Bancando a los hijos de puta

Un lúcido análisis de la realidad realizado por una de las luminarias del profundo pensamiento kirchnerista.

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Bochornosísimo episodio el que hoy nos ocupa. La gendarmería fascista que supimos conseguir vuelve a dañar, como las fuerzas de seguridad de la dictadura, la integridad del compañero Juan Cabandié. Antes era la tortura y la desaparición forzada, ahora el tormento se ha especializado hasta alcanzar la temible forma de la multa de tránsito. Poco le importó a la malvada Belén Mosquera la condición de víctima de su multado: con rápidos trazos sobre el papel, cual antiguo verdugo firmando una sentencia de muerte, volvió a victimizarlo, como en los tiempos de la noche más oscura. Nuestro indefenso Juan, cual San Martín contemporáneo, sin otras herramientas más que todo el aparato estatal tras de sí, apenas alcanzó a ordenar un tímido correctivo para protegerse.

La falta de respeto de la agente hacia nuestro muchacho es también una falta de respeto a la investidura que representa, una injuria al brillante legislador que presentó proyectos vitales para la patria, como la eliminación de la cajita feliz de McDonald’s (lo que inquietó, por supuesto, al imperialismo que hoy lo ataca) y la construcción de una estatua a Diego Maradona (confieso que no leí los libros de Maradona pero debe ser un personaje prestigioso). Es también una falta de respeto al país que quería la generación de los setenta: un país de igualdad ante la ley, un país en el que los poderosos no reciban privilegios, un país en el que nadie maltrate o castigue al que tiene menos poder.

Son tiempos de duro combate por lograr la primavera. El 64% de la población que según las encuestas cree que Boudou está “poco o nada capacitado para ejercer la presidencia” repite el esquema del punto flaco que nos ocurre con Filmus, Insaurralde o este servidor: no nos quieren porque no nos conocen. Lo mismo le pasa al inefable Sergio Massa, que aconseja “no elegir la soberbia”. ¿Con qué derecho nos acusa de soberbios este ramplón mortal, este catatónico iletrado, este pérfido jumento? Nada hay de soberbio en nuestras verdades reveladas, no somos más que humildes profetas educando al vulgo desde nuestro pequeño lugar de conocimiento absoluto.

Estamos en el lugar en que tenemos que estar, nos enseña Juan: bancando a los hijos de puta que quieren arruinar este país, soportando a diario sus calumnias. Sin importar que una filosa espada de Damocles cuelgue pegada a nuestras cabezas, nosotros elegiremos saltar de alegría.

 

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