La despiadada seguridad

Cuando la palabra ¨seguridad¨se fue imponiendo en el lenguaje popular por la presión de los medios, se elevó el nivel del miedo y la violencia.

\"buda\"

 

Desde que inicié mis actividades como periodista y monologuista de distintas bandas de rock, estuve en contacto casi permanente con los muchachos marginales de los barrios con mala fama y de las villas miserias.

Tengo como recuerdo un fotograma muy similar de las distintas épocas en la que la represión hacia ellos fue modificando su estrategia.

Durante los últimos años de la dictadura las palizas de producían durante los recitales de rock. Eran golpizas espectaculares por parte de la infantería o a veces, simplemente de las policías locales. El conurbano siempre fue peor. La bonaerense durante el gobierno de Menem y la gobernación de Duhalde era especialista en castigar severamente los pecados de la juventud e inclusive para ellos era un deporte matar pibes. Mientras que las comisarías de Lanus y Avellaneda coordinaban la venta de cocaína y amparaban a los narcos, en los procedimientos callejeros abultaban los registros de detenciones con los saqueos de pequeñas o medianas dosis a menores o adultos. Fui visitante asiduo de La Cava, Fuerte Apache y especialmente de Soldati. Con el advenimiento del kirchnerismo resultó evidente la transformación de los pobres en miserables. Tenía varios amigos en Villa Soldati, muchachos que trabajaban o robaban de caño o manoteo, vendían diarios o eran albañiles. En los tiempos de Néstor apenas si salían de Soldati. Algunos mendigaban por los alrededores de la Catedral de Pompeya, la mayoría abandonó el vicio de la cocaína por la adicción instantánea y más dañina del paco.

Los periodistas que los visitaban, negligentes movileros, ambiciosos noteros los enfocaban con los ojos del mundo civilizado y los apresaban con sus vergonzosos etiquetamientos morales. Eran incapaces de mirar el mundo con los ojos de la Villa. Cuando la palabra ¨seguridad¨ se fue imponiendo en el lenguaje popular por la presión de los medios, se elevó el nivel del miedo y de la violencia. Con total descaro la clase media, los educadores, los expertos y los gobernantes fueron aniquilando los escapes posibles de las situaciones miserables a las que los villeros se veían sometidos. ¿Y qué promesas podían hacerles para que dejaran el paco y las armas? ¿Por qué iban a dejar de matar ancianos si sus propios padres y abuelos yacían sumergidos en los peores nichos del abandono? ¿Les iban a dar acceso a la universidad o a empleos bien remunerados?

La degeneración de las actitudes delincuenciales en las villas fue producto de la ceguera social. Hoy los muchachos se ciegan de paco y salen a robar dispuestos a llevarse aunque sea, una vida.

Antes de envejecer en mis últimas visitas a los viejos amigos villeros los encontré vacíos de todo destino, como siempre habían estado sin saberlo, pero consiguieron  acuñar un patético cinismo, una frialdad despiadada, una desconfianza violenta hacia todo gesto de simpatía o de piedad. Los encontré más sabios aunque carente de toda compasión.

La negación del amor hacia ellos los transformó en esos hermosos perros rabiosos que hoy son.

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