Por Martín Kunik (@martinkunik)
Las palabras de Fito Páez resonaron ayer por todos los medios: \”asco\” fue la mención que hizo voltear cabezas y repensar la respuesta que gran parte de la \”progresía\” porteña tuvo luego de los resultados del domingo. El autor tiene una visión diferente, y no necesariamente porque sea macrista.
Ayer me sentía pleno. Estaba contento. Cuando era adolescente me parecía que la definición de “fiesta cívica” o “deber cívico” que utilizan los políticos para referirse al día en que se realizan las elecciones era sólo una exageración anquilosada y vacía. Sin embargo, el domingo al salir de la UBA de Drago después de 14 horas como fiscal general de 11 mesas me sentí que había salido de una fiesta. La fiesta de la expresión popular. Vi imágenes que no paran de sorprenderme cada 2 años: padres que llevaban a sus hijos al cuarto oscuro para enseñarle cómo se vota y ancianos que no pierden la oportunidad de expresarse. Embarazadas que piden permiso para votar primero y filas de vecinos que no se ven entre sí hace un tiempo. El cansancio de las autoridades de mesa al terminar el recuento y las caras de desazón y alegría de los fiscales partidarios. El ansioso de siempre que quiere arruinar la votación y el gendarme que intimida con el uniforme para calmar los desatinos de algún desubicado. Para mi, todos pasaron por esas mesas, aunque sé que sólo eran vecinos de Villa Urquiza y Coghlan.
Ayer, al parecer, me enteré por una nota de Fito Páez en la contratapa de Página/12 que la mitad de esos vecinos son un asco. No tienen swing. Sólo piensan en sus bolsillos. Son solo porteños repugnantes. Republicanos de baja estofa. Canallas con disfraz progresista gobernados por una jauría de ineptos hace 4 años. Gente con ideas para pocos… Estoy sorprendido y hasta cierto punto dolido. ¿Qué mejor referente de mi adolescencia como Fito para abrirme los ojos? En 14 horas no me di cuenta que el 50% de esa gente eran cabrones de mala entraña…que en realidad lo del domingo no era una fiesta, sino una perversa conflagración de bestias con un plan siniestro. Todavía no puedo creer que aquella octogenaria que ayudé a subir las escaleras para que pudiera votar en su mesa quizás era una siniestra bruja reaccionaria…
No sé qué pensar. La angustia y la desilusión se apoderaron de mi cuerpo. El desengaño no perdona, me sometió a un tormento del que no puedo salir. ¿Cómo pueden estar tan organizados? ¿Cómo se pueden disfrazar su egoísmo tan bien? ¿Cómo se burlan en nuestras narices? Fito no me puede mentir. No nos puede mentir. Fito es un bohemio, el chico de la tapa que ayer vendía flores en Corrientes. Un progresista de ley.
Sigo cavilando desconcertado… Quizás Fito ya no es quien yo creía que era. Quizás se equivoca como cualquier mortal. Quizás Fito no es el dueño del swing. De lo que estoy seguro es que yo ya no soy un adolescente y el domingo fue una fiesta.

