tiene mejor sabor y sus índices generales son superiores. Esto tampoco tiene prensa.
Años atrás una banda de rock actuó en Puerto Natales y desde el escenario su líder aprovechó para atacar el papel de la salmonicultura de la zona. Horas después, mientras la misma banda cenaba en un hotel enfrente de la Costanera de la localidad, un ejecutivo de la industria descubrió que los músicos habían pedido salmón.
Con una piscola en el cuerpo, siguiendo su relato, el ejecutivo se levantó, fue hasta la mesa de la banda y los felicitó por el show. Acto seguido apuntó a sus platos y les contó: eso que están disfrutando se produce en granjas aquí enfrente. Solo se escuchó el silencio por parte de los artistas.



